El aumento de enfermedades de transmisión sexual es independiente del nivel de desarrollo económico.
Que las estadísticas sanitarias muestren un continuado descenso en la incidencia de las enfermedades infecto-contagiosas forma parte de lo que cabe esperar en una sociedad desarrollada como la nuestra, con acceso universal al agua potable, instalaciones, una Sanidad pública dotada de medios técnicos y medicamentos suficientes, y una creciente educación ciudadana en la higiene. Tenemos todavía mucho que mejorar, pero no cabe duda de que vamos por buen camino, aun contando con los efectos de una inmigración enorme que nos devuelve algunas enfermedades que creíamos erradicadas.
Hay, sin embargo, una rareza en este cuadro de normalidad, que debería hacernos reflexionar seriamente: el aumento paralelo de las enfermedades de transmisión sexual (ETS). En estas mismas páginas tiene el lector información elocuente al respecto. Parece evidente que el aumento de las ETS entre nosotros es independiente de los niveles de desarrollo económico. Deberíamos preguntarnos, pues, por otras causas, si queremos acertar en la lucha contra efectos tan lamentables.
¿Falta de información, acaso, particularmente entre los más jóvenes? Rotundamente, no. Vivimos el tiempo de mayor, más intensa y hasta martilleante información sexual de toda nuestra historia. El dinero que se gasta en ello alcanza cifras astronómicas, a las que se ha llegado por la persistencia en el error de creer que la causa de la creciente presencia de estas enfermedades, además del Sida, es la falta de información, y, como es natural, un error no se ha arreglado con otro error. Para cualquiera que observe el fenómeno con la mente abierta, aparece como cosa clara que la causa principal son los comportamientos de riesgo, tanto en el Sida como en las demás ETS. ¿Por qué, entonces, no se acomete la lucha contra esta plaga con los instrumentos adecuados? La respuesta a esta pregunta no es que los gobiernos no habían caído en la cuenta, como lo demuestra el hecho de que todas las campañas antitabaco van dirigidas a desalentar a la población del hábito de fumar. Más bien la razón de esa actitud contraproducente es la sumisión de las autoridades al falso dogma de una pésimamente entendida libertad sexual, que estimula las prácticas de riesgo, en la creencia de que, con más información, se van a conjurar los peligros inherentes a la promiscuidad. El día que los gobernantes se liberen de la necedad de considerar la lucha contra las prácticas de riesgo como un “prejuicio religioso” habremos dado el primer paso para afrontar adecuadamente este problema.
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