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El ex presidente de Endesa acaba de añadir su nombre a la larga lista de empresarios que se han pasado a la política, dispuestos a imprimirle nuevas idas, vigor y "sentido común". Pero, a diferencia de otros, Pizarro sí es también un teórico y un estratega de la política económica que ha contribuido a afianzar las ideas liberales en España.
Fernando Barciela
Hace años era habitual escuchar a Manuel Pizarro (Teruel, 1951), en alguna de esas charlas de sobremesa que mantenía con grupos restringidos de periodistas (en el edificio de la Bolsa, por ejemplo), afirmar muy tajante: “A mí no me busquen en la política”. ¿Es que ha cambiado de opinión? No. Lo más probable es que ni él mismo, hombre de ideas claras donde los haya, se viera durante años con posibilidades e incluso interés en desempeñar el papel para el que Mariano Rajoy acaba de invitarle.
Al margen de que pudo estar más interesado en explotar sus habilidades como financiero y empresario para hacerse una fortuna (no procede de una familia rica), estaba también la cuestión de que el puesto que él podía ocupar en los anteriores gobiernos de José María Aznar (1996-2004) estaba cogido y bien cogido por Rodrigo Rato, el más avezado de sus discípulos y con el que, pese a todo, tuvo alguna que otra diferencia (Ley de Cajas). Que, además, lo estaba haciendo bien.
Pero no nos engañemos, la casi prontitud con la que ha renunciado a una deslumbrante batería de cargos (inalcanzables para la mayoría de los ejecutivo más brillantes y que le supusieron en 2006 ingresos superiores a los tres millones de euros), entre ellos el consejo de Telefónica y la vicepresidencia de Bolsas y Mercados Españoles, parece demostrar que el aparente desinterés de Pizarro por la política era todo menos cierto.
El ex presidente de Endesa, que se ha revelado un lince para ganar dinero (con su empresa de Bolsa) y duplicar el valor de Endesa (de 19 a 40 euros) para sus accionistas durante el proceso de Opas sobre la eléctrica, es uno de los economistas con la cabeza mejor amueblada de nuestro país. Al contrario de sus colegas, que se limitan a repetir las últimas ideas económicas de moda, Pizarro pasa por ser todo un teórico, tanto que de él se dice que fue de hecho el hombre que les inculcó a Aznar y Rodrigo Rato las ventajas del pensamiento liberal, lo que puede parecer sencillo, pero no lo es.
Esas ideas liberales que los dos políticos del PP pusieron en práctica con tanta diligencia ni siquiera han sido acogidas en Europa (a excepción del Reino Unido) con el entusiasmo que lo fueron en España. Un hecho extraordinario si tenemos en cuenta que muy hábil tuvo que ser Pizarro en sus enseñanzas para convencer de su bondad a un entonces joven Aznar, que empezaba a hacer carrera en un partido como AP, en el que no abundaban los liberales económicos, sino más bien los partidarios del intervencionismo estatal y “social”, que era lo que estaba de moda entre los altos funcionarios y políticos ex franquistas que crearon el actual Partido Popular.
La historia de su influencia sobre Aznar no es muy conocida, porque ni a éste ni a Rato, posiblemente, les interesaba en exceso reverenciar más de la cuenta a Pizarro y sus enseñanzas (se trataba de poner en práctica políticas “liberales” más que de hacer ostentación de una doctrina que sigue demonizada) ni tampoco era cuestión de que el ahora ascendido a número dos del PP, modesto y discreto donde los haya, se dedicara a filtrar lo importante que había sido en la conformación y puesta en marcha de esas políticas en España.
Lo cierto es que esas políticas han acabado por convertirse en una “marca de España”. Nadie duda ahora mismo de que nuestro país es, junto con el Reino Unido, aquel en el que las ideas liberales están más asentadas. No sólo entre los empresarios, que muestran una propensión hacia ellas infinitamente superior a lo que encontramos en Francia, Italia e incluso Alemania, sino entre los propios socialistas, que comparten, como se ha visto, al menos en teoría, la necesidad de mantener políticas presupuestarias sanas y evitar un incremento excesivo de los impuestos y la presión fiscal.
Se sabe que desde hace algunos meses, los dirigentes del Partido Popular contaban con convencer a Pizarro (miembro de FAES, el think tank del partido) para que diera el salto a la política y se hiciera de una vez con la responsabilidad económica. Es posible que éste se resistiera pensando en la eventualidad de un retorno de Rato a la vida política tras su salida del FMI, una decisión que fue tremendamente acogida por los militantes.
La apuesta del ex ministro por la actividad empresarial (y la idea de rehacer una fortuna personal que se había visto mermada por la crisis de sus empresas familiares) y sobre todo su decisión de aceptar una oferta de Emilio Botín para trabajar en el Santander, fue interpretada, sin embargo, como la prueba del algodón de que éste renunciaba definitivamente a la vida pública. Camino abierto, pues, para Pizarro, que no tiene, como ha dicho ya, el menor inconveniente en ir de número dos del partido, algo a lo que Rato no estaba dispuesto, una vez que su target personal era ser el líder, y no un segundón.
Claro que no todo son ventajas. Pizaro, con ese marchamo liberal inasimilable por la mayor parte de la izquierda e incluso por sectores del centro y del propio PP –que identifican liberalismo económico con Thatcher, Reagan y Bush, insolidaridad, reducción del gasto social o competencia salvaje–, puede que aporte votos, pero puede también que los ahuyente en áreas del electorado que temen sus ideas como al mismísimo diablo. Por no decir que podría convertirse en un coco que lleve incluso a muchos votantes socialistas desalentados con Zapatero a acudir a las urnas. Sólo para que no gane.
Otra duda sin aclarar es si Rajoy y Pizarro serán capaces de conformar una réplica del dueto Aznar-Rato que resulte tan exitosa y armónica. Parece difícil, dado el relativo distanciamiento personal entre los dos políticos (su elección parece haber sido inspirada por el propio Aznar) y la posibilidad de que las propuestas económicas de Pizarro pudieran hacer chirriar incluso al propio Rajoy. Ya se sabe que incluso Aznar tuvo que desistir de su famoso “decretazo” mediante el que pretendía flexibilizar el mercado laboral en vista de la fuerte oposición popular que el paquete de medidas provocó.
Suponiéndoles a los dos hombres una alta capacidad de entendimiento mutuo, el que los dos sean capaces de perfilar una política aceptable para ambos se mantiene como un enigma. Cada uno tiene sus límites. Y los de Pizarro son conocidos. Ni va al Gobierno a hacer de florero ni parece dispuesto a enterrar sus convicciones para seguir siendo ministro, incluso vicepresidente. No parece decidido, de todos modos, que Pizarro vaya a ser el responsable directo de la política económica, entre otras razones por las incompatibilidades a las que estaría sometido por haber dejado Endesa no hace mucho. Como han puesto de relieve varios analistas, lo único que se sabe es que va a ir de número dos en la lista de Madrid. Estará en el Gobierno, sí, pero aún no se sabe en qué posición. Los últimos días hubo incluso rumores de que podría estar más interesado en la cartera de Justicia.
Pizarro, un liberal con formación jurídica, que ha insistido con frecuencia en que las ideas liberales no son sólo económicas, sino también políticas, y que ha acusado al actual Gobierno de persecución policial (por miembros del CNI y la Guardia Civil), ha dejado entrever la necesidad de mejorar el sistema del que dependen las libertades de los españoles. Incluidas las de los empresarios. Además, teniendo en cuenta que el PP ha logrado perfilar estos últimos años una política económica ya muy asentada, sobre la que hay amplio consenso en el partido, y a la que seguiría influyendo (desde los programas electorales y la mesa del consejo de ministros), hay quien considera que su gran tarea “histórica” sería poner al día un sistema judicial español que no ha cesado de deteriorarse.
Todo parece que empezó en serio una vez que Aznar llegó a la presidencia de Castilla y León y luego cuando éste llegó a presidente del PP. De Pizarro se sabe que participó en todo momento en los debates para configurar los programas económicos, así como en la elección de los presidentes de las empresas privatizadas o bajo control del Gobierno. A él se le atribuyen la promoción de Jaime Caruana al Banco de España, de Francisco González a la presidencia de Argentaria y después al BBVA o de César Alierta a Telefónica.
Aznar (que sigue cultivando la amistad de Pizarro, con el que cena a menudo) y Rato convirtieron en un hábito el mantener largas entrevistas con él, en las que éste les disipaba sus dudas. Cada vez que ambos se encontraban ante una encrucijada, sonaba su teléfono. “Manolo, qué había que hacer con respecto a este tema”.
(Extracto de la Revista Dinero perteneciente al mes de Febrero, más información en sus kioscos).
Manuel Pizarro con José María Aznar |
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