Los consejos de EEUU, el Reino Unido y Francia no han convencido al presidente Musharraf para que convocase elecciones el próximo el 8 de enero. Todavía los pakistaníes no están llamados a las urnas. La preocupación de Occidente es obvia tras el asesinato de Benazir Bhutto, llamada a liderar el proceso de democratización de un país clave desde el punto de vista geopolítico. Ahora, todas las miradas se vuelven de nuevo hacia Musharraf, que ha acusado a Al Qaeda del atentado que acabó con la vida de su opositora electoral y ha decidido, a pesar de todo, continuar con el sufragio.
Esa decisión coincide con el deseo occidental de que la gran potencia nuclear del mundo islámico no quede al albur del terrorismo. Es el mal menor porque con Bhutto la política de nadar y guardar la ropa con el terrorismo de Musharraf parecía tener fecha de caducidad. La experiencia muestra que las dictaduras no han contribuido a desactivar el terrorismo islamista. De hecho, un posible giro radical en el Gobierno es una de las hipótesis que se manejan como motivo del atentado. Por eso, crece estos días el miedo en Pakistán. Las cancillerías internacionales reflejan la inquietud del mundo ante una posible deriva totalitaria en Pakistán, que poco o nada contribuirá a la estabilidad de la región y a la seguridad internacional. Está en juego también la credibilidad de EEUU. Pero el gran problema para la paz sería el nacimiento de un Estado islamista con armamento nuclear.
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