En esta democracia, los medios públicos se utilizan en beneficio del poder.
CON arrojo temerario, el presidente del Gobierno se ha sometido a las terribles inquisiciones, a la férrea batería argumental de siete hombres sin piedad. Las preguntas han conmovido los cimientos del poder, pero el poderoso sale airoso de la encerrona mediática (en un medio público, es decir, del poder, pero no del público).
Es que los periodistas parecen alimañas en su labor crítica depredadora. Cuando apresan a un primer ministro, no lo sueltan hasta que lo despedazan dialécticamente. Y ya ven, todo con un Gobierno que no da motivos, que no deja de velar por el bien común, muy especialmente del de quienes no le han votado. Pero ahí estaba la legión inquisitiva para prestar su voz a los que no tiene voz (aunque sí voto), para preguntar todo lo que querían saber los derrotados, lo que se temen los vencidos. (Y uno, ingenuo, que pensaba que en una democracia no había vencedores y vencidos; pues los hay e incluso hasta el ejercicio de la crítica corresponde a los vencedores). Y es curioso que el poderoso correspondiera a los serviles preguntones con un familiar tuteo entre regio y falangista, acaso un punto caciquil. “¿Por qué es usted tan sabio?”. “¿Por qué aprueba tan justos decretos y sabios proyectos de ley?.” “¿Seguirá siendo tan socialista como hasta ahora o quizá aún más?”. “¿Qué siente ante una oposición tan dividida, oligárquica y necia: alegría, condescendencia, conmiseración?”. “¿Por qué la economía sigue creciendo y creciendo?”. “¿Por qué ha aumentado el número de sus votantes?.” “¿Cómo ha conseguido acabar con la violencia machista?”. “¿Cuándo le concederá una entrevista al presidente de los Estados Unidos, que tanto tiempo lleva implorándosela?”. “¿Cómo logra nombrar tan buenos ministros?”. “¿Cómo encuentra tiempo para trabajar tanto y para ejercer su liderazgo mundial?”.
La verdad es que ante cada nueva pregunta uno sentía casi terror. Pues nada, ni por ésas, no hubo forma de poner en apuros al presidente. Quizá algún espectador no narcotizado llegara a conjeturar la razón por la que Rodríguez Zapatero ha podido ganar las elecciones: apoyos no le faltan. Vivimos una democracia manipulada en la que los medios (la mayoría de ellos, casi todos) se utilizan en beneficio de los intereses del poder, y se convierten en instrumentos, por lo demás muy eficaces, de la lucha política. Es triste que la mayoría de los medios sean absolutamente partidistas (también los hay de la oposición, pero son infinitamente más minoritarios que la propia oposición), pero si son privados tienen derecho a hacerlo (aunque sería preferible que no lo disimulasen). Pero es inaceptable e intolerable que lo sean cuando son de titularidad pública y de, contengamos la risa, interés general. En esta democracia, manipulada y partitocrática, los medios públicos se utilizan en beneficio del poder. Y también se controlan los privados. Pero existen casos en los que la sumisión se adentra ya en un terreno que no suele pisar ni el más adulador de los lacayos. Es precisamente entonces cuando la prensa se convierte verdaderamente en el cuarto poder de un sistema en el que no hay división de poderes. La Justicia está mediatizada por el Ejecutivo. El Parlamento está dominado por el Gobierno que ha surgido de él. No nos engañemos: el poder pertenece al Ejecutivo, aunque limitado por las taifas; lo demás son espejismos. La prensa (salvas las escasas excepciones) es ese “cuarto poder” que necesita el Ejecutivo: el poder halagador. Ya sólo faltaría entonces para arribar a las costas totalitarias la quinta pieza: una servil oposición.
Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho.
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