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27/09/2007 00:00   




Palabras sonajero

Sólo un mentiroso pretenderá que es posible cuestionar la Transición sin cuestionar al Rey.

Según admitió el propio Mill, el homo oeconomicus, el que se dedica a hacer un balance de costes y beneficios en vista de un objetivo prefijado, no pasa de ser una abstracción, quizá funcional a ciertos efectos analíticos. Pero los hombres no son “económicos”, en la acepción técnica de la palabra. Si acaso, el ser humano es un animal retórico: el homo rethoricus integra un taxón de valor descriptivo bastante más capaz que los que usan los economistas. Lo demuestra el carácter ritual de todas las culturas antiguas; la aparición tardía de la novela, esto es, de lo que no es poesía, como género literario importante, y así sucesivamente. ¿Por qué les cuento esto? Porque existe una forma de tontería, especialmente frecuente en los momentos de gran crisis política y moral, que se entiende con mucha mayor precisión teniendo en cuenta lo que acabo de apuntar.Esa clase de tontería se caracteriza por la inercia de las palabras, las cuales conservan su sonido, su color, su ambición de sentido. Conservan, en fin, su empaque. Pero no conservan nada más, porque ya no significan nada. Por supuesto, el hecho de que no seamos meramente hombres económicos, no entraña que no exista un hombre económico en nuestro corazón. Y lo que ocurre entonces, es que se verifica una alquimia apasionante. Mentimos poéticamente, lo que equivale a decir que mentimos en parte y en parte nos hacemos la ilusión de ser sinceros. De resultas, el lenguaje se alambica, se enrarece, al tiempo que se emancipa de la lógica. La especie da un salto y se sale de su formato inicial para convertirse en algo que va más allá de la retórica. “El hombre logomáquico” es el retórico cuando ha perdido contacto con la realidad y junta voquibles como un niño piedrecitas brillantes. El montón luce y hasta dibuja figuras. Sin embargo, sigue siendo un montón, esto es, un cúmulo de cosas inconexas. Tal ocurrió, por la radio, con Ramón Jáuregui, un político perfectamente convencional, o sea, perfectamente representativo. Como no cesa la quema de fotografías del Rey, ni se ha logrado que la bandera constitucional ondee en muchos ayuntamientos, uno de los cuales es el que regenta en San Sebastián Odón Elorza, el señor Jáuregui, conmilitón de éste, fue interpelado para que explicara el caso. Jáuregui emitió una serie de opiniones sensacionales, algunas inspiradas, evidentemente, por la mala fe. Afirmó que eso también pasaba con el PP. Me temo que no, o por lo menos, en mucha menor medida. Recordó, inoportunamente, que los socialistas habían puesto como condición para formar gobierno con el PNV que la enseña fuera visible en Ajuria Enea. Digo que la observación fue inoportuna, porque lo que habría que preguntar es qué es lo que le ha sucedido al Partido Socialista desde el 87 acá. Y terminó diciendo, y aquí interviene la logomaquia, que la disidencia no se combate con la ley, sino con la persuasión. Tesis que sostiene también la vicepresidenta, y que llevar a interrogarse sobre la función del Estado, o sobre la conveniencia de que semejantes personas tengan en él una responsabilidad importante. Seamos claros: que Odón Elorza no quiera poner la bandera, no tiene absolutamente nada que ver con la libertad de expresión. Ésta se reserva para los discrepantes que no desempeñan una función pública. Pero un cargo público que la esconde, está coqueteando, más bien, con la sedición. Que militantes de un partido coaligado al PSOE quemen en masa fotografías del Rey, tampoco tiene nada que ver con la libertad de expresión. Asistimos, más bien, a la impugnación violenta de la legalidad vigente por una formación que el PSOE eligió como socio en 2003. Cabe hablar, de nuevo, de sedición, y en el caso del socialismo, de tolerancia y pasividad culpables. Lo más grave: la deriva republicana se produce en un contexto malo, creado a pulso por el presidente del Gobierno. Fue este Gobierno el que, después de resucitar la evocación nostálgica de la República, declaró ilegítima la Transición, e hizo explícita esta declaración, de forma solemne, en el Parlamento europeo. Sólo un tontaina, un mentiroso, o un confundido por la mala poesía, pretenderá que es posible cuestionar la Transición sin cuestionar al Rey. Aquí se ha estado jugando con fuego. Y el fuego ha prendido.Ha prendido ecuménicamente, en un espacio colectivo cada vez más caótico. No es baladí, en efecto, que en una cadena de radio, muy afecta al PP, el periodista estrella proponga la dimisión del monarca. Y tampoco lo es que sea propiedad de la Iglesia. La Iglesia, faltaba más, no es antimonárquica. Pero esto acentúa lo reservado del diagnóstico. Al país se la han aflojado los muelles, y cualquiera dice lo que se le ocurre. El orden heredado se mantiene precariamente, apretado por el celofán de palabras huecas. Suele ser la señal de grandes y novedosos hechos.





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