Las necesidades de los partidos y sus líderes no siempre coinciden.
Joaquín Madina Loidi (periodista)
Una pregunta de esta naturaleza no se puede despachar con una afirmación o con una negativa radical. ¿Podemos confiar en Zapatero para un nuevo Gobierno de cuatro años? Más de once millones de españoles le han otorgado su crédito, a pesar de que todos somos conscientes de que se avecinan tiempos difíciles para el bolsillo del conjunto de los españoles. Y a pesar, también, del reconocimiento público de haber cometido no pocos errores en su Gobierno anterior. Quizá sea esto último lo que inspiraría mayor confianza. Si como ha dicho está dispuesto a no volver sobre las mismas equivocaciones, y a gobernar para todos, tal vez se evite ahora mucho del ruido gratuito que nos ha aturdido a todos. Sin embargo, la prudencia aconseja no hacer demasiado caso de este tipo de afirmaciones “buenistas” porque no tendría sentido que, en lugar de hablar como lo ha hecho, Zapatero hubiera reafirmado su disposición a reincidir en el error y a gobernar sólo para su clientela.
De momento, el presidente elabora su equipo de trabajo cuya configuración nos dará alguna pista sobre sus intenciones. La creación de estas listas es compleja, porque a la dificultad de buscar a los mejores se añade el pie forzado de las necesidades del partido. No siempre coinciden los líderes con el aparatik. Esto se ha visto muy bien en el PNV, cuyos malos resultados electorales han vuelto a sacar a la luz las diferencias de estrategia entre el lehendakari y su grupo político.
Y también se ha visto, con parecida claridad, en el PP. La voluntad de Rajoy de mantenerse en la jefatura de los populares y de formar su propio equipo ha provocado un terremoto interior. De momento, Zaplana ha sido el primero en caer. Y es previsible que sigan su camino otros consejeros de semejante alcurnia. Por convicción propia, o por interés particular, Rajoy parece dispuesto a rendir a los más batalladores.
Pensé en esto en la catedral de Bilbao al leer el siguiente texto que figura en una de las capillas laterales: “Testimonio de gratitud al señor marqués de Villagodio y a su hermano don Alfredo de Echevarría y Bengoa por haber donado perpetuamente a esta basílica el cuerpo de san Fructuoso, la cabeza de san Bonifacio y grandes huesos de otros santos mártires”. Quizá Zapatero le escriba a Rajoy unas letras de agradecimiento en similares términos.
Y como todos los días se aprende algo, también en Bilbao acabo de aprender el significado de la palabra “eviterno”, que figura en otra lápida que cuelga de la fachada de la Biblioteca Municipal, recogiendo un texto de Azorín. Si eterno significa que no ha tenido principio ni fin, como lo es Dios, eviterno representa aquello que habiendo comenzado en el tiempo, no tendrá fin; acaso como Zapatero. Pero eviternos se creyeron también Suárez, González y Aznar, ¡ay, qué consuelo!, porque esta palabreja sólo se refiere a los ángeles y almas racionales.
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