En este cuarto filme sobre el famoso arqueólogo, Spielberg ofrece un espectáculo impactante, divertido y nostálgico.
Foto: PARAMOUNT DREAMWORKS. |
Jerónimo José Martín
Casi 20 años después de su última aventura, el arqueólogo Indiana Jones retorna aún pletórico de facultades. Esta vez, Steven Spielberg y George Lucas han dado rienda suelta a todas sus aficiones y nostalgias cinéfilas, logrando otra película memorable que, como sus antecesoras, arrasará en todo el mundo. En realidad, estos dos magos de Hollywood confirman la validez de la fórmula clásica de hacer cine, delimitada por la solidez de la puesta en escena, el carisma de las estrellas y la primacía del espectáculo, pero con su carga de crítica social y análisis moral, y desde un profundo respeto hacia la inteligencia y el buen gusto de todos los públicos, desde los 9 meses a los 99 años.
Esta vez, la acción se desarrolla en 1957, en plena Guerra Fría y en plena paranoia anticomunista. El ya sexagenario Indiana Jones inicia sus andanzas prisionero de unos militares rusos, comandados por la cruel Irina Spalko, mujer de confianza de Stalin y experta mundial en parapsicología.
Viaje a una selva peruana
Todos se han infiltrado en un secreto cuartel del ejército de EEUU, donde se almacenan objetos misteriosos. En concreto, Spalko ansía una Calavera de Cristal precolombina con extraños poderes, que obligará al Dr. Jones —una vez se haya librado de los pegajosos soviéticos— a viajar a una remota selva peruana. En su accidentado periplo será perseguido por la CIA y el KGB y recibirá la ayuda de un joven rebelde llamado Mutt, hijo de una arqueóloga y ahijado de un anciano profesor inglés, ambos viejos amigos de Indiana Jones.
Como en las anteriores películas de la saga, el guión irritará a los racionalistas, pues está plagado de situaciones inverosímiles y rocambolescas y de descarados homenajes al cine de aventuras clásico y moderno. Todo ello, expuesto a un ritmo endiablado, con diálogos muy divertidos, rodado por Spielberg con su habitual maestría visual e interpretado por los actores con la amplitud de recursos que les caracteriza. En este sentido, son decisivas las aportaciones de Shia LaBeouf, Cate Blanchett y John Hurt, todos ellos plenamente metidos en sus personajes. Ciertamente, es más rotundo el planteamiento y el desarrollo que el desenlace, en el que Spielberg se alarga y dispersa un poco. Y también es verdad que Karen Allen está por debajo del resto del reparto. Pero el conjunto es más que notable: todas las secuencias de acción son sensacionales, los golpes de humor funcionan muy bien y, a pesar del tono paródico, mantienen su interés las reflexiones de Spielberg contra la guerra nuclear, la represión ideológica y la moral materialista, y a favor de las virtudes heroicas, la cultura, la familia y la religión.
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