Nuestros viejos desequilibrios han crecido y se ha añadido la destrucción de empleo.
Irresponsabilidad es a lo que, una vez más, ha jugado el Gobierno con esa distracción alimentada por su presidente sobre nuestra situación económica: que si desaceleración, que si dificultades, deterioro o crecimiento débil... todo para evitar la palabra crisis que, en el diccionario de la RAE y en términos técnicos, es la forma de describir los acontecimientos económicos a los que nos enfrentamos.
Eufemismos utilizados no sólo para distraer la atención, sino para ahondar en esa similitud, equiparación o paralelismos que el Gobierno establece en conceptos, ideas, valores y conocimientos, como si todos tuviesen el mismo valor, rango o veracidad, sólo dependiendo del cristal con que se analizan, producidos por un relativismo ignaro y liberticida. ¿A qué vino, si no, aquella afirmación entre risas de que lo de menos era el término o la calificación de la situación y que lo que importaba era resolverla? Pero, entonces, resolver ¿qué?
Inicialmente, tal actitud ha podido impedir que los agentes calibrasen en su justa medida el alcance de los problemas, en la confianza (basada en experiencias recientes como la de 2002) de que se disiparían en apenas unos meses (un año), torciendo sus respuestas y empeorando las consecuencias de la crisis. Para luego, una vez contrastada con la realidad, iniciar un deterioro en la credibilidad de las autoridades, una caída de la confianza de los ciudadanos y una distorsión profunda en la formación de sus expectativas. Hace meses, antes de los pésimos datos que van conociéndose al finalizar el segundo trimestre, que algunos analistas, a los que se han sumado otros, advierten de la posibilidad de llegar a crecimiento trimestral cero e incluso negativo en trimestres siguientes, con lo que rozaríamos la recesión técnica (dos trimestres con crecimiento negativo).
Nuestros viejos desequilibrios han crecido (déficit exterior del 11% del PIB y productividad muy baja, en posible recuperación por el desempleo) y se han añadido el hundimiento de la demanda, la destrucción de empleo, materialización de problemas financieros y de crédito (morosidad incluida) latentes, subidas de tipos y, sobre todo, lo que resulta revelador en medio de tal situación, una inflación que podría quedarse en torno al 5% hasta octubre. Tanto lo que se ha hecho (incluidas veleidades sobre nuestras instituciones, reguladores, estímulo a la inseguridad jurídica o deterioro del sistema educativo) como lo que no se ha hecho y debería, es responsabilidad del Gobierno en nuestra, todavía, crisis.
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