Es posible que sin estrés muchos no hayan llegado a donde están.
Juanma Roca
El estrés forma parte inherente de la función ejecutiva y de la vida en general. Resulta impensable imaginar el trabajo directivo sin ciertas dosis de agobio y de presión, sin el encanto del desvelo o de la incertidumbre motivada por el riesgo de un tema, de cuya solución satisfactoria puede depender un negocio o un cliente. ¿Quién no se ha visto con el agua al cuello en alguna ocasión dentro de su trabajo? ¿Quién no se ha visto superado y sobrepasado por la presión?
Es posible que sin estrés muchos no hayan llegado a donde están y, de hecho, suele ocurrir que el directivo juega la baza de la presión sobre sus colaboradores para estimular la chispa creativa y las ideas brillantes. La presión es un acicate del buen trabajo en momentos acuciantes, aunque también genera mayor estrés, lo cual redunda sobre lo primero.
Los despachos de abogados son un hervidero de ideas y creatividad, de estudio y de análisis, pero también de presión y estrés. Un mal planteamiento de un caso puede resultar nefasto para la firma, que puede perder tanto muchos millones como un cliente muy importante. Imaginemos, por ejemplo, a ese socio de un bufete que se adentra en el análisis de activos, el famoso due diligence. De su precisión depende el futuro de la operación, sin ir más lejos, y el abogado lo sabe. No puede fallar.
Resulta casi imposible escapar del estrés en esas situaciones. Pero en ese momento incierto aparece la serenidad de Daniel Goleman y su inteligencia emocional en forma de autonocimiento y autocontrol.
Suelen decir los entendidos que lo que distingue al buen directivo del gran directivo es que éste toma las decisiones importantes con una asombrosa serenidad, mientras que el buen directivo, simplemente, las toma. Tomar una decisión es sencillo; no así mantener la calma durante esa toma de decisiones. Ahí surge el estrés, que hay que saber gestionar con tino. El directivo debe conocerse a sí mismo, saber hasta dónde puede llegar, a partir de qué punto empieza a desconfiar de sí mismo.
El ejecutivo debe vencer mentalmente esa tensión, pero no siempre es posible. Por ello, a veces resulta más sencillo y eficaz frenar en seco y echar una mirada al horizonte. Dejar correr el tiempo y relajarse; cambiar de aires y de tema. El cambio de foco mental serena el juicio y con el juicio sereno se puede retomar el asunto con más soltura y claridad de ideas. Es el vísteme despacio llevado a la gestión, algo que caracteriza, de puerta adentro, la famosa soledad del directivo.
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