Un superagente de Hollywood se rinde: vende su empresa tras los papeles de Epstein
Durante dos décadas, la agencia Wasserman fue sinónimo de poder silencioso en Hollywood y en el deporte global. Hoy su fundador, el superagente Casey Wasserman, escribe a sus 4.000 empleados para anunciar que ha decidido vender la empresa porque se ha convertido en “una distracción” para el negocio.
El detonante: su aparición en los archivos del Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre las investigaciones al depredador sexual Jeffrey Epstein y a su socia Ghislaine Maxwell, que han revelado un viaje en el avión privado del financiero y una serie de correos sugerentes con Maxwell.
Wasserman insiste en que nunca tuvo relación personal ni profesional con Epstein y que su contacto se limitó a “un viaje humanitario a África y un puñado de emails” hace 23 años.
Pero la fuga de artistas, la irritación de sus inversores y las dudas sobre su continuidad al frente de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 han hecho el resto. La caída de uno de los hombres mejor conectados de la industria reabre una pregunta incómoda: hasta dónde alcanza, de verdad, la rendición de cuentas tras el escándalo Epstein.
Un magnate bajo presión tras los ‘Epstein files’
Hasta hace unas semanas, Wasserman era el ejemplo perfecto de poder discreto: heredero de la dinastía del legendario Lew Wasserman, fundador de una de las mayores agencias de talento del mundo y presidente del comité organizador de los Los Angeles 2028 Olympic Games. Cuando su nombre apareció en los documentos desclasificados del Departamento de Justicia, el escándalo dejó de ser abstracto para aterrizar en la cúspide de Hollywood.
En un memo interno filtrado a varios medios, el ejecutivo admite que se ha convertido en un problema para la empresa: “Me he convertido en una distracción para nuestros esfuerzos. Por eso he iniciado el proceso de vender la compañía”. No habla de cifras, pero el mercado estima que un grupo con miles de contratos en deporte, música y entretenimiento podría valorarse fácilmente en varios miles de millones de dólares.
El movimiento llega tras semanas de presión de sus propios representados y de llamadas públicas para que abandonara también la presidencia del comité olímpico. Que un hombre acostumbrado a mover hilos en la sombra admita que su nombre ya no es un activo sino un pasivo reputacional resume la magnitud del daño.
Un viaje a África, unos correos y 3 millones de folios
Wasserman sostiene que su contacto con Epstein y Maxwell fue limitado: un vuelo en 2002 en el avión del financiero rumbo a África como parte de una delegación vinculada a la Clinton Foundation, y unos correos electrónicos de tono personal con Maxwell fechados en 2003. Todo eso ocurrió, subraya, “años antes de que salieran a la luz sus crímenes”.
El problema no es solo la cronología, sino el contexto. Los llamados Epstein files suman más de 3 millones de páginas de documentos, registros de vuelo, correos y agendas que están reescribiendo, a brochazos, el mapa de relaciones de poder entre finanzas, política y entretenimiento en Estados Unidos. En ese océano de papeles han emergido mensajes entre Wasserman y Maxwell descritos como “coquetos” y “sugerentes” por varios medios, que chocan frontalmente con la imagen de ejecutivos impecables que la industria ha tratado de proyectar tras el #MeToo.
Wasserman insiste en que nunca tuvo una relación personal o de negocios con Epstein, y recalca que no está acusado de delito alguno. Pero en el ecosistema actual, la línea entre responsabilidad penal y responsabilidad reputacional es cada vez más estrecha. Y hoy es esa segunda la que le está costando la agencia.
Fuga de talento y nervios en el consejo de inversores
La primera señal de que el incendio iba en serio fue la fuga de clientes. La cantante Chappell Roan fue la primera en anunciar públicamente que rompía con la agencia; después se sumaron artistas como Orville Peck, Weyes Blood, Wednesday o Water From Your Eyes, mientras otras figuras, como Bethany Cosentino (Best Coast), exigían la salida inmediata del fundador. En paralelo, estrellas del deporte como la exfutbolista Abby Wambach también decidían marcharse.
La consecuencia es clara: una firma que presumía de representar a cientos de músicos, deportistas y creadores en más de 30 países se arriesgaba a perder en pocas semanas una parte sustancial de su cartera más visible. Aunque Wasserman ha intentado centrar el relato en su propia responsabilidad individual, fuentes internas citadas por la prensa estadounidense admiten que fueron los inversores quienes le empujaron a iniciar la venta ante el temor de una crisis de ingresos y de valoración si el goteo de salidas continuaba.
Mientras tanto, la dirección ejecutiva de la agencia se ha reorganizado sobre la marcha: el presidente Mike Watts asume la gestión diaria durante un proceso de venta que, según las fuentes consultadas, podría durar varios meses y atraer tanto a fondos de capital riesgo como a grandes conglomerados del entretenimiento.
El dilema olímpico: vender la agencia, conservar Los Ángeles 2028
Quizá el aspecto más delicado del caso no se juega en Hollywood, sino en el movimiento olímpico. Wasserman es, desde 2017, la cara visible del proyecto de Los Ángeles para albergar los Juegos de 2028. Tras la difusión de los correos con Maxwell, varias autoridades locales —concejales de la ciudad y responsables del condado de Los Ángeles— reclamaron abiertamente su dimisión como presidente del comité organizador.
Sin embargo, tras una revisión externa, la junta de LA28 decidió mantenerlo en el cargo alegando que su relación con Epstein y Maxwell “no iba más allá de lo ya documentado públicamente”. La solución de compromiso ha sido clara: Wasserman vende la agencia y se retira del negocio de la representación, pero conserva el timón de unos Juegos presupuestados en más de 6.800 millones de dólares y considerados pieza clave de la proyección global de la ciudad.
El contraste es evidente: lo que Hollywood ya no está dispuesto a tolerar en términos de imagen, el ecosistema olímpico aún lo considera compatible con el liderazgo de un proyecto que aspira a presentarse como ejemplo de diversidad y valores.
Hollywood tras #MeToo: tolerancia cero… pero selectiva
El caso Wasserman llega en un momento en el que la industria todavía digiere las consecuencias del #MeToo y del derrumbe de figuras como Harvey Weinstein. Desde entonces, estudios, plataformas y agencias han multiplicado códigos internos, comités de ética y protocolos de denuncia. Pero la oleada de salidas vinculadas a los Epstein files muestra que una parte de esa depuración no está siendo impulsada por estructuras formales, sino por la reacción de artistas y opinión pública.
Que una docena de músicos relativamente jóvenes rompan con una de las agencias más poderosas del mercado envía una señal clara a sus pares: la asociación, aunque sea lejana y antigua, con un entramado de abusos sexuales masivos puede convertirse en un lastre inasumible para carreras que se construyen en buena parte sobre la percepción de coherencia y compromiso.
Al mismo tiempo, la respuesta desigual de las instituciones —tolerante en el caso de Los Ángeles 2028, contundente en el mercado de fichajes de talento— sugiere que la tolerancia cero sigue siendo, en parte, selectiva. No todos los nombres pagan el mismo precio ni a la misma velocidad.
El riesgo reputacional como nuevo riesgo de negocio
Más allá del morbo mediático, el caso ilustra cómo el riesgo reputacional se ha convertido en un riesgo de negocio cuantificable, con impacto en flujos de caja, múltiplos de valoración y capacidad de atraer talento. Para una agencia que gestiona campañas, patrocinios y carreras, estar asociada a la sombra de Epstein —aunque sea por un viaje de 2002 y unos correos de 2003— supone un problema sistémico: cualquier marca con sensibilidad mínima al ESG y a la igualdad de género preferirá no acercarse.
Los números son elocuentes. En apenas cinco días desde que su nombre volvió a los titulares, Wasserman ha visto cómo se organizaba una especie de plebiscito silencioso sobre su liderazgo: artistas que se marchan, otros que amenazan con hacerlo si no hay cambios, políticos que exigen su cabeza, inversores nerviosos que descuentan descuentos en una futura venta.
El diagnóstico es inequívoco: en la economía de la atención, la frontera entre vida privada y responsabilidad corporativa se ha difuminado. Y la velocidad con la que se cruzan esas líneas deja poco margen para maniobras graduales.
La gran incógnita es doble: quién comprará la agencia y qué papel jugará Wasserman tras la venta. Lo más probable es que, al menos durante un tiempo, se vea relegado a un segundo plano público, concentrado en su papel olímpico y tratando de reconstruir una narrativa personal donde el episodio Epstein quede enmarcado como un error lejano que ya ha sido “pagado” con la pérdida de su empresa.
Para la industria, el desenlace marca un precedente: un ejecutivo que no está imputado, que no ha sido acusado de delito y cuyos contactos con un depredador sexual se remontan a hace más de dos décadas se ve obligado a vender por presión moral y comercial. Es una señal de hasta qué punto ha cambiado el nivel de tolerancia en los mercados de talento y de contenidos.
Queda por ver si este precedente se aplicará con la misma contundencia a otros nombres que aparezcan en futuras tandas de documentos, o si el caso Wasserman será, más bien, una excepción ejemplarizante centrada en una figura especialmente visible por su doble rol en Hollywood y en el olimpismo. De momento, el mensaje que reciben artistas, inversores y directivos es claro: los viejos silencios alrededor de Epstein empiezan, por fin, a tener coste económico real.