Un apagón masivo en Nuuk pone a prueba la crisis de Groenlandia
La capital de Groenlandia, Nuuk, quedó completamente a oscuras en la noche del sábado después de un fallo en la principal línea de transmisión eléctrica, provocado por fuertes vientos en la zona del embalse hidroeléctrico que alimenta la ciudad. El corte afectó simultáneamente a toda la urbe, dejó sin luz y calor a sus 20.000 habitantes y redujo drásticamente la conectividad a internet en el territorio. La empresa estatal Nukissiorfiit, responsable del suministro eléctrico y de agua, logró restablecer alrededor del 75% del servicio durante la madrugada gracias a grupos de emergencia, pero buena parte de la ciudad siguió operando en modo contingencia.
Una ciudad estratégica a oscuras
El apagón comenzó en torno a las 22.30 horas del sábado, cuando la capital, alimentada principalmente por una central hidroeléctrica situada a decenas de kilómetros, se quedó de golpe sin suministro. Los testimonios coinciden: las luces se apagaron de forma simultánea en todos los barrios, desde la zona portuaria hasta los bloques residenciales, mientras la temperatura caía por debajo de cero en pleno invierno ártico.
En las primeras tres horas, el restablecimiento fue parcial y desigual: algunos distritos recuperaron la energía de forma intermitente, mientras otros continuaron completamente a oscuras, dependiendo de generadores privados o de las reservas de combustible de emergencia. Bares y restaurantes improvisaron velas, hoteles reubicaron a los huéspedes en las pocas plantas con energía y los hospitales activaron de inmediato sus protocolos de contingencia.
Nuuk no es una capital cualquiera. Es el principal núcleo urbano de Groenlandia, concentra una parte sustancial de la administración autonómica y alberga buena parte de las instalaciones clave de comunicación y transporte del país. Un apagón de estas características equivale, en la práctica, a dejar sin funcionar durante horas el corazón político y logístico de un territorio del tamaño de Europa Occidental.
Este hecho revela no solo la vulnerabilidad de la ciudad ante fenómenos meteorológicos extremos, sino también la ausencia de redundancias robustas en una infraestructura que sostiene tanto la vida cotidiana como la respuesta ante escenarios de crisis más graves.
La versión oficial: accidente y vientos extremos
Nukissiorfiit calificó el suceso de «accidente» y precisó posteriormente que el origen del corte estuvo en un fallo de transmisión causado por los fuertes vientos en la zona de Buksefjorden, donde se encuentra la principal central hidroeléctrica que abastece Nuuk. La compañía explicó que el problema no se localizó en el cruce de fiordo —una de las secciones más complejas de la línea—, sino en otro punto del trazado, y aseguró estar trabajando para alimentar la ciudad a través de una planta de emergencia.
La comunicación con la ciudadanía se realizó fundamentalmente a través de Facebook, tanto por parte de la empresa como de la policía, en un contexto en el que la propia conectividad digital estaba gravemente degradada. El observatorio NetBlocks detectó una caída significativa del tráfico de internet en todo el territorio, con «alto impacto en la capital», lo que añade una capa adicional de vulnerabilidad en un momento de especial tensión geopolítica.
La narrativa oficial apunta, por tanto, a una combinación de clima extremo y azar técnico, sin rastro aparente de sabotaje. Sin embargo, lo más relevante no es tanto la causa inmediata como el contexto: se trata de la enésima señal de alarma sobre un sistema eléctrico que ya había sufrido apagones prolongados en el pasado reciente y cuyo operador reconoce un déficit crónico de inversión en mantenimiento y modernización.
Una red eléctrica aislada y envejecida
Groenlandia carece de una red eléctrica nacional integrada: cada ciudad y pueblo funciona prácticamente como una isla energética, con sistemas de generación y distribución propios, salvo contadas excepciones. Esto implica que un fallo en la principal línea que conecta Nuuk con su embalse hidroeléctrico no puede compensarse con importaciones desde otras regiones, como ocurriría en la Europa continental.
Nukissiorfiit, empresa pública con unos 400 empleados repartidos entre 17 ciudades y 54 aldeas, reconoce que alrededor del 70% de la electricidad del país procede de fuentes renovables, principalmente hidráulicas, mientras que el resto depende de plantas diésel. Esa apuesta por lo verde convive, sin embargo, con infraestructuras envejecidas y una orografía extrema que encarece cualquier proyecto de refuerzo.
Un análisis reciente señalaba que la compañía solo llegó a invertir el 19% de lo que consideraba necesario para mantener en buen estado sus instalaciones en un año tipo, y que serían precisos al menos 200 millones de coronas danesas (unos 27 millones de euros) para «poner al día» la generación y la transmisión. Un estudio interno elevaba la cifra de mejoras requeridas a 370 millones de coronas en 746 instalaciones distribuidas por todo el territorio.
La consecuencia es clara: la combinación de meteorología extrema, líneas largas y expuestas y un historial de inversión insuficiente convierte cualquier episodio de vientos fuertes en un riesgo sistémico para la continuidad del suministro. Y cuando la capital se apaga, el problema deja de ser local para adquirir una dimensión geopolítica.
Apagón en plena crisis con Estados Unidos
El apagón de Nuuk no se puede desligar del momento político en que se produce. Desde 2025, la llamada «crisis de Groenlandia» enfrenta a Estados Unidos, bajo la segunda presidencia de Donald Trump, con Dinamarca y la Unión Europea por las repetidas amenazas estadounidenses de anexionar la isla, incluso con el uso de la fuerza y la imposición de aranceles del 25% a los productos europeos si Copenhague no cede el control del territorio.
En las últimas semanas, Washington ha alternado mensajes de máxima presión con gestos de aparente distensión. En Davos, Trump aseguró que no recurriría a la fuerza para tomar Groenlandia y anunció un supuesto «marco de acuerdo» con la OTAN y Dinamarca que le daría a Estados Unidos acceso estratégico al territorio sin un traspaso formal de soberanía.
Mientras tanto, Dinamarca ha liderado la operación militar Arctic Endurance, desplegando más de 200 soldados adicionales y personal de varios países europeos en la isla para dejar claro que cualquier intento de anexión «tendrá respuesta». Las protestas «Hands off Greenland» del 17 de enero movilizaron a unas 4.000 personas en Nuuk, aproximadamente el 25% de la población, en la mayor manifestación de la historia de la ciudad.
En este contexto, un fallo eléctrico que deja a oscuras la capital no es solo un problema técnico: se convierte en un recordatorio palpable de que la defensa de un territorio estratégico se apoya sobre una infraestructura mucho menos robusta de lo que su retórica geopolítica sugiere.
Manual de crisis: de las tormentas al miedo a la invasión
El apagón llega apenas días después de que el Gobierno groenlandés publicara un folleto de preparación para crisis de 11 páginas, en el que insta a los ciudadanos a ser autosuficientes durante al menos cinco días en caso de emergencias. El documento recomienda almacenar alimentos no perecederos, medicación básica y alrededor de tres litros de agua por persona y día, además de revisar armas de caza, munición y equipo de pesca, reflejo de la fuerte cultura de subsistencia del país.
La guía no menciona ni a Trump ni a Estados Unidos, y habla de riesgos como tsunamis, ciberataques o «conflictos internacionales y tensiones geopolíticas» que puedan afectar al suministro. Sin embargo, su publicación coincidió con el punto álgido del pulso entre Washington y Europa y con el despliegue militar en la isla, lo que disparó las interpretaciones sobre un posible escenario de confrontación.
El propio primer ministro Jens-Frederik Nielsen ha ido más lejos en sus declaraciones públicas, al pedir a los ciudadanos que se preparen para la «posibilidad de una invasión», aunque subrayando que considera poco probable un conflicto abierto. «No esperamos una guerra, pero no podemos descartarla. Debemos estar listos para todos los escenarios», afirmó recientemente.
Paradójicamente, el primer gran test de ese nuevo marco de preparación no ha sido una agresión exterior, sino un apagón provocado por el viento. Y la respuesta ciudadana —entre la calma resignada y la improvisación— revela tanto la resiliencia de una sociedad acostumbrada a la dureza del clima como los límites de un sistema que todavía confía demasiado en la buena suerte.
Impacto inmediato en negocios y comunicaciones
Desde el punto de vista económico, el apagón ha funcionado como un simulacro real de lo que supondría una interrupción prolongada del suministro en la capital. Las pequeñas empresas de hostelería y comercio minorista fueron las primeras en notar el golpe: pérdida de género refrigerado, cancelación de reservas, imposibilidad de procesar pagos electrónicos y cierre anticipado de locales.
El turismo invernal —incluidas las populares excursiones para ver auroras boreales— también se vio afectado, con visitantes atrapados en hoteles que operaban con capacidad limitada o sin calefacción en algunas plantas. En un territorio donde el sector servicios ha ganado peso en los últimos años, estos episodios introducen un nuevo factor de riesgo operativo que los inversores no pueden ignorar.
Aún más preocupante fue el impacto sobre las telecomunicaciones. La caída de la conectividad registrada por organismos independientes dejó temporalmente a Nuuk y a otras partes de Groenlandia parcialmente desconectadas del exterior. En un momento en que los gobiernos occidentales alertan del peligro de ciberataques contra infraestructuras críticas, la imagen de un territorio estratégico que pierde luz e internet por un simple temporal alimenta dudas sobre su capacidad de resistir escenarios más sofisticados.
La consecuencia es inequívoca: cada apagón no solo tiene un coste directo para familias y empresas, sino que erosiona la credibilidad de Groenlandia como espacio seguro para inversiones a largo plazo en minería, energía o logística ártica.
El contraste con otros enclaves árticos
La fragilidad energética de Nuuk contrasta con la situación de otras ciudades estratégicas del Ártico, como Tromsø o Reikiavik, integradas en redes eléctricas nacionales y europeas que permiten redirigir flujos de energía en caso de emergencia. Aunque también sufren temporales extremos, su grado de redundancia es muy superior al de Groenlandia.
Los expertos llevan años alertando de que la transición hacia una matriz renovable en la isla —donde más del 70% de la electricidad ya procede de fuentes limpias— no ha ido acompañada de la inversión necesaria en mantenimiento y refuerzo de las redes. El resultado es una paradoja: un territorio clave para la narrativa verde y de seguridad occidental, pero con cables «al límite» de su vida útil y generadores de respaldo que, en ocasiones, no se han utilizado en décadas.
Mientras tanto, Estados Unidos plantea grandes proyectos de defensa antimisiles y expansión militar en la zona, y la Unión Europea promete inyecciones de capital para reforzar la soberanía y la resiliencia de Groenlandia. Sin embargo, el contraste entre las grandes cifras anunciadas y las necesidades muy concretas de la red —cables, subestaciones, generadores, sistemas de control— sigue siendo demoledor.
En términos comparativos, un solo gran programa de defensa o un año de aranceles evitados superan de largo los centenares de millones de coronas que Nukissiorfiit estima necesarios para modernizar el sistema. La pregunta es por qué, pese a la avalancha de retórica estratégica, esas inversiones básicas aún no se han concretado.
Qué puede pasar ahora
Tras restablecer la mayor parte del suministro, Nukissiorfiit ha prometido una investigación exhaustiva sobre las causas del fallo y ha adelantado que revisará de manera prioritaria los tramos de línea más expuestos a vientos extremos. No obstante, el precedente de cortes prolongados anteriores y los reconocidos déficits de mantenimiento sugieren que la solución exigirá algo más que reparaciones puntuales.
En el plano político, el apagón refuerza los argumentos de quienes reclaman un plan urgente de inversiones en infraestructuras críticas coordinado entre Groenlandia, Dinamarca, la UE y los aliados de la OTAN, especialmente ahora que el territorio se ha convertido en epicentro de un pulso geopolítico global. Sin redes eléctricas y de comunicaciones robustas, cualquier acuerdo sobre bases militares, defensa antimisiles o corredores logísticos se construye sobre arena.
Para la población de Nuuk, el episodio puede acelerar cambios más discretos pero significativos: mayor adquisición de generadores privados, reforzamiento de las redes comunitarias de apoyo y, sobre todo, una interiorización aún más profunda de la cultura de autoabastecimiento que caracteriza a muchas comunidades groenlandesas.
El diagnóstico es claro: el apagón de este fin de semana no ha sido solo un fallo técnico en una remota capital ártica, sino una advertencia en tiempo real sobre la distancia que separa la retórica estratégica de la inversión material. Si no se cierra pronto esa brecha, el próximo corte de luz puede encontrar a Groenlandia —y a sus aliados— menos preparados de lo que proclaman.