El tiempo se detiene en el restaurante O peregrino,en el Miño portugués
La cocinera del restaurante O peregrino, Sofía Sousa. |
Lahera
Esta vez la parada es en un pueblecito encantador a orillas del Miño, Vila Nova de Cerveira, unos kilómetros antes de que las aguas del río desemboquen en el Atlántico. Un paisaje natural de enorme belleza compuesto por pinos y encinas donde no faltan las exuberantes matas de hortensias de colores rosados y azules, ni tampoco las parras trepando por entre las casas y las quintas de recreo que se arraciman en la falda de una pequeña loma que tiende hacia el río. Es precisamente en esa elevación del terreno donde está la parroquia de Gondaren y en ella una vieja quinta construida con piedra de granito en el siglo XVII, muy parecida a los pazos gallegos, pero con su encanto especial. Se accede a ella a través de un camino empedrado que rodea una amplia finca.
En ese palacio está el restaurante O peregrino, famoso por su cocina tradicional del Miño, la cocina minhota, una de las más variadas y mejores de todo Portugal. De esta tierra proceden platos como el caldo verde, la sopa seca del Miño, con carne cocida y las papas de sarrabulho, hechas con la casquería del cerdo. Todo ello sin olvidar los diferentes platos de bacalaos que reciben el nombre de sus creadores. Tampoco falta en su época la lamprea, que el próximo río proporciona y con la que se confeccionan diversos preparados. Lo particular de O peregrino es que no es un restaurante más. Aquí no hay carta. Cada día hay un menú diferente pero uno solo .Y además hay una hora para comer.
Todo un ritual
A la una y media (hora portuguesa), los comensales que se han apuntado son recibidos en el zaguán de entrada al toque de campanilla. De allí pasan a un magnífico y sobrio comedor adornado con hermosos y altos zócalos de azulejos. Una mesa inmensa se va llenando con las viandas de los platos del día y nuevamente a golpe de campañilla los comensales pueden comenzar a servirse. Hoy de primero toca bacalao dorado. En unas hermosas fuentes salen ese bacalao con patatas y huevo. No se le pueden poner pegas.
A su lado hay otras fuentes con ensalada para hacer más grato el plato que de por sí vale por todo el almuerzo. El segundo es un simple pollo al horno.
Partido en tajaditas pequeñas, sin piel, dorado resulta ser un buen pollo de granja, con ese sabor que tiene de verdad los pollos de corral. Se acompaña de pimientos, arroz y lechuga. Platos como se ve sencillos pero que renuevan esa vieja memoria gustativa, que despiertan sensaciones vividas de niño.
Para el día siguiente la cocinera Sofía Sousa tiene previsto ofrecer el bacalao a la boega: desmigado y hecho al horno, mientras al día anterior le tocó en suerte a los comensales el bacalao a la Brizida, que se cocina frito con patata cocida.
Y así todos los días. Al final suena la campañilla y la hermosa, por el tamaño, mesa se ve poblada de fuentes de macedonia de frutas, y tartas de naranja, mouse de chocolate y unos deliciosos pastelillos caramelizados que denominan clariñas.
Es cierto que el tiempo, al menos el gastronómico, se ha detenido aquí, sin espacio para la nueva cocina, en la frontera del Miño, pero la experiencia vale la pena.
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