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23/11/2007 22:30   




Los restos del bachillerato

Se abre un campo de trabajo para profesores que no acepten la manipulación mental desde la edad temprana

Alejandro Llano

Con fecha 2 de noviembre, el Ministerio de Educación y Ciencia publicaba el Real Decreto por el que se establece la estructura del bachillerato y sus enseñanzas mínimas. Glosando este acontecimiento legal, podría decirse que el día de difuntos el bachillerato clásico se instalaba en su ataúd, mientras que era sustituido por un remedo al cual se podría llamar bachillerato mínimo, que venía a recoger los restos de todo un naufragio educativo. Si es cierto que cada uno es y se siente de donde hizo el bachillerato, será también verdad que los jóvenes españoles pronto se considerarán pertenecientes a un país que demostraba escaso interés por la educación, y en el que los políticos intervenían decisivamente en la configuración de los estudios básicos. Nadie recordará ya el bachillerato de siete años. El examen de estado español, semejante a la abitur o la maturitá aún vigentes en Europa, habrá pasado a la mitología pedagógica.


 Este minibachillerato de dos años de duración tiene como característica más notoria que los alumnos podrán pasar al segundo curso sin haber aprobado el primero. Dicho de manera tecnocrática, se abre la posibilidad de repetir el primer curso, pero avanzando contenidos del segundo, con lo que se logra una mayor flexibilidad. Al parecer, se abriga la esperanza de que se abandonarán así los puestos ominosos en los baremos internacionales de abandono escolar.

 Casi nadie ha comentado, en cambio, un rasgo más serio de este bachillerato mínimo: sus objetivos. La primera de las capacidades que se contribuirá a desarrollar es, por supuesto, la ciudadanía democrática. No de cualquier manera, sino desde una perspectiva global y con una conciencia cívica responsable. Se fomentará la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa, sin olvidar que se favorezca la sostenibilidad. Al mismo tiempo, se consolidará una madurez social que permita a los jóvenes ciudadanos actuar de forma autónoma, siempre con espíritu crítico. Finalidad fundamental es fomentar la igualdad efectiva de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, aprendiendo a denunciar las desigualdades. 

 La mayoría de los catorce objetivos que este escueto bachillerato se propone presentan una índole social y política. Se trata ante todo de formar ciudadanos: las asignaturas de educación cívica no harán más que explicitar y completar lo que se realice a lo largo y a lo ancho de estos dos años, sobre la base de lo alcanzado en estadios educativos previos. Es más, la totalidad de las capacidades que se fomentan tienen una índole procedimental. En ningún otro país se había conseguido hasta ahora llevar a la práctica radicalmente el lema de John Dewey: enseñar haciendo. La cultura norteamericana, tan denostada, celebra entre nosotros su victoria. Aquí campea el pragmatismo agnóstico. Porque, no hace falta decirlo, se buscará en vano la palabra Dios a lo largo de las noventa y seis páginas de la gaceta de Madrid. Y cualquiera se puede imaginar el tratamiento que en Historia de España se propone para la segunda república, la guerra civil, la dictadura y la transición a la democracia: la Ley de Memoria Histórica enseñada a los adolescentes.

 No hacía falta gozar de dones de presciencia para adivinar que nadie objetaría el sorprendente enfoque de una asignatura curiosamente denominada Filosofía y Ciudadanía. Tampoco ha llamado la atención el relativismo de la Historia de la Filosofía. Esperar entre nosotros que alguien conceda una mínima atención a la teoría equivale a llorar, que diría Larra. Pocos se dan cuenta de que la práctica resulta casi siempre de la aplicación de alguna teoría más o menos oculta. Por eso vamos de susto en susto. Y lo que queda.

 Quizá despierte más interés actualmente una nueva materia común de este elemental bachillerato denominada Ciencias para el Mundo Contemporáneo. No se trata con ella, obviamente, de dar a conocer a los estudiantes los actuales avances científicos. Eso sería un academicismo formalista.  Se pretende incidir en la conciencia de que la ciencia y la tecnología son actividades incluidas en contextos sociales, económicos y éticos que les transmiten su valor cultural. Los temas que destacan en esta asignatura son los que cabría esperar: el origen del universo y de la vida (del fijismo al evolucionismo); la selección natural darwiniana (de los homínidos al Homo sapiens); la ingeniería genética; la reproducción asistida; la clonación y sus aplicaciones; las células madre; el problema del crecimiento ilimitado en un planeta limitado; la sostenibilidad ecológica y social; los compromisos internacionales y la responsabilidad ciudadana…

 Se abre un buen campo de trabajo para profesores e investigadores que no acepten tranquilamente la manipulación mental desde la edad temprana. Y, para todos nosotros, amplia materia de reflexión y de actuación.





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