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viernes, 21 de noviembre de 2008 Última actualización: 20:15:15



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Un espíritu poco olímpico

Lo insufrible es el gesto de superioridad moral con el que nos siguen catequizando nuestros dirigentes.

TIENE su ironía el paseo de la antorcha olímpica por el Everest mientras las fuerzas armadas de China endurecen la represión en los alrededores. Siempre cabrá la sospecha de que los alborozados espectadores, al paso del símbolo deportivo por excelencia, tengan una bayoneta apuntándoles por detrás. La paradoja no es nueva, pues conviene recordar que la ONU tuvo la humorada de celebrar las conferencias sobre la condición femenina en Pekín, capital de una de las naciones donde se matan y abandonan niñas en número escalofriante. Sólo queda esperar que la próxima reunión sobre libertad religiosa se celebre igualmente en el gigante asiático, unos días después de la muerte en prisión de otro obispo católico o mientras se detiene a todos los miembros de algún culto que no cuente con el severo beneplácito de los peculiares postcomunistas chinos.

Podría señalarse que el historial de los Juegos Olímpicos respecto al comportamiento de los países anfitriones no es nada ejemplar. No en vano hubo juegos en Berlín, con las ominosas leyes de Nuremberg en vigor, o en Moscú, en los estertores soviéticos. No se entiende que los directivos deportivos nos sigan sermoneando con el espíritu olímpico o que, incluso, sancionen por un gesto o una declaración criticable a este u otro atleta, mientras confraternizan con cualquier tirano con selección deportiva. Aún más compleja es la situación de buen número de países occidentales. Los propios EEUU, por ejemplo, han declarado que la extensión de la democracia y la protección de los derechos humanos son el eje de su política exterior, pero tendrán que reconocer que, cuando están en juego intereses estratégicos, y la apuesta China es un interés de este tipo desde los años 20, son bastante comedidos. Respecto a los saudíes, poco hay que añadir a lo dicho.

En nuestro caso, la discrepancia entre lo predicado y lo que se hace es mayor. Después de abandonar a los saharauis, menospreciar a la oposición cubana, ignorar al socialismo democrático venezolano o tragar con las ejecuciones iraníes, puede parecer que este asunto de los tibetanos, como antes el de la disidencia china, nos cae demasiado lejos. Lo insufrible no son tanto los despreciables actos de abandono, sino el gesto de superioridad moral con el que nos siguen catequizando nuestros dirigentes. Al final, serán asociaciones privadas o deportistas individuales quienes calmen en cierta medida nuestra conciencia. Da la sensación de que los Derechos Humanos se usan como un arma arrojadiza, utilizada exclusivamente cuando conviene.





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