El PP se ha dividido en facciones que, o carecen de jefe, o han cristalizado alrededor de la directiva.
Álvaro Delgado-Gal
Lo del PP empieza a exhibir un color castaño oscuro. La ruptura de María San Gil es ya irrevocable, y todo apunta a que Rajoy ganará el congreso de junio estérilmente, es decir, no gracias a la auctoritas que asiste a un líder de verdad, sino pulsando los resortes de un aparato en cuyo centro ha sido instalado por la voluntad discrecional del líder anterior. A lo largo del forcejeo, han ocurrido cosas graves, algunas, quizá, irreparables. No se ha señalado lo suficiente que el PP, cuya estructura había adquirido un perfil subliminalmente confederal, algo en cierto modo inevitable dado el reparto del poder según territorios, ha completado el ciclo en cuestión de días. El presidente popular ha pactado con los jefes autonómicos, los cuales garantizaban sus compromisarios en bloque, como si estuvieran todos herrados con las siglas de la comunidad respectiva. El caso refleja una lógica profunda, a la vez que muy inquietante.
No concluyen aquí las novedades. Por efecto de la confusa lucha que ha terminado exorbitando a María San Gil, el partido se ha dividido en facciones que, o bien carecen de jefe, o bien han cristalizado alrededor de la directiva por motivos que no es sencillo explicar al electorado. ¿Por qué se ha subido Ruiz-Gallardón al carro de Rajoy? Porque tiene un pleito con Esperanza Aguirre y porque intenta por enésima vez entrar en la carrera futura por la presidencia del partido. ¿Por qué Costa ha ingresado en la oposición oficiosa? Porque ha sido maltratado por Rajoy. Estos desplazamientos enturbian peligrosamente la sana discusión sobre principios u orientaciones a largo plazo.
Los riesgos de una implosión de la derecha política son, pues, reales. La fragilidad del PP es de naturaleza, además, estructural. Aznar montó un partido monárquico, en la acepción que los romanos antiguos daban a la palabra: la monarquía se diferenciaba de la república en que carecía de constitución, es decir, de un procedimiento estable para diligenciar los pleitos políticos y, en especial, el gran pleito de la sucesión. Por supuesto, el PP posee estatutos, y un reglamento al que remitirse para resolver las cuestiones pro forma. Pero estos auxilios son ortopédicos, artificiales. En el PP no existen corrientes organizadas, ni la posibilidad de desafiar a la cúpula desde los márgenes. Esto funciona cuando se tiene el poder, o cuando la directiva es muy hábil, o cuando el que manda suscita un respeto automático en sus subordinados. La primera circunstancia, y la última, asistieron a Aznar. Aznar fue el equivalente a Octavio, exaltado luego a princeps. Pero Rajoy no es Aznar. Es un emperador intermedio, o más valdría decir, insuficiente. Excelente receta para el caos.
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