La mascarilla es la forma más rápida, cómoda y eficaz de embellecer cualquier tipo de piel en tan sólo unos minutos.
G. Sánchez de la Nieta
Son las grandes desconocidas de la cosmética y deberían utilizarse, al menos, dos veces por semana. Las mascarillas faciales son las mejores aliadas para conseguir un aspecto fresco y brillante en sólo 24 horas. La oferta es muy amplia y casi todas las marcas disponen de este tipo de productos.
Cada mascarilla tiene un tiempo recomendado que oscila entre los 10 y 20 minutos de media. Si no tiene prisa, lo ideal es dejarlas actuar más tiempo. Debe elegir la mascarilla en función del resultado que desea obtener. Las hay hidratantes, que resultan una base impecable para un posterior maquillaje; nutritivas, que proporcionan tanto agua como nutrientes; revitalizantes, que eliminan los signos de fatiga; refrescantes, que estimulan la circulación por el efecto frío; calmantes, indicadas para pieles sensibles, alteradas o reactivas; reafirmantes, con efecto lifting, alisan y reafirman el cutis; para pieles grasas o mixtas e incluso blanquedoras, para aclarar las manchas y normalizar la producción de la melanina.
Para lograr un resultado más eficaz, deberán aplicarse siempre con el rostro limpio de impurezas. Deje actuar el producto y relájese durante el tiempo recomendado de exposición para que la piel absorba mejor los principios activos.
Según la firma cosmética Olay, los egipcios fueron los primeros en dar importancia a este tipo de tratamientos cuando mezclaban el incienso, la cera y el aceite de oliva a la leche para hidratar la piel. En la antigua Roma, también aplicaban máscaras faciales con ingredientes hidratantes y perfumes por la noche, que retiraban a la mañana siguiente con leche de burra. Los cuidados faciales de la Reina Isabel consistían en un preparado a base de clara y cáscara de huevo, caramelo de azúcar blanco, semillas de amapola y agua.
A principios del siglo XIX, las mujeres chinas fueron las que empezaron a aplicarse combinados de té, aceite y harina de arroz como tratamientos faciales nocturnos. Ya a finales de los años 60, las máscaras se volvieron más sofisticadas y las denominaban “mezclas de barro”, pensadas para eliminar impurezas y cerrar poros.
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