Columna de
PabloCaruso
Mil años duró el dolor de su madre, que se durmió en la espera.
Pablo Caruso
Dicen que el periodismo es la manera más divertida de morirse de hambre. No lo sé. Al menos al que esto escribe el oficio le permitió viajar por el mundo y cargar con unos kilos de más. La semana pasada pude volver a Milán. Espléndida y mendiga. Elegante y pordiosera. Luminosa y lúgubre. Con esta ciudad tengo sentimientos encontrados. Así la siento cuando voy a la sede de la Madonnina. Y sé por qué me pasa eso.
Me resisto a contar cosas tristes o que angustien, que estrujen el alma aunque sea por un instante. También soy consciente de que el periodista debe ser, de vez en cuando, un aguafiestas. Misión ingrata cuando no silenciada. Es cuando ciertos ambientes te dicen no hagas bulla, ¿no ves que no aportas nada? Pero así soy de inconsciente y por eso lo contaré, porque lo que digan no me importa nada. Será porque en esa boca —ahora clausurada— del metro de Milán, aquella que miraba al Duomo, fue donde conocí a Alessandro.
Eran las 10 de la noche y era junio. Estaba tirado, babeante y balbuceando algo que luego entendí. ¡Babbo, babbo!, casi gritaba. Papá, papá. Era una llaga. Flaco, tanto que casi no quedaba nada. Me acerqué, pensé que había sufrido un accidente a la vez que me preguntaba por qué la gente no se detenía. Nada más acercarme, me apretó fuerte la mano, que yo quise retirar por cierta aprehensión. Advertí los infinitos pinchazos en sus brazos. No alcancé a cruzar casi palabra, cuando los carabinieri y la ambulancia se hicieron cargo del él en forma muy profesional. Casi al mismo tiempo que la ambulancia partía, llegó un hombre encorvado y doloroso. No era un anciano, era un hombre gastado. Me preguntó si su hijo me había dicho algo, sin esperar mi respuesta. Sabe —me dijo— las malas juntas, maledetta droga, y el HIV le habían robado a su tesoro. Me pidió que me quedara unos minutos con él hasta que llegara otro de sus hijos para ir al hospital a estar con su Alessandro. Era la enésima vez que lo hacía, lo que no sabía es que sería la última. Emanuele, más que el padre de Alessandro, era su Cireneo.
Emanuele y Dária, su mujer, lo criaron lo mejor que pudieron de la laurea en ingeniería. Alessandro era el más cariñoso de sus tres hijos. Nos sentamos y hablamos un largo rato… Fuimos amigos y seguimos la relación por teléfono después. Emanuele murió el año pasado. Puedo llegar a reconstruir algo y mal lo que hablamos en esas horas… Fue algo así: "Te dimos con tu madre alas muy grandes para que vueles muy alto, si acaso te encuentras con un frente de tormenta no la desafíes, vuelve a casa, te estaremos esperando. No tengas miedo a salir huyendo del canto de sirena que es maldición y engaño y espanto. Pero, si acaso no la resistes, te fallan las fuerzas y sucumbes, no desesperes. Sabes que tienes hermanos que están rezando. ¿Qué te duele, por qué estás lastimado? El dolor te indica que estás vivo. Pero no dejes que se infecte la herida, para eso están nuestras manos que intentarán curarte. Créeme, hijo mío, no te engaño, vuelve a casa, te estamos esperando. Tu cuarto aún está tibio: así lo mantienen nuestros suspiros y nuestro llanto. No habrá reproche y nada que reclamarte, no haremos tronar el escarmiento, el castigo más fuerte para ti será el estupor de un momento, o tal vez preguntar con la mirada, ¿hijo, qué te han hecho? Luego, inmediatamente, será un abrazo el que selle el reencuentro. Sabes de sobra, lo dijimos tantas veces y lo diremos otras tantas: tu familia no te falla. Aquí daremos la vida por ti mil veces si hace falta. Será por eso que los sembradores del desamor y el odio atacan a mansalva. Te quieren esclavo. No los escuches, vuelve a casa, te estamos esperando.
Veintinueve años tendría Alessandro y una carrera de ingeniero terminada. Alto, esbelto, buenazo y un inmenso azul en la mirada. Qué mala noche aquella. ¡Pruébala, te hará sentir que vuelas! Verás cosas que jamás imaginabas que existieran, y la felicidad, la ausencia del dolor, la alegría completa no serán ya una quimera. Y así fue una semana entera, y otra. Y tantas. No hubo vuelta. Poco se supo de él, ¿dónde se encontraba Alessandro? ¿Qué se hizo de él? Seis años duró su ausencia y mil el dolor de su madre, que se durmió en la espera".
Esto es lo que hablamos sentados, dos padres de familia en un escalón de madera, en Milán. De tanto en tanto, nos turnábamos para alzar los ojos a la aguja más alta del Duomo, aquella donde se encuentra la Madonnina bella. Y ahí estaba.
(Pablo Caruso es periodista).
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