El mito del ciclismo español habla en exclusiva para La Gaceta.
Miguel Induráin. |
Luis Rivas
Madrid. Impone más su nombre que su verbo. Miguel Induráin (Villava, 1964) es un hombre difícil de presentar en España. Quizás, la persona se deje describir un poco mejor que el deportista. Intentémoslo, pues.
¿Es una inmoralidad que un deportista de éxito no tenga una actitud positiva con la sociedad, instando, por ejemplo, a ayudar a través de fundaciones o campañas solidarias?
No, para nada. Cada deportista, como persona libre que es, puede hacer lo que le dé la gana sin incurrir en una inmoralidad. Cumplimos con nuestro trabajo y no estamos obligados a nada. Además, el deportista tiene la ventaja de que su profesión, por sí misma, entretiene a la sociedad, está enfocada a que la gente disfrute con la realización del atleta.
Y usted, en su marco de libertad y en el de Laureus, ¿cómo ayuda a construir un mundo mejor?
En el marco de la fundación, colaborando para conseguir la integración de jóvenes en la sociedad a través de esa gran herramienta social que es el deporte.
¿Y en el de los premios Laureus? No me diga que no votó a Contador...
Pues si le digo la verdad, ya hemos votado hace algún tiempo y no me acuerdo de a quién voté.
Pues menos mal que no había premio a la memoria... ¿Qué opina sobre la exclusión del campeón del próximo Tour?
No me parece bien. Es muy raro que un ganador no defienda el título por cuestiones burocráticas.
¿Siente que máximas como “van todos dopados” ensombrecen sus conquistas?
Para nada. La gente habla mucho y mezcla cosas que no tienen nada que ver.
Es consciente de que la huida de patrocinadores compromete seriamente la supervivencia del ciclismo...
Sí. Las disputas internas no están dando ni buena imagen ni buena prensa, requisitos imprescindibles para que un patrocinio como el del ciclismo, por barato que sea, resulte rentable.
Si el ciclismo cambia nobleza, inspiración y esfuerzo por comodidad y jeringuillas, ¿en qué se queda?
En nada. Lo que realmente gusta de este deporte es llegar al límite, sobrepasar las 200 pulsaciones. Aunque el problema del ciclismo es la no innovación. Las retransmisiones de los últimos 20 años han sido todas iguales. Compárelo, por ejemplo, con la Fórmula 1.
¿Cómo se adapta un mesías a la vida cotidiana?
Te adaptas, ni más ni menos. No hay otro remedio. Uno empieza muy pronto a ser ciclista, se entrena con todas sus fuerzas, pero sabe que éste no es un trabajo para toda la vida. Luego te retiras y buscas otras formas de ocupar tu tiempo... En el fondo, a todas las personas les ocurre lo mismo a lo largo de su existencia, pero en el caso del deportista estos vaivenes ocurren en un periodo muy concentrado: unos 20 años.
Desde el punto de vista físico, no será tan normal pasar de un contrato de entrenamiento de 40 horas semanales a moverse sólo para ir a comprar el pan...
En mi caso, lo dejé progresivamente. Estuve montando en bici dos o tres años después de retirarme. La cuestión es que tienes el corazón muy desarrollado, con un tamaño mayor de lo normal y, si lo dejas de repente, puede ser problemático.
Entonces, mejor ganar unos kilitos para no arriesgar. ¿La comida da energía o engorda a la hora de montar en bicicleta?
Un atleta no puede hacer dieta, porque una anemia es fatídica. Hay que mantener siempre una estabilidad, pero yo tengo muy claro que en el ciclismo, como en cualquier deporte, hay que adelgazar comiendo. Si un deportista engorda, no es porque coma mucho, sino porque no entrena lo suficiente.
Ahora tendrá tiempo de ver el telediario: ¿Qué le parece que Navarra sea objetivo nacionalista?
Me parece que ése es un tema político y que no voy a valorar.
Volvamos, pues, con Miguelón de España a las carreteras. ¿Cómo le ha ayudado el ciclismo a ascender las rampas empinadas de la vida?
En el sentido de tomarme la vida como una profesión y confiar en mí mismo. Si no salgo yo de las dificultades, nadie me va sacar de ellas.
¿Pensaba, mientras ascendía un puerto, en los millones de personas a los que estaba haciendo feliz con sus pedaladas?
La verdad es que no. La concentración es máxima y no piensas en nada. Como mucho, vigilas a tus rivales, pero no piensas en nada. Cuando después llegas al hotel y ves la movilización popular, comienzas a ser consciente.
¿Es posible que la humildad de los ciclistas resida en el poco dinero que ganan en comparación con otros?
No lo creo. Lo que ocurre es que este deporte no es de equipo. Aquí, nadie te regala nada y, si no te sacrificas, nadie va a dar la cara por ti.
Debe ser duro para su hermano Prudencio sentarse a recordar títulos de otro...
No sé, aparentemente lo lleva bien, aunque eso debería preguntárselo a él.
Y sus hijos, ¿también tendrán que cargar en las subidas con el apellido?
A uno le gusta el kárate y al otro el fútbol, aunque, si desean andar en bici, contarán con todo mi apoyo.
El hombretón
¡Qué gran agricultor se ha perdido Navarra! Porque Miguel Induráin iba para trabajador de la tierra, como sus padres, cuando el famoso vehículo no motorizado se cruzó en su destino. “¿Si habría sido agricultor de no haber andado en bici?”, se pregunta, repitiendo la cuestión; “¿que yo lo he dicho?”, se asombra, casi enfadado; “pues no sé si lo he dicho. Puede ser. No tienes más que mirar en internet para descubrir que se escriben muchas cosas. Pero sí, podría haber sido agricultor. De hecho, lo habría sido seguramente”, se contesta.
La llanura de Induráin asusta. En sus silencios no da impresión de maquinar respuestas o ataques. Parece increíble que este hombretón tenga tantas vivencias encima, aunque, como reconoce, durante los cinco Tours que ganó de forma consecutiva ni le dio tiempo a admirar el paisaje. “A veces paso con el coche por puertos en los que he competido y no los conozco. Dudo, incluso, de que alguna vez haya estado allí”.
También ganó dos Giros de Italia, cuatro medallas mundiales y un oro olímpico, completando uno de los mejores palmarés de la historia, para acabar con un triunfo sintomático de su personalidad, la Vuelta al Alentejo, el año de su retirada.
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