Aunque el hábito de tomar roscón está muy enraizado en España, este pastel es francés.
Roscones de Reyes. |
Lahera / C. Cortés
La extendida costumbre en nuestro país de comer roscón el día de Reyes nos ha hecho creer que es una tradición española. Y lo es de alguna manera, ya que está enraizada, pero su origen es francés.
El denominado gâteau des Rois, que así se denomina en tierras galas, tiene su origen conocido en el siglo XV, cuando los canónigos del capítulo de Besanson decidieron una curiosa fórmula para elegir al nuevo prior. Ésta consistía en esconder en un pan, y entre la miga, una pequeña moneda de plata. Lo repartían en pedacitos, y a aquel al que le tocaba la parte que escondía la moneda, automáticamente recibía el mando. Al parecer era una simple fiesta que duraba un día y servía de esparcimiento a los monjes.
Esta costumbre más tarde pasó a la corte, donde en tan señalada fecha se celebraba la fiesta y se escogía a un niño para que con su mano inocente hiciese cortar en pedazos un pastel real que escondía una pieza de plata. La persona que recibía el tesoro oculto era nombrada rey por un día. Se le vestía con magníficos trajes y eran los camareros reales los encargados de servirle.
En los pequeños hogares la tradición fue cuajando. El niño más inocente de la familia hacía las particiones. En el famoso pastel se escondía no una pieza de oro, sino una simple haba seca. El haba, antes de la llegada de la patata del nuevo mundo, era uno de los alimentos más corrientes en los hogares. El agraciado era nombrado “rey de la haba”.
Ese día, todos los cortesanos estaban a su servicio y, como compensación, él debía corresponder ofreciendo una comida.
En su origen francés era un gâteau, una especie de pastelillo cuyos ingredientes, con el tiempo y su paso por la corte, fueron cambiando. El periodista gastronómico y divulgador culinario Dionisio Pérez, que firmaba sus artículos con el seudónimo de Post Thebussen, afirma que la tradición francesa del gâteau des Rois fue importada por la corte española. Echa mano para ello de Las memorias Secretas de Duclos para contarnos que fue el fundador de la Casa de Borbón, Felipe V, quien había aprendido a bien comer de su abuelo Luis XIV, quien nos introdujo la costumbre. Convaleciente el rey en el palacio del Buen Retiro, quiso que en la celebración de la fiesta de Epifanía se reviviese este ritual versallesco.
En Las Memorias de Dubois, comentadas por Dionisio Pérez, se recoge el relato del mismo: “Se hace por los pasteleros del Rey un enorme roscón, en cuya pasta se esconde un haba. Terminada la comida, el Rey, primero, y luego las personas reales y los ministros, embajadores y sus damas cortan un trozo del roscón. Aquel en cuyo pedazo aparezca el haba es proclamado rey o reina, y el Rey, si no es él mismo el afortunado encontrador, lo instala en su sitial, y haciéndole una gran reverencia le entrega un cubilete lleno de buen vino, y puestos todos en pie gritan: “El rey bebe”, “El rey bebe”, “Viva el rey”. Y así continúa el banquete, hasta que, fatigado el Rey, se retira a sus habitaciones; pero mientras tanto, el que encontró el haba hace de Rey y da órdenes a ministros y consejos a los embajadores, y sus decretos son cumplidos”.
Muy pronto, esta cultura culinaria del gâteau des Rois saltó a la población.
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