Enero tiene un significado muy especial para la agencia espacial estadounidense.
F. J. G.
Madrid. El día 31 del primer mes del año 1958, casi cuatro meses después de que la Unión Soviética sorprendiese al mundo con el Sputnik, EEUU ingresaba definitivamente en la carrera espacial con el lanzamiento del Explorer 1, el primero de sus satélites en órbita terrestre.
Hace medio siglo, América exhalaba un suspiro de alivio, tras el estrepitoso fracaso un mes antes del modesto cohete Vanguard 1. Ante el temor de quedar rezagados, la Casa Blanca ordenó al Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) y a la Agencia de Misiles Balísticos del Ejército realizar el lanzamiento de un satélite lo más inmediatamente posible.
El diseño del Explorer, en forma de bala y de apenas dos metros de largo, supuso además la creación de la NASA y la transformación del JPL, que hasta entonces estaba dedicado sólo al diseño y fabricación de misiles. Hoy, el JPL controla las misiones de 19 naves y vehículos exploradores espaciales.
El Explorer, además de ser el primer vehículo espacial estadounidense, fue también el que llevó a cabo el primer descubrimiento científico de la era espacial: el cinturón Van Allen de alta radiación que rodea el planeta.
Sin embargo, enero también es un mes de funesto recuerdo para los estadounidenses. El 28 de enero de 1986, el transbordador Challenger se desintegró apenas un minuto después de su despegue desde el Centro Espacial Kennedy en Florida.
El desastre se cobró la vida de sus siete tripulantes, una tragedia que se repetiría siete años más tarde, cuando el 1 de febrero de 2003, el Columbia estalló al regreso de una misión científica.
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