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20/06/2008 15:00   



Estambúl, el último tranvía

Es conveniente zambullirse en la historia de la ciudad para hacerse a la idea de que se va a entrar en contacto con los vestigios de civilizaciones antagónicas convertidas en un conjunto armónico y deslumbrante.

Estambúl, el último tranvía

Ginés Cañabate

Decía Kamil, un nativo de Estambul aficionado al sol del Levante, que los turcos son obstinados, tenaces y que cuando se proponen algo, no hay nadie capaz de detenerles. Solo así se explica de qué modo una ciudad, crecida como un ave fénix, ha sido capaz de reinventar oriente para llamar a las puertas de la Unión Europea. El viaje, largo, aún tiene mucho recorrido, pero quien bebe del Bósforo sabe que, aún en tranvía, tarde o temprano se llega a puerto.

Menos esfuerzo se pide al visitante que se aventura a pasar unos días en la región. Sin embargo, antes de subir al avión es conveniente zambullirse un poco en la historia de la ciudad para abrir la mente y hacerse a la idea de que se va a entrar en contacto con los vestigios de civilizaciones antagónicas que el tiempo ha convertido en un conjunto armónico y deslumbrante.



Desde la civilización de Anatolia, allá por el Neolítico, hasta la gloriosa Constantinopla de Bizancio, se han sucedido reyes y reinados, victorias y derrotas, que hoy se escriben en forma de leyenda en cada rincón de la ciudad. Su codiciada posición estratégica, meridiana entre Asia y Europa, ha conferido a Estambul el aire particular que describe tanto su legado como a sus gentes. Orgullosos de la tierra en que nacieron, las banderas nacionales pueblan el skyline de la ciudad, mientras las pequeñas construcciones, abigarradas en el centro y lujosas en la línea de playa, contrastan con los enormes minaretes.





Los más emblemáticos nacen de Santa Sofía, que enfrentados a los de la mezquita azul, consiguen la clásica imagen de postal. Ya a nivel del suelo destacan las calles de adoquines, que contrastan con los modernos coches alemanes que otorgan a Estambul una imagen más occidental de la esperada. Y es que, en algunos puntos de la ciudad da la sensación de que el reloj se paró ya hace mucho tiempo, mientras que en otros, las últimas tendencias de Occidente parecen obsoletas.

Y así, evocando aventuras y leyendas de tiempos lejanos, el visitante se encuentra con uno de los puntos más emblemáticos de la ciudad, el puente de Gálata. Convertido en el nudo central de Estambul, miles de personas lo recorren a diario mientras ven pasar las embarcaciones que surcan el Bósforo. Al final del puente, y rodeada por dos emblemáticas mezquitas, la de Yeni Camii y la de Rustem Pasa, se encuentra el mercado de las especias. Este edificio en forma de L es un símbolo de Estambul. El aroma y los colores transportan al visitante a los tiempos de origen del comercio. Aunque no tan antiguos, porque el regateo es práctica habitual en esta ciudad.



Otro de los lugares más conocidos es el Gran Bazar. El concepto es el mismo que el del mercado de las especias aunque en este caso, las joyas, alfombras y falsificaciones textiles son su atractivo. Es uno de los mercados más conocidos del mundo, ya que constituye una auténtica ciudad dentro de la ciudad. Los estrechos pasadizos y los innumerables puestos de venta hacen que el tiempo se pare.



Pero no sólo de compras vive el visitante. La historia de Estambul se recoge en innumerables monumentos. Entre todos destaca la basílica de Santa Sofía, que se erige en la ciudad como símbolo de poder.

Construida entre los años 532 y 537, durante el reinado de Justiniano, la actual construcción es la tercera basílica que se levantó sobre este emplazamiento. Justo enfrente, también el plaza de Santa Sofía, se encuentra la mezquita del sultán Ahmet Camii. Conocida como la Mezquita Azul, es célebre por sus esbeltos seis minaretes.



El punto más moderno de la ciudad se encuentra en la plaza de Taksim. Los cafés más chic conviven con angostos locales donde el humo y el olor a tabaco de manzana esconden las sombras de un puñado de hombres asomados a la vida desde el prisma del Bósforo. Subidos a un viejo tranvía al que nunca deberían renunciar.




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