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La ficción yanqui, sin pelos en la lengua

Las cadenas de cable americanas imponen un modelo de ficción más vulgar y despreocupado por el uso del lenguaje.

La ficción yanqui, sin pelos en la lengua
Una escena de la serie norteamericana de 'Californication'.

S. Gimeno / M. Tagle

Madrid. Aristóteles llegó a afirmar sin vergüenza que el pudor no se trataba de una virtud, sino que era más bien "el miedo de dar de sí una mala opinión". Si así fuera, la televisión norteamericana respetaría sin desmelenarse aquella máxima de "qué más da lo que piensen los demás", pues de un tiempo a esta parte —sobre todo en los canales de cable— se ha aficionado al verbo fácil, al insulto y a una libertad —a veces desmedida— en el desarrollo de las tramas argumentales. Poco les importa a series como Californication, Cinco hermanos, Gossip girl o Damages que el Tribunal Supremo de EEUU haya decidido revisar el peliagudo caso del uso de las palabrotas en la pequeña pantalla. Parte de su grandeza radica en su lenguaje descarnado y en su ligereza coloquial, dos cualidades que no conllevan, afortunadamente, un menoscabo narrativo.

Las licencias que se permite últimamente la ficción yanqui no se producen de un modo gratuito, al menos por regla general. Sin duda, responden a un acuerdo tácito entre el espectador y las cadenas de cable —Showtime, HBO...—, que no ven obstáculos en el horizonte ni se sonrojan con la vulgaridad, siempre y cuando ésta aporte frescura a los capítulos y la progresión natural de cada uno de los personajes.

Nadie disfrutaría con un Jed Bartlet (El ala oeste de la Casa Blanca) que se lavara la boca con jabón tras insultar a un adversario o un Tony Soprano (Los Soprano) que contuviese sus labios para no desvencijar moralmente al pelagatos de turno con su mordaz lengua. Sería como un Homer Simpson preocupado a todas horas por su peso y sus modales o un Jay Gatsby educado y pulcro hasta la eternidad.

Quizá sea arriesgado, pero muchos consideran que Sexo en Nueva York es el antecedente de este libertinaje televisivo. Las remilgadas —y maravillosas— Chicas de oro y la falsedad y el disimulo de Arriba y abajo pasaron de moda hace décadas en favor de un todo vale que no parece tener fin, habida cuenta de títulos como Dexter, Los Tudor o Dirt, donde Courtney Cox deja a Monica Geller a un lado —los creadores de Friends no utilizaban palabras malsonantes en sus guiones como norma— para convertirse en la despiadada Lucy Spiller.

Pero también hay excepciones. Los personajes de Cashmere Mafia y Lipstick Jungle, herederas de Sexo en Nueva York, no insultan con propiedad —si esto tiene sentido—. Sólo son imitadoras de Carrie Bradshaw, carrietes que dicen algunos. Su arrogancia verbal se esfuma porque sólo enseñan los dientes. Son víboras que entonan el insulto al mínimo envite. ¡Que les den!




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