La belleza de la ciencia ampliada 165.000 millones de veces. El Atomium, con sus nueve bolas conectadas por 20 tubos, es la representación de una gigantesca molécula de cristal de hierro.
Núria Ferragutcasas
Este símbolo de la modernidad de Bélgica celebra este año su cincuentenario. La estructura fue diseñada inicialmente para durar sólo seis meses, periodo en el que se celebró la Exposición Universal de 1958 de Bruselas. Sin embargo, el fervor popular y el éxito internacional de la construcción la hicieron perdurar hasta hoy. El Atomium se sitúa a las afueras de la ciudad, en el barrio de Heizel, junto al estadio de fútbol y al parque MiniEuropa, que contiene más de 300 maquetas de los monumentos más característicos del continente. Llegar hasta allí no plantea ningún problema, ya que está conectado con el metro o los peculiares tranvías belgas.
El sol resplandece en las nueve esferas de 18 metros de diámetro. Brillan gracias a la capa de aluminio que las cubre y a la rehabilitación a la que fueron sometidas entre 2004 y 2006. Un rápido ascensor lleva al visitante en tan sólo 23 segundos a la cima, al átomo más elevado, situado a 102 metros de altitud. Desde allí se puede contemplar una magnífica vista de la ciudad.
Esta hermosa construcción, considerada un híbrido entre escultura y arquitectura, fue creada por el ingeniero belga André Waterkeyn con la ayuda de sus compatriotas arquitectos André y Jean Polak. Tres años, 15.000 trabajadores e infinidad de bocetos fueron necesarios para edificar el que se convirtió en el nuevo icono de la ciudad. Cuando finalizó la Expo 58, el Atomium logró desplazar a su gran rival, la estatua del Manneken Pis (el niño que orina), de los carteles publicitarios belgas.
Bélgica mira hacia el Atomium para recordar con nostalgia aquellos felices años 50. La Exposición Universal de 1958 fue la primera después de la Segunda Guerra Mundial y marcó la memoria colectiva de los belgas, que guardan en su retina una imagen idílica de un periodo lleno de esperanza y utopía.
Anne-Marie Haond y su amiga Marie Terese son dos de los muchos visitantes que estos días recibe el Atomium. Tenían 15 años cuando visitaron la Expo 58. “Allí conocí por primera vez muchos países y tuve mi primer contacto con Asia a través del pabellón de Tailandia”, explica Anne-Marie. Las dos mujeres quedaron impresionadas por la belleza del Atomium y por el progreso que cada uno de los pabellones albergaban. Marie Terese recuerda que fue “en el edificio de los Estados Unidos, donde pude ver la primera televisión en color”.
Bajo el eslogan Bruxelles Bonheur (Bruselas Felicidad), Bruselas celebrará hasta el 19 de octubre este histórico evento con exposiciones, espectáculos y conciertos. Cerca del Atomium se ha construido temporalmente el Pabellón de la Felicidad con unas 33.000 cajas amarillas de cerveza. Por otra parte, las seis de las nueve esferas transitables del Atomium acogen una muestra con documentos, fotografías y objetos de la Expo 59 y un documental sobre cómo se construyó el edificio.
El Atomium es todo un símbolo de Bruselas, pero esta ciudad también es conocida por tener una de las plazas más bellas del mundo: la Grand Place. Un laberinto de calles angostas con olor a gofre y con escaparates de encajes, chocolate y cervezas desembocan a esta plaza.
En ella se encierran edificios majestuosos de estilo gótico flamenco, renacentista y barroco. El más alto de todos es el Ayuntamiento, que tiene una torre gótica de 96 metros coronada por la escultura de San Miguel.
Los orígenes de la plaza datan del siglo XV, cuando a su alredor se instalaron las sedes de los gremios que competían entre sí por tener los edificios más imponentes e impresionantes. Entre estas construcciones también se puede admirar el Palacio de los Duques de Brabante, la Maison du Roi o la casa donde vivió exiliado el escritor francés Victor Hugo en 1852. En una esquina de la Grand Place hay una pequeña calle, la Rue de l’Eruve, por donde se llega al famoso Manneken Pis.
Decepción y recompensa
El turista puede sentirse un poco decepcionado al ver su pequeña estatura. Si se queda con ganas de ver más puede intentar buscar a la versión femenina, una de las grandes olvidadas de la capital belga. La Jeannken es un poco difícil de encontrar porque está situada en una escondida calle peatonal sin salida. Sin embargo, una vez allí, el visitante tiene premio, ya que en la misma calle encontrará el bar Delirium Café, donde sirven más de mil tipos de cerveza.
Esta zona es un buen sitio para saciar el apetito. Hay infinidad de restaurantes para todos los gustos y también se puede disfrutar de una comida típicamente belga, como las grandes cacerolas de mejillones con patatas fritas. Sin duda, una buena opción para aquellos que quieran degustar los platos de especialidades locales.
Si uno quiere alejarse del centro puede pasear por barrios atractivos como Les Marolles, el más bohemio de la ciudad. Sus calles están llenas de tiendas de artesanía y su principal plaza, la Place de Jeu de Balle, celebra cada domingo un mercadillo de antigüedades.
En el barrio europeo se entiende por qué Bruselas es la capital de Europa. Aquí es donde empezó a gestarse la Unión Europea y aquí es donde se encuentran las sedes de la Comisión Europea y el Parlamento Europeo. Puede parecer sorprendente, pero más de 105.000 personas que viven en la ciudad están ligadas de algún modo al microcosmos de las instituciones europeas. La plaza de Luxemburgo, llena de bares, es el centro neurálgico de la zona con un ambiente multicultural, pues allí se reúnen por las tardes hasta los más serios y trajeados burócratas.
DÓNDE COMER
Chez Leon, rue des Bouchers 18. Telf.: (0032) 2 513 04 26. Restaurante para comer los mejores mejillones con patatas. El restaurante del Atomium, con espectaculares vistas. Telf.: (0032) 496 10 58 58.
DÓNDE DORMIR
Centre Vincent Van Gogh. Rue Traversiere, 8. Telf.: (0032) 2 217 01 58. Situado cerca de la Grand Place, asequible. Hotel Amigo. Rue de l’Amigo, 1-3. Es un edificio del siglo XVIII con muy buenos precios.
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