Nos enfrentamos a un Estatuto, el catalán, que el TC no puede echar abajo sin destruir a Zapatero.
A nadie se le oculta que el sistema de equilibrios inaugurado en el 78 ha dejado de funcionar. Hay que decir que la palabra equilibrio, muy invocada en la teoría política y constitucional, no es especialmente apta para describir los hechos o las virtudes que mantienen a un cuerpo colectivo en pie. El concepto está extraído de la mecánica, la cual entiende que una partícula está en equilibrio cuando la suma de las fuerzas que sobre ella actúan es igual a cero. Pero ninguna sociedad se mantiene equilibrada, esto es, fija en la misma posición.Las sociedades cambian, lo que equivale a afirmar que experimentan desequilibrios permanentes, así como nosotros los sufrimos al echarnos a andar. El pie izquierdo, al desplazarse, altera la vertical del cuerpo, alteración que no da con nosotros en tierra porque el pie derecho se mueve a su vez y provoca una oscilación compensadora. Caminamos gracias a sucesivos desequilibrios, o si se prefiere, caminar es desequilibrarse sin llegar nunca a traspasar el límite allende el cual la gravedad convierte la vertical en una horizontal. Más exacto por tanto que hablar de equilibrio, lo sería hacerlo de homeóstasis, una idea que no está endeudada con la física sino con la biología. El organismo homeostático responde a los estímulos del medio ambiente alterándose por dentro lo bastante para que perdure una estructura original. Las democracias serían sistemas homeostáticos, coronados por los partidos. Los partidos reaccionan unos contra otros, y en el proceso, transforman la economía, la administración, y la ley. Pero sin que se produzca una implosión de las reglas de juego. Cuando ésta acontece, es que la democracia ha entrado en crisis. Que es en lo que estamos. Repárese, sin ir más lejos, en el itinerario a lo largo del cual se ha alumbrado el Estatuto de Cataluña. El episodio se inició al hilo de una pelotera local. Maragall, después de su fracaso en las autonómicas de 1999, decidió abrirse a Esquerra y sortear por elevación el escollo de CiU. Se trató, en parte, de una decisión táctica. Pero las armas las carga el diablo, y como resulta que los hombres no somos sólo bípedos implumes, sino bípedos ideológicos, se desató una cadena de acontecimientos portentosos. La asociación con Esquerra dio lugar a movimientos que impulsaban a Cataluña más allá del autonomismo, y sugirió, igualmente, el proyecto peligrosísimo de asegurar alianzas que mantuviesen en minoría perpetua al PP, que era la bicha que los nacionalistas radicales, y el propio Maragall en los días de luna llena, necesitaban para definirse a sí mismos por contraste u oposición. Me ahorro los pasos intermedios, por muy conocidos.En este momento, nos enfrentamos a un Estatuto que el Tribunal Constitucional no puede echar abajo sin destruir a Zapatero. El retraso inexplicable en dictar sentencia, y la asunción sobre la marcha del Estatut por el propio Gobierno, han desautorizado, es de temer que de modo irreversible, al tribunal. Ya tenemos al organismo democrático desprovisto de una víscera importante.Pero hay más. El Estatut consagra las relaciones bilaterales, y por consiguiente, es incompatible con el Consejo de Política Fiscal y Financiera, el cual había servido para asignar el gasto territorial por consenso. El Gobierno acaba de bajarse los pantalones frente a la Generalitat, y ha destruido, necesariamente, esa fórmula de acuerdo. Otra pieza menos. La existencia de un superávit no repetible permitirá acaso echar pienso en los pesebres de otras comunidades.Pero esta circunstancia, por ser eso, irrepetible, nos aboca a una pregunta sin respuesta: ¿cómo apañar el presupuesto cuando la economía, quizá muy pronto, empiece a ir peor? Más grave aún: ¿cómo gobernar los diecisiete territorios cuando se ha elegido el procedimiento insensato de subordinar la decisión final a diecisiete conversaciones con interlocutores que se emularán en no quedar cada uno en peor situación que los restantes?Cada providencia adoptada con el ánimo de salir del atolladero, esto es, de no perder la vertical, aboca al Gobierno, o a quien le suceda, a un equilibro todavía más difícil. El resultado es que no estamos caminando, sino, más bien, dando traspiés. El resultado, también, es que los partidos han dejado de pensar. Las probabilidades de romperse la crisma son tal altas, que nadie se permite ya el lujo de detenerse un instante a reflexionar lo que hará a continuación. Ello sugiere, por cierto, una nueva definición de crisis, o para ser más exactos, de crisis democrática. Se verifica una crisis democrática cuando los movimientos de los partidos contribuyen a la inviabilidad del sistema. Duchamp pintó un cuadro en que se representa a una figura descuadernándose, muy al gusto cubista, mientras baja una escalera. Esto, aplicado a nuestro caso, es realismo costumbrista.
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