Que el cuerpo tenga potencial curativo de sus propios tejidos enfermos es fuerte incluso para pensarlo
Fue de Kant aquella imperativa afirmación, principio de la ética moderna: “Obra de tal modo que uses la humanidad tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre a la vez, como fin, nunca meramente como medio”. Porque el hombre es fin en sí mismo.
La idea de persona de Kant aludía a "humanidad", pero ¿se puede dudar que el embrión humano es especie humana, ser viviente, individuo en sus primeros desarrollos, humanidad en suma, cuya única modalidad de expresarse es como persona? La cuestión viene de nuevo a colación por el formidable descubrimiento de dos grupos de investigadores —uno japonés y otro norteamericano— que ha puesto de manifiesto un camino diferente en la obtención de células madre semejantes a las embrionarias, pero sin destruir embriones.
Es cierto que el mundo ha ignorado mil veces el aserto de Kant y también que, dos siglos después, persisten las ignominias sobre los pueblos y las personas; pero a todas ellas se ha de sumar ahora otra nueva, mucho menos reconocida y visible, que es la muerte sistemática de los embriones humanos en diversas técnicas de investigación, siempre bajo la retórica de liberar al hombre de infinidad de sufrimientos y enfermedades. Es el hombre tratado como "cosa", l’homme contre l’homme, como ha escrito Jean Frédéric Poisson.
Porque la sociedad de moralina en la que nos injertamos aprecia más un buen argumento —cuando le conviene— que una clara verdad. Y se ha dado por afirmar, como si de la mayor verdad se tratara, que el embrión humano no es un ser humano —y por lo tanto persona— hasta que cumple 14 días, tres meses, seis meses o lleva 24 horas en el mundo, que en esto cada uno se lo despacha a su gusto. Mil argumentos interesados, en un galimatías filosófico y científico difícil de entender, impiden a la sociedad conocer la verdad y distinguir, como dijo el poeta, las voces de los ecos. El embrión queda así sin derechos y disponible para las probetas y los tubos de ensayo.
Ahora se ha conocido el principio de una posible verdad que permite la posibilidad de un vuelco a la injusticia del embrión, a su destrucción en la investigación biomédica; una técnica nueva que obviaría la presencia del embrión como material de experimentación y tal vez recuperar para él la dignidad arrebatada. En efecto, una célula común del cuerpo —esta vez de piel y de tejido conjuntivo— ha sido manipulada por los científicos y ha producido una célula madre similar a las embrionarias. Se trata de un camino ya sospechado, que había sido aflorado como alternativa a las células embrionarias por The President’s Council on Bioethics hace dos años,y publicado luego bajo el título Alternative sources of Human Pluripotent Stem Cells. Una técnica exenta de hipotecas morales sin las graves reservas de la destrucción de embriones o del esperpento de la clonación humana. Los científicos han conseguido rejuvenecer a una célula común del cuerpo introduciendo en su interior una especie de genes, moléculas con capacidad para frenar primero su dinámica y luego, como un tren que da marcha atrás, hacerla retornar a la estación de salida, esto es, retrotraerla a un estadio de célula pluripotencial —como las células de la masa interna del embrión de cinco o siete días— y transformarla así en célula madre análoga a la embrionaria.
Por tanto, no es que se haya dado marcha atrás a una célula madre adulta —de ésas que existen distribuidas dentro de cualquier órgano o tejido y que son otra esperanza de la Medicina Regenerativa— lo que se ha rejuvenecido ahora es una célula común, de las que constituyen el cuerpo, de las que existen millones en el organismo.
No es pues ampuloso decir que se ha producido un descubrimiento extraordinario y a la vez impredecible. Como cuando Fleming percibió los efectos del hongo penicilium en una placa de Petri o como cuando se ensayó por primera vez la anestesia, los experimentos de Yamanaka y de Thomson sugieren ahora el verdadero principio de la Medicina Regenerativa.
Además, es evidente que aquí sobra toda retórica y politización, porque la importancia del camino emprendido apunta a un horizonte terapéutico fascinante que no precisa de propaganda. Que en el cuerpo del hombre pueda existir un potencial curativo de sus tejidos enfermos, sin rechazo, es algo demasiado fuerte incluso para pensarlo. Si las necesarias comprobaciones confirman los hechos, el cuerpo del hombre podría concebirse como un verdadero medicamento de sí mismo. Pero hasta entonces sólo nos cabe la esperanza y la prudencia en las afirmaciones. Y todo ello, además, de forma moral y responsable, como hubiera gustado a Kant, respetando la dignidad del embrión como naturaleza racional en desarrollo.
▼ Secretario general de la Fundación Worldwide Bioethics.
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