El cambio de monedas de un euro en billetes persigue un efecto antiinflacionista
Rocío Albert
Esta semana, he asistido —con perplejidad— a la discusión sobre la posibilidad de transformar las monedas de un euro en billetes. En un primer momento pensé que la propuesta estaba dirigida a solucionar un problema de costes en la fabricación del dinero, semejante al que ocurre con las monedas americanas. En EEUU fabricar un penique o un níquel, sale más caro que el propio valor del penique (un centavo) o níquel (cinco centavos) en cada caso, debido al aumento en los precios de los metales de los que están compuestos. Por ello, en este país se ha planteado la posibilidad de volver a la fabricación de las monedas de acero —que ya se usaron en la II Guerra Mundial— más baratas, estimándose que la sustitución del metal con que se hace la moneda podría suponer un ahorro de hasta 100 millones de dólares al año. Hasta aquí todo me parecía sensato, pero mi asombro fue mayúsculo, cuando escuché que el fin de la propuesta era el de reducir la inflación.
Ilusa de mí al pensar que los tiros iban por el lado de ahorrar en costes de producción: nada más lejos. Por un lado, parece que la producción de papel moneda termina saliendo más cara que la fabricación de monedas, porque si bien el coste de acuñar una moneda es inicialmente más alto que el de un billete, éstos se deterioran con más facilidad y hay que renovarlos con frecuencia, mientras que las monedas son cuasi eternas. Pero este tema de reducción de costes no tiene relación con la sustitución de monedas por billetes; el leiv motiv del cambio persigue un efecto antiinflacionista. La peregrina medida se basa en la idea de que los individuos otorgan mayor valor a los billetes que a las monedas. Así, los ciudadanos al apreciar más el papel, tendrían tendencia a gastar menos y las familias ahorrarían más y se reduciría la inflación. La verdad es que parece un silogismo un poco complicado y poco convincente. Aunque en un primer momento podría darse esta tendencia, la teoría de las expectativas racionales (Robert Lucas) nos enseña que el individuo aprende de sus “fallos” y va adaptando su comportamiento ante los nuevos acontecimientos, de manera que su reducción de gastos sería temporal. Estoy convencida de que a medio y largo plazo, los consumidores depreciarían mentalmente los billetes hasta ponerlos al nivel de las monedas y gastarían igual.
Esta idea me parece igual de ridícula que la que en su día sostuvo nuestro ministro de Economía para explicar la subida de los precios basándose en que las propinas de los españoles eran excesivamente generosas. Parece que para algunos, esto fuera un juego o que los ciudadanos fuésemos conejillos de indias con quienes experimentar hasta dar con la solución; cuando lo cierto es que la lucha contra la inflación es algo serio y urgente. La verdad, espero —y deseo— que los gurús de la economía estén pensando en medidas más realistas para controlar la subida de precios. Es más fácil pensar en propuestas milagrosas que en otras que busquen reducir el gasto público en vez de aumentarlo. Aún así, nuestro Titanic se hunde y el capitán insiste en que la banda siga tocando para alegrar el ambiente y evitar que nos demos cuenta que nuestro dinero se parece cada vez más a papelitos del Monopoly.
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