La agencia alimentaria de la ONU cree que los precios se mantendrán altos otros 10 años.
Isabel Rodríguez
La escalada de precios de los alimentos y la energía está formando una enorme ola de descontento social difícil de contener que está desestabilizando el Planeta y podría costar caro a más de un gobierno.
Desde Ciudad de México, en pie de guerra por el costo de las tortillas, a Bangladesh, convulsionado por el racionamiento de arroz, el malestar es patente. No llega a apagarse un fuego cuando surge otro. Algunos tan graves que han llegado a provocar víctimas mortales.
En Egipto, la crisis del pan ha provocado las mayores críticas contra el presidente Mubarak desde que asumió el poder en 1981 y ha causado 50 muertos en las colas de las panaderías subvencionadas, mientras que, en Haití, las manifestaciones contra el coste de la vida se saldaron con cinco muertos y decenas de heridos y con una petición del Senado para que el primer ministro, Jacques Edouard Alexis, renuncie al cargo. 
La última protesta, la de los taxistas de Camerún, en huelga por el precio de la gasolina, llegó pocos días después de las manifestaciones en Senegal por la subida del arroz, el pan y los detergentes y de las concentraciones de Burkina Faso por la pasividad del Gobierno para atajar aumentos que van del 16% al 40% en alimentos y combustible. Yemen, Congo o Túnez también están en grave riesgo de crisis políticas por el repunte de los precios.
Al otro lado del Atlántico, la huelga de 21 días de los productores agropecuarios en Argentina por la subida del impuesto a las exportaciones de soja agudizó la inflación para alarma de las asociaciones de consumidores, que durante el conflicto vieron cómo el precio del pollo se disparó en un 150% y la carne, un 60%.
En Asia, el precio del arroz, que se ha disparado un 70% en el último año, es una bomba de relojería que amenaza con desatar el caos social en países como Indonesia o Filipinas.
En realidad, nadie parece a salvo de los aumentos de precios. En septiembre, en Italia se vivió una singular protesta contra la inflación: una jornada de huelga de la pasta, el plato nacional, mientras que, en Francia, los típicos croissants están por las nubes, después de que la mantequilla aumentase entre 2006 y 2007 un 37% y los lácteos, el 21%.
A este desalentador panorama se suma el pesimismo de la FAO, la agencia alimentaria de la ONU, que considera que los precios se mantendrán altos al menos otros 10 años. Los expertos opinan que los gobiernos deberían intervenir para evitar un descontento tan generalizado, pero no es tan sencillo. Suspender las exportaciones para mantener bajos los precios nacionales, por ejemplo, puede afectar gravemente a los productores y reduce la respuesta en la oferta.Por otro lado, los controles de precios de un país pueden repercutir en otro.
Por ahora, cada país intenta sortear esta grave crisis como puede. En Chile, el Gobierno estudia entregar un bono para paliar los altos precios de los alimentos y de la luz y, en Perú, la Administración de Alan García prevé la entrega directa de víveres a los sectores más pobres. Egipto, por su parte, ha incluido a 10 millones de personas en su red de asistencia social y las cartillas de racionamiento volverán a verse en Pakistán.
La nueva cara del hambre
Hay comida, pero es muy caraSi los precios siguen tan elevados, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU será incapaz de continuar con su proyecto, que alimenta a 73 millones de personas en 81 países, según su directora, Josette Sheeran. En Bruselas, Sheeran alertó de la “nueva cara del hambre. Hay comida en los supermercados, pero la gente no puede comprarla. Hay vulnerabilidad en áreas urbanas que no habíamos visto antes y revueltas en países en los que jamás se habían producido”. La situación también lleva al Banco Mundial a asegurar que el mundo corre el riesgo de perder la guerra contra el hambre y la malnutrición fijada en los Objetivos del Milenio para 2015.
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