No ha habido, ni antes ni después, un estreno teatral en España con éxito semejante.
Leandro Fernández Moratín. |
Julio Montero
Madrid. Sólo después de ver —o de leer— El sí de las niñas puede uno hacerse idea de lo pazguata que era la progresista e ilustrada sociedad madrileña de principios del siglo XIX. Para empezar hay que decir que no ha habido, ni antes ni después, un estreno teatral en España con éxito semejante. La obra se mantuvo 26 días seguidos a razón de cuatro sesiones diarias y convocó a más de 37.000 espectadores.
Se paró por la Cuaresma. Puede pensarse que no es mucho en términos absolutos. Si aplicamos proporciones podemos hacernos una idea mejor: la cifra equivale a la cuarta parte de la población adulta residente en el Madrid de entonces.
Estaba escrita desde 1801. Se trata de una obra bastante mesurada. El héroe de la historia es quien menos se podría sospechar: el ancianote (59 años) que, presuntamente, iba a casarse con Paquita. La víctima tiene 16 años. La madre ha arreglado todo sin que su hija lo supiera.
Pero Paquita está enamorada del sobrino del presunto. Tío y sobrino ignoran que pretenden a la misma mujer. En realidad, sólo el joven la pretende, ya que el viejo ya la tiene. Todos coinciden en una posada y cuando el viejo se entera —por casualidad— de cómo están las cosas, decide que sean los jóvenes quienes contraigan matrimonio.
Lo sorprendente es lo poco jóvenes que son los jóvenes: ambos aceptan el papel que les toca jugar —sintiéndolo mucho, eso sí— y el enamorado está a punto de obedecer a su tío y marcharse dejando a su amada más colgada que un cuadro.
Como puede verse, nada de revolucionario, ni de romántico ni de nada. Claro, los ilustrados tan contentos, tan tranquilos. La sabiduría la pone un maduro con sentido común. Nada de revoluciones, nada de amores locos, nada de amores románticos, que en sentido estricto aún no habían llegado a España.
Lo revolucionario era que, como los matrimonios entre chicas jóvenes (niñas) y ancianos adinerados apenas tenían hijos, había que atacarlos porque los ilustrados eran partidarios de una mayor natalidad. Y es que la temática tratada en El sí de las niñas no es la supremacía del amor, sino más bien el de la razón. Lo sorprendente es que el triunfo de la razón, del sentido común, del orden, del respeto a los mayores, arrastrara a tantas gentes al teatro.
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