Suspendido por el Vaticano y buen conocedor de la realidad social del país, el ex obispo hace honor a sus orígenes.
Lugo, saluda a varios niños de su vecindario en Asunción. REUTERS |
Víctor Cruzado.
Cuando, hace tres años, el obispo paraguayo Fernando Lugo decidió acometer una de las decisiones más trascendentales de su vida, inició un camino que parecía tener un difícil retorno si alcanzaba el éxito, como así ha sucedido. Bregado en la diócesis de San Pedro, una de las áreas más deprimidas del país, constató por sí mismo que las injusticias había que combatirlas desde el propio sistema, por lo que decidió trocar los hábitos por una carrera política que, según sus propias palabras: “Me llena de felicidad pero también de pesar”.
Una decisión madurada a la sombra de largos años de sacerdocio en las zonas más depauperadas del país. En ellas tomó contacto con la dura realidad imperante en Paraguay, una de las naciones más pobres del continente y cuarta más castigada por la corrupción.
Este giro del destino ha vuelto a colocar a Lugo en lo que debería de haber sido su destino natural. De familia afín al Partido Colorado, el mismo que se ha encargado de derrocar tras 61 años de mandato ininterrumpido, en su adolescencia fue convencido por sus progenitores para que no se involucrara en política y siguiera los pasos de sus tres hermanos mayores, que acabaron exiliados por sus desavenencias con la dictadura de Alfredo Stroessner, el régimen que torturó a sus padres.
Encauzado su camino a la docencia, sintió la llamada de Dios y se ordenó sacerdote cuando tenía 28 años. Desde entonces siempre estuvo al lado de los más desfavorecidos, primero como misionero en Ecuador y más tarde en su país. Cercano a tesis progresistas y en constante lucha contra el poder establecido, su imagen contestataria no sólo no le causó problemas con la jerarquía eclesiática, sino que fue promocionado, llamado a estudiar a Roma y ordenado obispo en 1994.
Incompatibilidad política
De vuelta a Paraguay, sin ocultar sus simpatías por los postulados de la Teoría de la Liberación y después de más de una década intentando solucionar los problemas de los olvidados, Lugo decidió atacar el problema en su raíz y dio el salto definitivo a la política para intentar cambiarla desde dentro. Dado que la Constitución paraguaya prohíbe presentarse como candidato a la presidencia a un ministro de cualquier culto, el obispo colgó los hábitos en la Navidad de 2006. Una crucial decisión que le costó ser suspendido a divinis en enero de 2007 por el papa Benedicto XVI. Esta sanción, que podría derivar en la excomunión, no le exime canónigamente de su estado clerical, aunque tiene suspendidas sus facultades para administrar sacramentos e impartir doctrina católica.
Lo novedoso de la situación ha pillado con el pie cambiado tanto al Vaticano como al propio obispo dimisionario. A la Iglesia Católica no le interesa enfrentarse frontalmente con el presidente del país, mientras que él no renuncia a su religión y pide una solución transitoria durante el tiempo que dure su mandato.
“Yo prefiero seguir perteneciendo a esta iglesia, que tanto amo, y al mismo tiempo buscar una salida de consenso que puede beneficiar a todos y, sobre todo, al pueblo paraguayo”, indicó Lugo en una entrevista recogida por Efe.
El ex clérigo, principal referente de la coalición vencedora en los comicios del pasado domingo, que integra partidos y grupos de diversas ideologías, en su mayoría de izquierda, dejó entrever que quiere evitar un castigo severo como lo sería la excomunión.
“Me pongo a disposición de lo que haga el Vaticano. Creo que hay varias opciones; no soy quien para aconsejar qué decidir, creo que ellos lo saben muy bien”, insistió Lugo, aunque advirtió que ahora se presenta un nuevo escenario.
En ese sentido, aseguró que la Santa Sede deberá afrontar una nueva situación “que se da con un obispo rebelde suspendido a divinis, pero al mismo tiempo obispo electo presidente de la República”.
Por su parte, desde el Vaticano se indica que “se reflexionará y profundizará con calma, desde el punto de vista canónigo, cuál puede ser la mejor solución” para definir el estatus en la Iglesia del presidente electo. Una decisión “inédita” que se afrontará “sin dramas”.
Una de las soluciones que se barajan, y que no ve con malos ojos el implicado, es que se mantenga en la situación actual hasta el final de su mandato en 2013, momento en el que se reincorporaría a la Iglesia tras la correspondiente penitencia.
Una puerta a la esperanza ante el declive colorado
La victoria de Fernando Lugo, líder de una amalgama de partidos opositores que van desde la derecha disconforme con la supremacía del Partido Colorado a la izquierda más radical, tiene ante sí el formidable reto de poner en marcha un país acogotado por el amiguismo y la corrupción después de seis décadas sin alternancia en el poder.
Sus primeros días de Gobierno, que comenzará a partir del próximo 15 de agosto, serán escrutados con lupa para atisbar el rumbo que tomará el país ante la disparidad de corrientes existentes en la coalición vencedora. Su victoria puede allanarle el camino, aunque no contará con mayoría absoluta en el Parlamento.
Su campaña ha preconizado un giro a la izquierda del país y sus postulados parecen más cercanos a Lula o Bachelet que a Chávez o Correa, aunque deberá lidiar con el primero y con la Argentina de los Kirchner para intentar arañar unas mejores contraprestaciones para la energía con la que les suministra, practicamente la única fuente de riqueza del país.
Sin experiencia previa de gobierno, queda por ver si consigue mejorar la situación económica del país y, de conseguirlo, si consigue un reparto equitativo de la misma. La suerte está echada.
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