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La programación infantil está condenada a las parrillas de los operadores públicos y de pago.
La directiva liderada por la comisaria de la Sociedad de la Información, Viviane Reding. |
B. Aguirre
Bruselas. El largo parto que supuso la aprobación de la famosa Directiva Televisiones Sin Fronteras mereció la pena para las televisiones privadas, que no ocultaron su satisfacción por lo que les supone: aumentar de 3 a 4,8 horas al día el tiempo dedicado a la publicidad y las posibilidades que brinda el “emplazamiento de producto”. No obstante, como contrapartida, la renovada normativa europea incluye mecanismos para proteger a la infancia del incesante bombardeo publicitario. Así, sus programas sólo podrán “cortarse” una vez cada 30 minutos.
En el Reino Unido, el organismo regulador de Telecomunicaciones, Ofcom, ya ha sacado algunas conclusiones que pueden extrapolarse a nuestro país: los programas más protegidos y, por tanto, menos susceptibles de cortes publicitarios dejarán de tener interés para los operadores privados a la hora de “venderlos” a sus anunciantes. Así que, o bien caerá la calidad en la producción, o bien, directamente, dejarán de adquirirse.
La programación infantil nunca ha tenido mucha relevancia en las parrillas de las cadenas privadas, dado su modelo de negocio. Y las últimas en llegar, como La Sexta y Cuatro, se han centrado desde el primer momento en otro tipo de público. En cualquier caso, su horario tradicional han sido las franjas de las mañanas y de los fines de semana. Sin embargo, el aumento de la competencia por la aparición de nuevos canales y la ralentización de la inversión publicitaria por la crisis económica auguran poco futuro. O un futuro en otro sitio; en el mejor de los casos su hueco se desplazaría a las televisiones públicas y a las plataformas de pago, que fomentan las cadenas temáticas. En esta línea, TVE tiene la ventaja de contar con dos canales, ya que la emisión de eventos deportivos en las mañanas de los fines de semana deja a la Primera sin posibilidades.
Pero no se trata únicamente de contenidos infantiles, la directiva trata de proteger de la publicidad otro tipo de programas que sufrirán la misma suerte. El regulador británico señala que “muchas restricciones en determinado tipo de programas, como documentales con temática religiosa, por ejemplo, reflejan actitudes sociales de hace más de 60 años, pero la falta de rentabilidad desmotiva su compra".
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