Este primer debate electoral entre Zapatero y Rajoy, que llega, como reiteradamente se ha señalado, después de 15 años en los que a los españoles, por unas cosas u otras, se nos había negado la posibilidad de una confrontación de este tipo, no será definitivo hasta que los medios de comunicación dicten su veredicto. Ésta es una de las servidumbres a las que nos somete la opinión pública. En política, las cosas no son como son, sino como parece que son. De ahí que, en realidad, estemos ante un debate sobre el debate. Es como un estreno teatral. La obra no será un éxito hasta que lo digan los críticos. Y un estreno triunfal puede convertirse en un fracaso a la mañana siguiente. Quizá la obra podría haber sido un éxito si el público no creyese más en la crítica que en el autor.
La pregunta que se hace todo el mundo, después de la tensa confrontación de hora y media sobre una serie de cuestiones previamente acordadas, gira en torno al ganador del debate. Es como si deliberadamente todos hubiésemos asumido esa obsesión por la síntesis, que sólo es receptiva a los mensajes cortos, desprovistos de matices. Lo hemos visto ya en el anterior cara a cara entre Solbes y Pizarro, los números 2 de las listas del PSOE y el PP por Madrid. Aunque el ex presidente de Endesa cometió errores de principiante, en modo alguno puede decirse que fuera triturado por el vicepresidente del Gobierno para Asuntos Económicos. Sin embargo, Solbes ganó la batalla de la imagen. El vencedor del debate de este lunes lo sabremos dentro de una semana, cuando las diversas opiniones y encuestas hayan dicho la última palabra y después de que el partido de vuelta se haya jugado.
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