Marc Forster da la talla en las potentes escenas de acción y endurece el tono del conflicto dramático de James Bond.
Daniel Craig sale de nuevo airoso de su física interpretación de James Bond, el Agente 007,... |
Jerónimo José Martín
Cada nueva aventura de James Bond, el Agente 007, exige al crítico de cine una especie de ritual, que le obliga a compararla con todas las anteriores. Los más mitómanos deliberarán sobre si Daniel Craig es mejor 007 o no que sus antecesores inmediatos —Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan—, y si se acerca a Sean Connery, para muchos el mejor James Bond fílmico. Los más frívolos estudiarán a las chicas Bond, comparándolas finalmente con Ursula Andress en Agente 007 contra el Doctor No (1962). Otros más sesudos se centrarán en los nuevos villanos, seguramente representativos de los últimos vaivenes de la política internacional.
Vendetta
Toca ahora hablar de la aventura número 22 de este incombustible espía británico, con licencia de matar, creado por el novelista Ian Fleming en 1952. En Quantum of Solace, su motivación inicial es vengar la muerte de Vesper Lynd, el amor de su vida. Una hora después de finalizar la acción de Casino Royale, un destrozado James Bond sigue su investigación para desmontar Quantum, la poderosa y opaca organización a la que se enfrenta el M16. Así, descubre en Siena que hay topos en el servicio secreto británico. Después conoce en Haití a una bella espía boliviana, también ansiosa de venganza, que le pone en contacto con un siniestro empresario francés, supuestamente ecologista. En Austria, Londres e Italia encaja algunas piezas, se enfrenta con sus jefes y contrata a un ayudante. Y, finalmente, la traca final tiene lugar en Bolivia, con la CIA de por medio.
Dejando a un lado la total inverosimilitud de la trama, la película ofrece lo que se espera: una sofisticada historia de espionaje internacional, con apabullantes secuencias de acción, malvados cruelísimos, traidores ocultos en cada esquina y bellas doncellas que ayudan al incansable caballero inglés y a la vez son salvadas por él (al menos alguna). En este sentido, Marc Forster (Monster’s Ball, Descubriendo Nunca Jamás, Más extraño que la ficción, Cometas en el cielo) impone un ritmo endiablado, se luce en las espléndidas secuencias de acción —algunas, muy violentas— y potencia los hilos dramáticos del sólido guión, deteniéndose hábilmente en los momentos más emotivos. Además, no carga la mano en las concesiones eróticas, contiene los excesos de los intérpretes secundarios —sobre todo de Olga Kurylenko y Mathieu Amalric— y logra que Daniel Craig se consolide como un estupendo James Bond, quizá el más físico y humano de todos.
Lo curioso es que este Bond se parece cada vez más a Jason Bourne, quizá el más destacado imitador del espía creado por Ian Fleming. Un efecto paradójico, por el cual el maestro acaba imitando al discípulo. Son los riesgos de llevar tantos años encandilando al público.
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