Columna de
RocíoAlbert
En el Reino Unido se han propuesto luchar contra la obesidad a golpe de decreto.
Rocío Albert
Se acuerdan de cuando el año pasado el Ministerio de Sanidad prohibió la campaña publicitaria de las hamburguesas XXL de Burger King debido a su elevado aporte calórico? Pues no hay nada nuevo bajo el sol, no importa el signo político de los gobernantes, a unos y a otros les encanta eso de inmiscuirse en las decisiones privadas de los individuos. Esta vez le ha tocado al líder de los conservadores británicos, David Cameron, que se ha propuesto luchar contra la obesidad de los ciudadanos del Reino Unido a golpe de decreto, y entre las nuevas medidas que propone en alimentación, están la de reducir las porciones de comida de los restaurantes y supermercados, poner un tope a los anuncios de comida y, promover el deporte y el consumo de frutas y verduras. En EEUU también ha habido ideas para combatir la gordura, hasta proyectos de ley que prohíban a los locales de comida servir a las personas obesas. Nada demasiado novedoso, sólo más iniciativas para cambiar las costumbres de naciones propensas a la obesidad.
En una sociedad sedentaria como la actual la obesidad es una de las grandes enfermedades del siglo XXI. Los datos apuntan a que en España el 15% de la población de todas edades sufre obesidad; en EEUU incluso hasta los pobres son gordos. No sé si todos tienen claro el elevado coste sanitario que para la Administración supone que un país tenga un elevado porcentaje de obesos. Los datos son contundentes: el coste alcanza en los países desarrollados el 7% del gasto sanitario total, lo que en España supondría unos 3.000 millones de euros. Ante estas cifras, es lógico que los gobiernos de los países tomen medidas.
Sin embargo, en mi opinión, lo que es criticable son las propuestas contrarias a la libertad individual en las que el Estado se irroga la capacidad de decidir sobre lo que quiere y puede consumir cada individuo.
Volvamos a las últimas propuestas de los tories: ¿qué sentido tiene que se limiten los anuncios de comidas?; ¿cómo piensan determinar el número óptimo de publicidad de alimentos para que la gente tenga una dieta saludable? Son cuestiones que deberían dejarse en manos de las decisiones individuales de los consumidores, los únicos que tendrían que decidir sobre qué y cuánto quieren comer, y en función de ello el mercado decida cuántos anuncios de legumbres, productos de soja o de hamburguesas deben realizarse. Respecto a reducir las porciones de comidas de los restaurantes y supermercados, es una propuesta tan zafia que si se llevara a la práctica podría tener resultados tan absurdos como que quienes quieran más cantidad de patatas fritas, compren dos porciones en vez de una.
No se trata por tanto, de olvidarse de la obesidad, sino de cómo hacer frente al problema. El Estado debe concienciar a la sociedad de los problemas que trae aparejado ser gordo y las ventajas de una vida saludable, pero de ahí a decidir cuánto puede comer un individuo o cuanta publicidad de tartas o hamburguesas es admisible para una sociedad hay un abismo. Además, en lugar de prohibir se puede premiar: ¿por qué no hacer un registro de obesos y pagar una cantidad por kilo perdido? En el tintero queda una reflexión aún más profunda sobre la viabilidad de la sanidad pública universal y el problema del riesgo moral: si cada uno debiera pagarse un seguro médico y la prima de su póliza dependiera de su estado de salud y de su peso, todos se cuidarían un poco más. Aún así, admito que la cosa no es de fácil solución, ya sabemos: todo lo bueno o es pecado o engorda.
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