Faltan cien días para las elecciones generales, que se presentan envueltas en incertidumbre y como culminación de una Legislatura de alto contenido político y hasta histórico. Zapatero no ha sido un presidente más. Por primera vez se ha roto el espíritu de consenso de la Transición, se han abordado cuestiones que la sociedad española tenía aparcadas, y se ha legislado en algunos asuntos, con apoyos extremistas, contra la voluntad de medio país, representada por el Partido Popular. Han sido años muy duros para la oposición, que ha resistido como ha podido, como ha dicho el presidente del PP, al justificar sus aspiraciones para desbancar a Zapatero, proclamado ya oficialmente candidato del PSOE.
En su discurso de aceptación de Fuenlabrada, en el que, algo infrecuente, ha subido al escenario acompañado de su mujer, Sonsoles Espinosa, el secretario general del Partido Socialista ha hecho el consabido y favorable balance de su política, el elogio de sus ministros (aunque no se ha atrevido a mencionar a la titular de Fomento, en un ejercicio de lucidez) y ha sacado a saludar, como hacen los toreros con sus banderilleros, al ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, uno de los artífices de su acceso al poder y que, inspirador del famoso comando que lleva su nombre, es una garantía de influencia mediática en los meses que quedan hasta las elecciones. Zapatero ha resucitado el talante, mostrándose adalid de la tolerancia y la convivencia, que serán los objetivos de su campaña, junto a la cantinela del cambio climático y el bienestar social. Hemos entrado en la subastas de promesas, y ahí caben todas las palabras: progreso, moderación, avance, desarrollo, igualdad y solidaridad. E incluso un deseo: pasar página del 11-M. Dentro de cien días, la solución.
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