No pone en peligro la vida de quien sufre la infección, sino la de los demás.
Joaquín Leguina
Estaban armados, pero no opusieron resistencia”, decía la nota de la Gendarmería francesa en Burdeos. Eso les define: desprecian la vida de los demás tanto como aprecian la propia. Los heroicos gudaris siempre tiran las armas ante gente armada.
A Francisco Javier López Peña, nacido en 1958, le sobran kilos y debiera cuidarse, pues ese rostro mofletudo y gritón anuncia algún trastorno coronario, pero tendrá tiempo de hacerlo durante los años de cárcel que le esperan a este maketo reconvertido en gudari. El médico del penal impedirá que se atiborre de chiquitos y de villagodios.
Porque Paco López Peña es el jefe de los etarras y desde muy joven ha estado sin pegar palo al agua viviendo de la extorsión y el atraco hasta llegar al más alto rango del escalafón criminal...
¿Dónde cogió el joven López este virus identitario que le ha convertido en lo que hoy es: un asesino? En alguna taberna, seguro, y escuchando cantos raciales o aplaudiendo los goles del Athletic... porque esas cosas no se aprenden leyendo a Kant. Un virus que es mortal, mas no pone en peligro la vida de quien sufre la infección, sino la de los demás.
El gran definidor de la identidad euskaldún, es decir, don Sabino Arana Goiri, jamás hubiera admitido entre los suyos a quien no calzara 16 apellidos vascos... y este López Peña no tiene entre sus ancestros a un Urrutxurtu que llevarse a la boca. Es obvio que ha sido presa de un proceso perverso llamado hiperintegración, que consiste en identificarse con “el pueblo” de acogida hasta negar las propias raíces. Los maketos que se meten en ETA o los charnegos que se niegan a hablar el castellano en Barcelona son ejemplos del mismo síndrome... y Paco López es su más tarado y repulsivo representante.
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