Air Force One regresa a base por fallo eléctrico menor
Un vuelo presidencial que debía ser rutinario terminó con un giro inesperado: Air Force One se vio obligado a regresar a la Base Conjunta Andrews menos de una hora después de despegar rumbo al Foro Económico Mundial de Davos. A bordo viajaba Donald Trump, presidente de Estados Unidos, cuando la tripulación detectó un «problema eléctrico menor» en el sistema de la aeronave y decidió dar la vuelta por pura precaución, según confirmaron fuentes de la Casa Blanca. El aparato aterrizó sin incidentes a las 23.07 hora local, tras experimentar un breve apagón de luces en la cabina de prensa que llevó a activar los protocolos de seguridad. No hubo heridos ni riesgo inmediato para los pasajeros, pero el episodio ha obligado a reorganizar sobre la marcha la logística presidencial: Trump reanudará su viaje hacia Suiza en otro avión de la Fuerza Aérea, mientras su delegación se dividirá en dos aeronaves más pequeñas.
Un giro de 180 grados sobre el Atlántico
El vuelo despegó de Joint Base Andrews, a las afueras de Washington, alrededor de las 22.20 horas. Su destino: el pequeño aeropuerto cercano a Davos, tras un trayecto de más de 6.000 kilómetros y cerca de ocho horas de vuelo sobre el Atlántico y el corazón de Europa. Apenas había alcanzado altura de crucero cuando los sensores detectaron una anomalía en el sistema eléctrico y la tripulación decidió ejecutar un giro de 180 grados y regresar a la capital.
Según las crónicas de los periodistas a bordo, las luces de la cabina de prensa se apagaron por unos instantes, lo suficiente para confirmar que algo no funcionaba como debía en un avión obligado a operar con redundancias extremas en todos sus sistemas. Minutos después, el comandante anunció el retorno a Andrews.
La escena ilustra hasta qué punto la cultura de seguridad que rodea al presidente de Estados Unidos no admite el más mínimo margen de duda. Cualquier incidencia —por insignificante que parezca en un vuelo comercial— activa protocolos estrictos: reevaluación completa de la aeronave, redistribución de la delegación y sustitución inmediata del aparato por otro disponible. En este caso, la consecuencia es clara: Trump llegará con retraso a Davos y su equipo ha tenido que fragmentar la comitiva en dos aviones más pequeños, lo que complica la coordinación de reuniones bilaterales y discursos milimétricamente programados.
Un símbolo incómodo para la Presidencia
Air Force One no es solo un avión. Es un símbolo flotante del poder estadounidense, diseñado para resistir desde tormentas eléctricas hasta ataques nucleares. Que esa imagen de invulnerabilidad se vea salpicada por un fallo eléctrico, aunque sea menor, resulta políticamente incómodo para una Casa Blanca que ha hecho de la fortaleza y la autosuficiencia su principal mensaje.
La paradoja es evidente: mientras Trump defiende en público que Estados Unidos debe proyectar fuerza en todos los frentes —del Indo-Pacífico al Ártico—, su principal herramienta de movilidad global exhibe las limitaciones de un material envejecido. Las actuales aeronaves presidenciales, dos Boeing 747 modificados, entraron en servicio a principios de los años noventa y llevan cerca de 35 años soportando giras internacionales, campañas electorales y crisis diplomáticas.
Lo más grave, desde la perspectiva institucional, es la acumulación de episodios recientes. En septiembre de 2025, Marine One, el helicóptero presidencial, tuvo que realizar un aterrizaje imprevisto en el Reino Unido por un problema hidráulico, también calificado entonces como “menor”. El discurso oficial insiste en que se trata de incidencias aisladas y de manual. Sin embargo, este hecho revela una realidad menos cómoda: la arquitectura de transporte presidencial opera al límite de su vida útil mientras las decisiones sobre su renovación se mezclan con intereses empresariales y cálculos políticos.
Años de retrasos y la tentación del ‘avión gratis’
La renovación de la flota presidencial debía llegar de la mano de dos nuevos Boeing 747-8, rebautizados como VC-25B, un programa multimillonario que arrastra años de sobrecostes y retrasos. Boeing, golpeada por crisis encadenadas en sus modelos comerciales y de defensa, no ha logrado entregar aún los aparatos que deberían sustituir a los actuales Air Force One. Cada aplazamiento obliga a exprimir más tiempo unos aviones que operan bajo exigencias extremas: blindaje, comunicaciones seguras, sistemas antimisil y capacidad para convertirse en centro de mando en plena guerra.
En ese contexto irrumpe otro elemento polémico: el jumbo jet valorado en unos 400 millones de dólares que el emirato de Catar ha puesto a disposición de Trump, y que la Casa Blanca presenta como una futura pieza para la biblioteca presidencial. El regalo ha suscitado críticas en Washington y entre los aliados, que ven en la operación un potencial conflicto de intereses y un gesto de dependencia simbólica de una monarquía del Golfo.
La broma de la portavoz, que llegó a sugerir que el avión catarí “sonaba mejor” justo después del fallo en Air Force One, tiene un trasfondo incómodo. Si el aparato que encarna la autonomía estratégica de Estados Unidos empieza a compararse, siquiera en clave de humor, con un regalo de un socio con intereses propios, el daño reputacional es evidente. La consecuencia es clara: más presión sobre Boeing, más escrutinio del Congreso y más dudas en los aliados sobre la capacidad de Washington para ordenar su propia casa mientras exige fiabilidad al resto.
Davos, rehén de la crisis por Groenlandia
El incidente aéreo se produce en el peor momento posible para la diplomacia estadounidense. El Foro de Davos, que se celebra entre el 19 y el 23 de enero con más de 3.000 participantes de más de 130 países, debía ser el escenario donde Trump afianzara su narrativa sobre crecimiento, seguridad energética y defensa del mundo “libre”. Sin embargo, la agenda ha sido colonizada por su ofensiva sobre Groenlandia.
Desde su reelección, el presidente ha convertido la isla ártica en prioridad estratégica, pasando de las declaraciones provocadoras a una política activa de presión sobre Dinamarca y las autoridades groenlandesas, con amenazas de medidas económicas y veladas referencias al uso de la fuerza. En Davos, se espera que redoble ese mensaje ante una audiencia que ve el movimiento como un desafío directo al orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras la UE intenta proyectar estabilidad y hablar de transición verde y regulación de la inteligencia artificial, la delegación estadounidense llega precedida por un debate sobre anexiones, corredores militares en el Ártico y resistencias europeas. La avería de Air Force One no altera el fondo de esa discusión, pero sí introduce una metáfora que muchos no pasarán por alto: el presidente que quiere redibujar mapas geopolíticos viaja en un avión que empieza a acusar el paso del tiempo.
Protocolos de seguridad: cómo se mueve un presidente en el aire
Los defensores de la gestión de la Casa Blanca insisten en que la reacción fue impecable. Y tienen un argumento sólido: en el transporte presidencial la prioridad absoluta es la seguridad, incluso a costa de la imagen o de la agenda. Cualquier incidencia técnica justifica abortar la misión, regresar a base, cambiar de aeronave y fraccionar la delegación, por costoso e impopular que parezca.
El procedimiento aplicado esta vez no difiere del que se habría ejecutado bajo otros presidentes. El avión retorna, se inspecciona línea por línea el sistema afectado —en este caso, el cableado eléctrico— y se decide si la aeronave sigue operativa o pasa a mantenimiento prolongado. El presidente, mientras tanto, se traslada a un aparato de reserva, normalmente un C-32, la versión militar del Boeing 757 que suele emplearse para viajes domésticos o trayectos de menor alcance.
La decisión de dividir a la delegación en dos aviones responde también a criterios de continuidad de Gobierno: se evita que una única incidencia deje inoperativos al mismo tiempo a los principales miembros del gabinete y del Consejo de Seguridad Nacional. Este hecho revela hasta qué punto la logística aérea de la primera potencia mundial es, a la vez, robusta y vulnerable: robusta por la existencia de múltiples capas de respaldo; vulnerable porque cualquier fallo menor se convierte de inmediato en un problema de seguridad nacional y de imagen internacional.