Países tan opuestos como EEUU, Siria, Cuba, Pakistán o la India tienen en común que perpetúan a una familia en el poder.
Sonia Gandhi, nuera de Indira Gandhi y también líder del Gobierno Rajiv |
Joana Socías.
La democracia de Estados Unidos está en las antípodas de la autocracia siria, la revolución tiránica de Cuba, la dictadura paquistaní o las repúblicas monárquicas de Oriente Medio y el Golfo Pérsico. Pero, si algo tienen en común algunas de las democracias más arraigadas del Planeta con algunos de los regímenes más tiranos es su debilidad por las dinastías políticas. El afán de perpetuar al frente de un país a una familia, que a veces vale más por su apellido que por sus méritos, es una práctica habitual y asumida con mucha naturalidad, pero que puede llegar a poner en jaque la esencia misma de la democracia.
En política, pocas veces se encuentran dos casos iguales, pero de norte a sur y de este a oeste, el fenómeno de las sucesiones entre parientes sobrepasa fronteras y permite comparar casos nunca equiparables como los de EEUU, Cuba, Corea del Norte o Siria, las monarquías del Pérsico o Argentina, Pakistán, Egipto, la India, Grecia o Filipinas. Y, paradójicamente, en algunos de los países democráticos donde más se repite un apellido a lo largo de los años, es donde más se trata de afinar las leyes para limitar mandatos e impedir que un líder se perpetúe en el poder.
Confiar en las elites
El país conocido por ser capaz de hacer realidad cualquier sueño prefiere olvidarse de su conocido lema para elegir a sus gobernantes. De ser elegida presidenta la aspirante demócrata Hillary Clinton en noviembre, no sólo marcaría un hito por convertirse en la primera mujer al frente de EEUU, sino por perpetuar toda una tradición entre parientes en la Casa Blanca. Si la ex primera dama gana las elecciones de noviembre, consolidará una tradición que arrancó hace más de dos décadas: el Despacho Oval habrá estado en manos de un Bush o un Clinton desde 1989.
En Argentina, donde todavía está muy fresco en la memoria el capítulo del general Juan Domingo Perón y sus dos esposas Evita e Isabel al frente del país, el matrimonio Kirchner —Cristina tomó a finales de año el relevo de su marido Néstor— ha sabido asumirlo como algo muy natural. Nada que ver, eso sí, con las dictaduras de los Somoza en Nicaragua o los Trujillo de la República Dominicana.
Diferente vara de medir
Los diversos casos de dinastías políticas se examinan con diferente lupa dependiendo del sistema político del país. Si en las democracias se asume como una mera reproducción de las elites —que se vanaglorian de la experiencia que la sucesión proporciona—, en las dictaduras se considera como la prueba irrefutable de ausencia de libertad y de opresión, como en el caso de Siria, gobernada por la familia Asad desde los 70 (Bachar reemplazó a su padre, Hafez, a la muerte de éste, como si se tratara de una monarquía) o Egipto, donde Gamal Mubarak podría suceder a su padre Hosni, en el poder desde 1981.
El último caso en los titulares ha sido la Cuba castrista, donde el hermanísimo Raúl ha tomado las riendas de su hermano mayor Fidel. Más de libro de historia es el caso de Corea del Norte, donde el paranoico Kim Jong-il tomó las riendas del país a mediados de los años 90 tras la muerte del fundador del régimen, el amado líder de la patria Kim Il-sung.
El caso del régimen de Pyongyang parece ser la excepción de un tipo de sucesión que se ha impuesto desde hace décadas en Asia: las dinastías truncadas por la violencia de los extremistas. Los Bhutto en Pakistán, los Ghandi en la India, la familia Rahman de Bangladesh y los Bandaranaike de Sri Lanka han dominado la vida política de la región desde su independencia del Reino Unido, pero no han escapado a la tragedia a manos de los rebeldes y extremistas. El primer ministro fundador de la dinastía, Zulfikar Alí Bhutto, fue colgado, sus hijos murieron en misteriosas situaciones y su hija, la dos veces premier Benazir fue objetivo de los terroristas islámicos. En la India, la primera ministra Indira Ghandi, hija del primer presidente Nehru, murió tiroteada, como su hijo Rajiv. Hoy su nuera Sonia Ghandi es una importante figura del Partido del Congreso.
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