Por primera vez, altos cargos y viejas glorias demócratas tienen en sus manos la elección del candidato presidencial. Son la élite del partido. Roosevelt, Kennedy o Clinton conviven con desconocidos funcionarios con mucho peso.
Cristina Blas
Ahora mismo hay 796 personas en EEUU cuyos teléfonos no dejan de sonar. Son los superdelegados demócratas que por primera vez desde que fueron creados en los años 80 decidirán quién será su candidato a presidente, si Hillary Clinton o Barack Obama. Pero ¿quiénes son realmente y cuáles son sus superpoderes?
Llevamos meses hablando de los superdelegados y a medida que avanza la campaña electoral en EEUU va quedando claro que esta vez su papel será fundamental para elegir al demócrata que se enfrentará al republicano John McCain por la presidencia de la primera potencia mundial. Cada cuatro años, siempre había un nominado que conseguía la cifra mágica de 2.025 delegados antes de la convención y los super se limitaban a respaldarle. Este vez no, serán sus votos los que decidan y, sin embargo, son unos desconocidos. Entre los 796 nombres que tendrán sus 15 minutos de gloria en la reunión que se celebrará del 25 al 28 de agosto en Denver (Colorado) hay apellidos de la historia política de EEUU: Kennedy, Carter, Clinton, Roosevelt (el nieto del presidente)... junto a otros que ni nos suenan. Puede que no nos diga nada Lincoln Davis o Fagafaga Langkilde, pero su voto influirá en el futuro político de EEUU... y en el de todo el mundo.
Para ser superdelegado es necesario ser gobernador, senador o miembro demócrata de la Cámara de Representantes. O formar parte del Comité Nacional Demócrata, elegido por los activistas del partido en cada estado. También sirve ser una vieja gloria, como los ex presidentes Jimmy Carter o Bill Clinton, el ex vicepresidente Al Gore, o ex speakers de la Cámara: la élite del partido.
Así surgen 796 nombres, de los que más de la mitad ya tienen claro a quién van a apoyar, pero podrían cambiar de opinión, y aún así todavía quedan muchos por convencer. No es que su voto valga más que el del resto de delegados que se eligen en las primarias o caucus que llevan celebrándose desde enero, la diferencia es que los super tienen reservado un asiento por su estatus de superstar y pueden decidir el sentido de su voto en el último momento, después de que se haya llevado a cabo todo el proceso, o también cambiar de opinión.
Todo su poder de persuasión
Por eso, los candidatos están usando todo su poder de persuasión para atraerles a su terreno. Porque a la hora de decidir quién pasa a la final entran en juego muchos factores. Para unos, es cuestión de afinidad personal —sobre todo los Clinton han creado una auténtica red social dentro del partido— pero otros creen que deben apoyar al candidato que ganó en el estado al que pertenecen. Unos apuestan por decantarse por el que más delegados haya conseguido, mientras que otros prefieren el baremo del voto popular, que consideran más acertado ya que lo que se está eligiendo es al más presidenciable.
Cuando todos creían que los superdelegados acudirían al rescate de Hillary Clinton ha saltado la sorpresa y la maquinaria de la ex primera dama está teniendo que luchar a brazo partido para conseguir su apoyo, e incluso muchos de sus fieles se han pasado al otro bando.
Sin embargo, el sistema de superdelegados, algo exclusivo del Partido Demócrata, tiene sus detractores. Sus críticos denuncian que no es justo que un puñado de elegidos tenga la última palabra y pueda cambiar completamente el resultado de las primarias. De hecho, su figura se creó para evitar que se les colase un candidato demasiado izquierdista o radical, muy popular pero condenado al fracaso a nivel nacional. Pero en este tipo de sistemas son inevitables los rumores de corrupción y compra de votos.
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