Bien dirigido por Ed Harris y conun reparto excelente, este filme clásico resulta entretenido pero poco original.
Ed Harris, Renée Zellweger, Viggo Mortensen y Jeremy Irons se meten en sus personajes. TRIPICTURES |
Jerónimo José Martín
Nuevo México, 1882. El violento ranchero Randall Bragg y sus matones hacen lo que quieren en el pueblo de Appaloosa, sobre todo después de asesinar al sheriff del lugar y a su ayudante. Entonces, las fuerzas vivas del pueblo contratan como nuevo sheriff a Virgil Cole, especialista en pacificar territorios conflictivos con la ayuda de su amigo y socio Everett Hitch. La lucha de ambos contra Bragg se complica con la llegada a Appaloosa de Allison French, una pianista viuda, de la que pronto se enamoran todos: Cole, Hitch y Bragg.
Esta película no pasará a la historia por su originalidad, pues recuerda a otros muchos westerns clásicos y, sobre todo, a El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytrik, y Raíces profundas (1953), de George Stevens. En todo caso, su guión —basado en la novela de Robert B. Parker— perfila bien a los personajes y ofrece abundantes diálogos y situaciones con un sugerente aroma clásico. También las interpretaciones mantienen un nivel alto —salvo quizá la de Renée Zellweger, más irregular—, al igual que la puesta en escena de Ed Harris, mucho menos experimental aquí que en Pollock, su debut tras la cámara. Queda, pues, una notable película del Oeste, que gustará a los aficionados al género, aunque sea menos entretenida que Silverado o El tren de las 3:10, y menos potente que Sin perdón u Open Range.
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