Zapatero, forzado a dar explicaciones en el Parlamento sobre la situación económica.
El goteo diario de malas noticias económicas ha hecho despertar a la oposición, una vez pasado su Rubicón de Valencia y decidida ya a hacerle ver a Zapatero que una cosa es predicar y otra dar trigo. Es decir, que no se puede presumir de talante y de diálogo social, y, luego, no hacer nada, esperando que el viento de la Historia, que ahora sopla en sentido contrario a los intereses del Gobierno socialista, arregle los desaguisados que padece el pueblo español. De ahí que los nuevos responsables del PP hayan forzado, con el respaldo de los demás grupos, y pese a la oposición del PSOE, la presencia de Zapatero en el Congreso para explicar, si es que lo sabe, lo que está pasando. El Gobierno quería que fuese Solbes, una vez más, el que diera los mantazos de rigor, como se diría en lenguaje taurino, para sacarse el problema de encima. Pero la oposición quiere que sea el propio presidente el que se someta al interrogatorio sobre lo que, en una competición semántica digna de la Real Academia, se llama de diferentes maneras, excepto crisis. Zapatero, al presentar el llamado Informe Económico del presidente del Gobierno, ha reconocido el deterioro de la situación económica en un corto periodo de tiempo y ha hablado de “fuerte ralentización, casi un frenazo”.
Si de su reciente reunión con los representantes de los trabajadores y empresarios salió un sorprendente compromiso de Zapatero de que no se tomará ninguna medida de orden laboral sin contar con unos y otros (lo que, en la práctica, equivale a renunciar a gobernar y recuerda aquella temeraria afirmación, en un mitin en Barcelona, de que aceptaría todo lo que saliese del Parlamento de Cataluña, cuyas consecuencias políticas aún no se han dilucidado), de esta comparecencia en el Consejo Económico y Social han salido unas recetillas, como acuñó LA GACETA, manifiestamente insuficientes, que no resisten la comparación con las que tomó el PP cuando en 1996, y en parecidas circunstancias críticas, accedió al poder. Rato se atrevió a congelar el sueldo de los funcionarios, pero ZP se ha limitado a hacerlo con los altos cargos. Los recortes no pueden compensar los derroches pasados. Se dice que las infraestructuras aumentarán en 2009 más que la media del gasto público, pero en mayo han caído un 70% y el superávit de en las cuentas de Estado está a punto de evaporarse. De ahí que la comparecencia del presidente concite mucho interés. A falta de medidas fiscales y laborales de calado, la reunión del Congreso parece tenerlo. La palabra crisis está al caer.
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