Se pasa del ‘Made in China’ al ‘Made by China’, de ser la fábrica del mundo a ser fuente de creación
Mercedes Pizarro Santos
Vivir en armonía con el mundo y con la naturaleza”. Lejos de ser el eslogan propuesto por los recurrentes creativos que últimamente trabajan para nuestros partidos políticos, es la máxima inherente en el giro social, podría decirse personal, que China quiere darle a su crecimiento para los próximos años. Hasta ahora se priorizó el producto interior bruto, ahora toca consolidar el crecimiento dando protagonismo a las personas y al entorno, lograr el equilibrio y la armonía. Una máxima que no evita el tener que resolver algunos problemas. Quizá por aquello del yin y el yang, lo negativo y lo positivo, dos fuerzas que se necesitan mutuamente, los chinos dicen que todos sus problemas son dilemas. ¿Será que en Occidente no es así?
En el último congreso del Partido Comunista Chino, el presidente Hu Jintao marcó la nueva era de un comunismo con características chinas. Lejos del capitalismo, en el que cada uno se ocupa de sí mismo y Dios del conjunto. No sólo se da al pueblo la esperanza de la prosperidad común, se hace del desarrollo económico un objetivo básico, eso sí, bajo la dirección del Partido. A ello se añade una perspectiva científica que permita pasar del Made in China al Made by China, esto es, de ser la fábrica del mundo a ser fuente de creación e innovación. Que el cambio en la empresa y en la economía puede ir casi a la velocidad de la luz ha quedado demostrado en China, pero ¿se adaptará con tanta celeridad la sociedad y, lo que es más importante, el partido? Una cultura milenaria y sabia es un buen bagaje, pero hay que evitar que pueda convertirse en lastre.
En los años 60, Alain Peirefitte escribió un libro titulado Cuando China despierte, apuntando lo que podría significar el fin del aislamiento chino y su entrada en el desarrollo económico. Eso ya se ha producido. El primer desperezamiento de este coloso ha revolucionado la producción y el comercio mundial. Para asombro de los analistas, China lleva dos décadas de crecimiento muy rápido, se financia con ahorro interno, es capaz de financiar el déficit de EEUU y de emprender un programa propio de investigación espacial, al tiempo que empresas chinas compran filiales de multinacionales. En 2007, el volumen de PIB supera ya al de Alemania, aunque siga recibiendo recursos de programas de cooperación y desarrollo. El tamaño del mercado, la tardía industrialización, que ahorra décadas de aprendizaje, y una abundante mano de obra han favorecido el crecimiento de China. La migración del campo a las ciudades ha permitido pasar de actividades de baja productividad a otras más eficientes en la industria y los servicios, pero con la peculiaridad de que esa migración no se integra en la ciudad. La condición de ciudadano es distinta a la de campesino y sólo se obtiene por herencia materna. El 56,1% de la población sigue siendo rural. Se ha reducido el número de pobres, pero crecen las disparidades en renta. El desarrollo ha acentuado los desequilibrios y las contradicciones sociales.
En una década, la mayoría del sector público empresarial se ha transformado desde una situación decadente a ocupar posiciones importantes en el ránking de Fortune 500, como es el caso de China Mobile, Sinopec y el Banco de China. El sector privado se ha dinamizado, eso sí bajo la larga sombra del partido, que sienta miembros del comité en sus consejos y, a cambio, desde 2002 permite la afiliación de los empresarios exitosos. A pesar del control, China está mejorando rápido la calidad de su producción, se está dotando de marcas y diseño propios y busca acceder a los segmentos de más calidad de cada ámbito productivo. Los cientos de miles de ingenieros superiores titulados cada año son indicador del potencial subyacente. Y una evidencia de que éste se reconoce es la inversión en centros de investigación y empresas de alta tecnología realizada en el país. Los países de economía planificada fueron capaces de concentrar esfuerzos en innovaciones en armamento o exploración espacial, pero no de fabricar masivamente buenos productos de consumo. En China, una vez iniciada la liberalización, aún siendo ésta parcial, se ha abierto la posibilidad de competir en ese plano.
Mao buscó el gran salto adelante, pero falló al imponerlo. Deng pensó que la tarea del socialismo era liberar las fuerzas productivas y lo consiguió con libertad. Hu Jintao sigue esa vía, pero ¿será capaz la burocracia de sanear la banca, dar buen servicio sanitario e infraestructuras, mejorar su eficiencia, evitar discrepancias, alinear las provincias, acabar con la corrupción y dar paso a la democracia? Quizá frente al todo es posible de Rajoy y la mirada positiva de Zapatero, Hu evidencia aquello de que el fin justifica los medios, pero ¿hasta cuándo?
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