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jueves, 4 de diciembre de 2008 Última actualización: 03:24:18

Joaqun Madina LoidiColumna de
FranciscoCabrillo



República o imperio

En Europa se tiene la idea de que si el próximo presidente es un demócrata, la política exterior cambiará

CUANDO vivía en los Estados Unidos, allá por la primera mitad de la década de los 70, estaba de moda un lema político: este país es una república, no un imperio. Y quienes lo utilizaban no eran los grupos de izquierda contrarios a la guerra del Vietnam, sino votantes del Partido republicano. Me he acordado de esta vieja historia con motivo de la publicación por la prensa española de algunos comentarios sobre el programa de uno de los candidatos republicanos a la nominación como representante de su partido en las próximas elecciones presidenciales, Ron Paul. Parece que Paul ha sorprendido en este lado del Atlántico por presentar una plataforma electoral que, por una parte, se fundamenta en algunas de las ideas más características del partido republicano y, por otra, plantea propuestas que chocan de frente con la política de la Administración Bush. Entre las primeras están la reducción del gasto público y la burocracia estatal y la defensa de la capacidad adquisitiva del dólar, que a él le gustaría ver garantizada por el restablecimiento del patrón oro. Pero, al mismo tiempo, Paul se opone tanto al mantenimiento de tropas norteamericanas en Irak como a buena parte de las medidas de seguridad impuestas en el país tras los atentados del 11 de septiembre. ¿Existe realmente una contradicción entre estos dos tipos de ideas? ¿Habría que esperar que quien defiende la libertad económica deba estar también a favor de la actual política exterior norteamericana y de una fuerte presencia de sus fuerzas armadas en el mundo? Una respuesta afirmativa a estas preguntas reflejaría un desconocimiento notable de la historia política y las tradiciones de la democracia americana. Si se estudia la historia militar de los Estados Unidos del último siglo, se observa que la entrada en las guerras más importantes en las que el país tomó parte tuvo lugar con presidentes demócratas, no republicanos. La participación del ejército de los Estados Unidos en las dos guerras mundiales, la guerra de Corea y la de Vietnam, fueron decididas por administraciones demócratas y, en algún caso, con oposición de políticos del otro gran partido. Las cosas han cambiado, ciertamente, con los últimos presidentes; y fue el primero de los Bush quien rompió esta tradición con la guerra de Irak. Pero la posición aislacionista ha sido muy frecuente en una parte del pensamiento conservador norteamericano.

 La defensa simultánea de una reducida participación en la política internacional y una economía de libre empresa puede ser aceptada o no; pero tiene, sin duda, una lógica interna. Por una parte, si se pide a la Administración que reduzca su papel en la economía y se meta lo menos posible en la vida de los ciudadanos; y es lógico que se le pida también contención cuando involucra a esos mismos ciudadanos en la esfera internacional. Pero hay otro aspecto más sutil y más interesante en este planteamiento. Ha sido habitual en los Estados Unidos que los argumentos a favor de la libre empresa no hayan ido acompañados de otros similares a favor del libre comercio internacional. De hecho, la expresión más utilizada durante algún tiempo para definir el sistema económico de aquel país fue “modelo americano de libre empresa”, no “economía de mercado libre”, ya que en este último caso no habría sido posible justificar las políticas de protección a la actividad productiva nacional.

 No pocos políticos conservadores norteamericanos han tenido una vena populista clara. Al americano medio —especialmente si vive fuera de los bastiones demócratas de la costa este y California— le resulta atractiva una política consistente en reducir el peso del sector público en la economía y disminuir la regulación a la que se ve sometida la actividad privada. Pero, por lo general, tiene poco interés por la política exterior y piensa que el dinero que su gobierno gasta fuera de sus fronteras estaría mejor empleado si se gastara en el interior del país; y cree, sin duda, que todo iría mejor si se consumieran más productos nacionales y se redujeran las importaciones. En resumen, la idea de que el votante republicano es, en los Estados Unidos, un ferviente defensor de una política exterior activa es muy equivocada.
 
Lo que ocurre es que, en Europa, está muy extendida la idea de que si el próximo presidente es un demócrata, la política exterior cambiará, ya que eso es lo que se espera de un político progresista. Por el cine y la televisión sabemos casi todo lo que hace en su casa un americano medio; pero me parece que de lo que piensa no tenemos mucha idea.


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