Unas políticas redistributivas más activas son la forma de compensar a los que pierden su empleo
En algunos ámbitos sólo se miran los aspectos negativos de la inmigración. EFE |
José Villaverde Castro
No es ésta la primera vez que, en estas mismas páginas, hablamos de globalización y tampoco será, probablemente, la última vez que lo haga. Como todo fenómeno complejo, presenta facetas que pueden llegar a ser contrapuestas, por lo que no resulta bastante difícil entender que tenga, simultáneamente, grandes defensores y que tenga grandes detractores. Dos estudios recientes sobre el tema, uno publicado por el European Economic Advisory Group (EEAG) y otro editado por el Centre for Transatlantic Relations, coinciden, sin embargo, en que la creciente integración de los mercados ha sido (y, previsiblemente, seguirá siendo) muy positiva para Europa, incluso —y esto resulta para algunos bastante llamativo—, en términos de creación de empleo.
La globalización no es un juego de suma cero, correctamente entendida y desarrollada. La globalización es, por el contrario, un juego de suma positiva.
El primero de los estudios mencionados llega a tal conclusión tras poner de relieve que la globalización —espoleada por los avances en materia de transporte y comunicaciones— se manifiesta a través de tres canales, estrechamente relacionados entre sí: el comercio de bienes y servicios, la movilidad del capital y la movilidad de la mano de obra.
El examen, en particular, de las relaciones entre globalización, movilidad geográfica de la mano de obra (esto es, flujos migratorios) y empleo resulta de particular relevancia en estos momentos, en los que, en determinados ámbitos, sólo se pone el acento en los aspectos negativos (que también los tiene) que los flujos migratorios ocasionan.
¿Por qué se considera en el estudio del EEAG que la creciente globalización —incluida la movilidad de la mano de obra que todo esto supone— puede ser positiva para el empleo? Un total de seis, nada menos que seis, son las razones que se aducen a tal efecto: el ahorro de costes derivado de la subcontratation (outsourcing) de tareas a escala internacional; la reducción de márgenes debida al incremento de la competencia; el aumento de la sensibilidad del empleo a los cambios salariales; una posición negociadora más fuerte de los empleadores frente a los sindicatos; los cambios inducidos en las instituciones laborales; y, por último, las mejoras en la relación real de intercambio (o ratio entre los precios de exportaciones y precios de importaciones, excluidos los precios del petróleo). Todos estos elementos se traducen, al fin y a la postre, en que el mercado de trabajo elimina o reduce rigideces y, por lo tanto, en que goza de mayor flexibilidad para poder responder mejor a los retos a los que tiene que enfrentarse. Traducido a otros términos, y aquí nos apoyamos en las conclusiones del segundo estudio mencionado anteriormente, la globalización, con todo lo que ello implica, no se ha traducido en el caso europeo (ni, por supuesto, en el español), en menos empleo, sino en todo lo contrario.
Cierto es que aunque la globalización tenga efectos netos positivos, incluso en términos de generación de empleo, la distribución de los mismos no se produce de manera uniforme, y ello no se puede ni debe obviar. O, dicho con otras palabras, que la globalización tiene ganadores y perdedores: los consumidores se encuentran, indiscutiblemente, entre los primeros; algunos trabajadores (los que están menos cualificados) se encuentran entre los segundos. La mejor forma de compensar los perjuicios ocasionados a quienes pierden su empleo, o ven reducido su salario, como consecuencia de la globalización y los flujos migratorios que conlleva no estriba, sin embargo, en introducir más rigideces en el mercado de trabajo (tales como elevar el salario mínimo o aumentar los subsidios por desempleo), sino en desarrollar políticas redistributivas más activas, que se encuentran encaminadas a apoyar mejor a los afectados, por ejemplo ofreciéndoles más y mejor formación profesional o incrementando la indemnización por despido; se trataría, siguiendo el ejemplo danés, de proteger más a las personas que a los empleos.
Los políticos deberían aplicarse la lección y, en primer lugar, hacer ver a sus administrados que la globalización es buena en su conjunto; y, en segundo lugar, deberían adoptar medidas —del tipo de las arriba mencionadas— que hicieran que los individuos perjudicados por la misma gozaran de nuevas oportunidades para encontrar un nuevo y mejor empleo. Esto contribuiría a que la globalización tuviera mejor prensa y a que todos la aceptáramos mejor; y, de paso, a que fuéramos más conscientes de los efectos beneficiosos de la inmigración.
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