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Se trata de instrumentos empleados por los gobiernos para materializar sus activos en otras divisas.
En las últimas semanas se han sucedido las noticias sobre bancos de inversión occidentales que han dado entrada en su capital a fondos extranjeros. El día 25 se hizo público que Merril Lynch había vendido acciones por un importe de 5.000 millones de dólares a un inversor de Singapur. Pocos días antes Morgan Stanley había anunciado la venta de una participación por una cuantía parecida a la China Investment Corporation (CIC), con lo que el fondo chino obtuvo una participación cercana al 10% en el capital de bancos de inversión. Por cierto que el CIC había alcanzado notoriedad, no hace mucho, por adquirir un 9,3% del private equity norteamericano Blackstone Group. Un fondo de Abu Dhabi compró el 4,9% de Citigroup. Se estima que desde el último mes de octubre los inversores de Oriente Medio y Asia han pagado más de 22 millones de dólares por participaciones en Bear Stearns, Citi, Morgan Stanley y UBS.
Fondos como éstos se denominan fondos soberanos y constituyen una de las formas de inversión que está cobrando más auge en los últimos tiempos. Técnicamente estos fondos no son nuevos: se trata, en síntesis, de instrumentos empleados por los gobiernos para materializar sus activos en otras divisas, una vez que poseen una cantidad mínima en reserva para sostener el tipo de cambio si es preciso. Lo que sí es nuevo es el protagonismo que están cobrando en los últimos años. Se calcula que los fondos soberanos ascienden ya a tres billones (europeos) de dólares. Los hedge funds, en comparación, que han crecido a un ritmo espectacular, poseen sólo dos billones de dólares.
¿Quiénes poseen fondos soberanos? Países como Noruega, Rusia, Canadá y Trinidad y Tobago. Los mayores de entre estos fondos, sin embargo, están asociados a países exportadores de petróleo y a economías asiáticas. Se estima que el fondo soberano mayor en la actualidad es el de Abu Dhabi. Le sigue en tamaño el de Singapur. Tampoco debe ser despreciable el de China, a juzgar por las últimas operaciones realizadas.
Estos fondos, tradicionalmente, han preferido materializar sus inversiones en letras del tesoro americano; últimamente se están decantando por empresas occidentales de servicios financieros. Invierten generalmente a largo plazo, por lo que actúan como estabilizadores del sistema financiero. De hecho, su papel actual al salir en socorro —de modo interesado, como es lógico— de los bancos de inversión más afectados por la crisis subprime puede considerarse beneficioso, por lo menos para los accionistas de esos bancos de inversión. Y el propio FMI ha animado a los países exportadores de petróleo a consolidar estos fondos en previsión de malos momentos: constituyen un buen destino para el ingente flujo de dinero que fluye a lugares como Dubai, por ejemplo.
¿Qué problemas presentan estos fondos? El primero es la opacidad. Existen pocas estadísticas acerca de su volumen total y de la composición de sus carteras. Tampoco está absolutamente claro en qué tipo de producto invierten o cuáles son sus motivaciones, puesto que no están controlados por individuos o empresas, sino por gobiernos. Así, algunos opinan que operaciones como las mencionadas no buscan estrictamente la rentabilidad financiera, sino, sobre todo, el knowhow asociado al funcionamiento de las instituciones en las que se comienza a participar.
El segundo problema viene inducido, como en el caso de los hedge funds o la propia crisis subprime, por su alto apalancamiento, que puede producir una sobrerreacción de los mercados y dar lugar a un efecto amplificador de futuras crisis, sobre todo el conjunto de la economía.
Como siempre, buena parte del debate en torno a estos instrumentos se centra en si deben ser regulados o no. Algunos temen que entren en sectores estratégicos, como los relacionados con el aprovisionamiento militar o las líneas aéreas, y este miedo puede generar un rebrote del proteccionismo y de los afanes intervencionistas de los gobiernos. Para otros, entre ellos algunos economistas del FMI, la solución no es tanto regular los fondos, algo muy difícil, sino supervisar cuidadosamente a los intermediarios de los que obtienen la financiación, fundamentalmente bancos comerciales y de inversión.
El mundo de las finanzas ha sido siempre críptico y complejo. En él se suceden las innovaciones financieras y los nuevos mecanismos de inversión a un ritmo tal que es difícil, incluso para los expertos, mantenerse al día. Es prematuro emitir un juicio sobre el modo de actuación de los fondos soberanos. En todo caso, probablemente nos hallamos ante unos instrumentos que darán mucho que hablar en el futuro. Por eso es pertinente estar atentos a sus tomas de posiciones.
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