Bad Bunny toma el relevo de Jackson en el mayor escaparate del mundo
Treinta y tres años separan la imagen de Michael Jackson quieto, sin moverse durante casi dos minutos ante más de 130 millones de espectadores, y la de Bad Bunny corriendo por una casita caribeña rodeado de cañas de azúcar, puestos callejeros y banderas de todo el continente.
En 1993, el rey del pop convirtió el descanso de la final de la NFL en liturgia global y en producto televisivo de primer orden.
En 2026, un puertorriqueño que canta casi exclusivamente en español ha usado esos mismos 13 minutos para firmar un manifiesto sobre pobreza, machismo, colonialismo y orgullo latino. Lo más llamativo no es solo el contraste estético, sino el desplazamiento del centro de gravedad cultural: del “We Are the World” de Jackson al “nos quedamos aquí” de Bad Bunny.
Del silencio de Jackson a la saturación de símbolos
En 1993, el gran truco de Jackson fue la ausencia de trucos: aparecer, permanecer inmóvil durante casi 120 segundos y dejar que el estadio rugiera antes de arrancar con “Jam”, “Billie Jean” y “Black or White”. Esa pausa, que hoy sería impensable en una televisión adicta al scroll permanente, redefinió el espectáculo. Por primera vez, la audiencia del descanso superó a la del propio partido, con cifras cercanas a los 133 millones de espectadores solo en Estados Unidos, y la NFL entendió que el medio tiempo podía ser más rentable que cualquier anuncio.
Bad Bunny escoge el camino opuesto. Donde Jackson optó por el gesto mínimo, el puertorriqueño construye una narrativa casi cinematográfica: cañaverales, caseríos, puestos de cocos, un ring de boxeo, una boda improvisada, una casa de madera que se llena de celebridades, postes de luz que estallan, un apagón y, al final, un mar de banderas americanas ondeando. Nada es casual. Cada elemento es una pieza de un relato sobre explotación, resiliencia y pertenencia.
Ambos espectáculos comparten, sin embargo, una ambición común: usar el escaparate más caro de la televisión mundial para hablar de algo más que entretenimiento. Jackson eligió la infancia y la paz; Bad Bunny pone el foco en la desigualdad, la identidad y la resistencia de los pueblos latinoamericanos.
Un manifiesto latino en horario estelar
La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl LX tiene una dimensión histórica evidente: un artista urbano, nacido en Puerto Rico, cantando casi todo el show en español ante más de 130 millones de personas a nivel global. No es solo un logro individual; es la confirmación de que el mercado latino ha dejado de ser “nicho” para convertirse en uno de los pilares de la industria musical y, por extensión, del negocio deportivo.
El show arranca entre cañas de azúcar y trabajadores rurales con sombrero de paja, una alusión directa a la historia de plantación de la isla y a la explotación de su mano de obra bajo control colonial. Estados Unidos devaluó la moneda puertorriqueña, concentró tierras en manos de grandes ingenios azucareros y dejó tras de sí una pobreza estructural que todavía hoy se traduce en barrios sin infraestructuras básicas.
Esa imagen se encadena con un recorrido por puestos callejeros de comida, manicura y cocos que remite a la economía informal de los caseríos de toda Latinoamérica, donde abrir un carrito de tacos o un pequeño negocio es muchas veces la única vía para salir adelante. Entre esos puestos suena “Tití Me Preguntó”, conversación íntima sobre amor y compromiso que termina con un detalle clave: el anillo que él rechaza se convierte en compromiso real para una pareja anónima del barrio. El amor y la estabilidad, parece decir, no son privilegio de unos pocos, sino derechos que deberían estar al alcance de cualquier pareja de clase trabajadora.
Caña de azúcar, ron y gentrificación: la otra escenografía
Nada en la puesta en escena es inocente. La caña de azúcar remite a un siglo de monocultivo impuesto, a la sustitución de economías diversificadas por plantaciones controladas por capital externo y a un modelo que generó beneficios extraordinarios para unos pocos y salarios de subsistencia para la mayoría. El ron, producto estrella de esa caña, completa el círculo: riqueza para exportar, alcohol barato para anestesiar al que se queda abajo.
Cuando suena “Café con…”, con esa mezcla de café y ron como “inyección” para aguantar el día, el mensaje se afila: necesitamos energía extra para soportar apagones, pobreza y gentrificación. No es solo una canción de fiesta; es un himno de unión que habla de negarse a ser removidos de la isla, de resistir a base de comunidad, lengua y cultura.
La casita reconstruida en el escenario es, a la vez, homenaje y advertencia. Homenaje a la casa caribeña donde caben la familia extendida, la música y las fiestas que se alargan hasta las cuatro de la mañana; advertencia porque esas mismas casas están hoy amenazadas por la especulación inmobiliaria y el turismo masivo. La aparición de una boda popular, el momento de salsa remezclando un éxito anglosajón y la presencia de una estrella global como Lady Gaga bailando al ritmo de orquesta latina envían un mensaje claro: esta vez no somos nosotros quienes nos adaptamos a la cultura blanca, es la cultura blanca la que entra en nuestra casa y aprende a bailar al compás latino.
El “yo perreo sola”
Uno de los momentos más potentes, especialmente para las audiencias latinoamericanas, llega con “Yo Perreo Sola”. La canción, convertida en himno feminista desde su lanzamiento, se inserta aquí en un contexto de machismo estructural y feminicidio alarmante en la región. “Si ella no quiere bailar contigo, respétalo, ella perrea sola” se transforma en lema explícito contra el acoso en discotecas y fiestas.
La puesta en escena evita el cliché del reguetón hecho para la mirada masculina y sitúa a las mujeres en el centro: bailan entre amigas, ocupan el espacio, marcan su propio ritmo. En paralelo, la referencia al asesinato de Alexa, a las mujeres trans y a las víctimas invisibles de la violencia machista flota sobre el estadio sin necesidad de ser nombrada. La consecuencia es clara: el show del descanso, tradicionalmente un territorio de sexualización complaciente, se convierte en un espacio de reivindicación de la autonomía femenina.
Bad Bunny lleva años confrontando el machismo desde sus vídeos, su estética y sus letras, pero hacerlo en el escenario más visto del planeta, ante familias de todos los estados de la Unión, amplifica el gesto. Frente a una parte del conservadurismo que protesta cada vez que escucha español en horario estelar, el puertorriqueño responde con algo muy sencillo: más español, más cuerpos libres, más mujeres al mando de la pista.
Apagones, Luma y la colonia que no se resigna
El clímax político llega con “El Apagón”. Los postes de luz comienzan a chispear, la escenografía simula un corte de electricidad y el estadio se sumerge en una penumbra calculada. Es una referencia directa a la crisis energética de Puerto Rico: una red privatizada, gestionada por empresas que han cobrado cientos de millones de dólares en contratos, mientras miles de familias siguen sufriendo apagones recurrentes cada vez que pasa un huracán.
La letra lo resume con brutal claridad: “aquí lo que hay es un apagón”, pero el verdadero corte no es de luz, sino de derechos. Al señalar también a la gentrificación —inversores extranjeros que compran tierras, desplazan a vecinos y convierten barrios populares en parques temáticos—, Bad Bunny enlaza infraestructura, pobreza y despojo de una forma que rara vez se ve en un espectáculo de este alcance.
En 1993, Jackson cerró su actuación con “Heal the World” y un enorme globo terráqueo invitando a la fraternidad global. Bad Bunny toma esa pulsión universalista y la aterriza en un conflicto muy concreto: un territorio que sigue sin plena representación política, con deuda impagable, red eléctrica frágil y una población empujada a la emigración. No pide caridad; exige responsabilidad y respeto.
Banderas de toda América y un nuevo patriotismo
Hacia el final del show, las banderas de casi todos los países del continente —México, Brasil, Perú, Argentina, Chile, Puerto Rico, pero también Estados Unidos y Canadá— llenan el escenario. Bad Bunny menciona uno por uno los nombres, reivindicando a los latinos de las diásporas, pero también a quienes decidieron “quedarse” en sus lugares de origen para seguir peleando.
En la pantalla aparece el mensaje “el amor es más fuerte que el odio” y la frase que ha quedado resonando en miles de hogares: “nos quedamos aquí”. Es una declaración de resistencia múltiple: de quienes no emigran, de movimientos sociales reprimidos pero persistentes, de pueblos indígenas que sobrevivieron a genocidios y siguen presentes en la cultura latina. El guiño a los taínos, reforzado por los tambores finales —raíces de la plena que nació en las plantaciones— conecta el espectáculo con una memoria afroindígena que rara vez asoma en los grandes eventos del mainstream.
En términos políticos, el gesto resulta demoledor para cierta narrativa nativista: el sueño americano también se escribe en español y se sostiene sobre generaciones de trabajadores migrantes y descendientes de esclavos que han construido, literalmente, buena parte de la infraestructura económica y cultural del país.
1993: cuando Jackson convirtió el descanso en religión pop
Volver a 1993 permite medir la distancia recorrida. A Jackson le bastaron un escenario relativamente sobrio, un coro de miles de niños y un montaje con imágenes de sus acciones humanitarias para transformar un intermedio deportivo en misa pop televisada. Las cadenas, que venían de perder audiencia frente a un programa humorístico el año anterior, descubrieron que un artista global podía no solo retener al público, sino ampliarlo.
Desde entonces, el medio tiempo se ha convertido en un activo estratégico para la NFL y sus patrocinadores: una vitrina de 12 a 13 minutos en la que el artista principal no cobra caché directo, pero obtiene una exposición valorada en decenas de millones de dólares. Las marcas pagan cifras récord por anuncios de 30 segundos, mientras el músico convierte cada plano en un anuncio de sí mismo.
Lo que Bad Bunny hace tres décadas después es tomar esa lógica de megaproducto global y tensarla hasta el límite: si el espectáculo es inevitable, que sirva al menos para hablar de desigualdad, colonialismo y dignidad. Donde Jackson pedía “sanar el mundo” desde un humanitarismo amplio, el puertorriqueño pregunta quién ha enfermado ese mundo y quién está pagando la factura.
Lo que une a Jackson y Bad Bunny: el niño en primera fila
Hay, sin embargo, un hilo emocional que conecta ambas actuaciones: el niño anónimo que mira desde el salón de su casa. En 1993, muchos chavales vieron a Jackson desafiar la gravedad con su baile y pensaron que la música podía ser un pasaporte de salida. En 2026, Bad Bunny recrea una familia latina mirando la televisión mientras él gana el Grammy al Álbum del Año y, en el escenario del medio tiempo, entrega simbólicamente el trofeo a un niño que lo observa fascinado.
Ese niño, que quizá vive en un barrio sin papeles de propiedad, que sufre cortes de luz y que escucha “no hables español en clase para que no se rían de ti”, recibe un mensaje directo: sí puedes estar aquí, sí puedes hablar como hablas en casa, sí puedes soñar alto. Cuando el artista remata con el “nos quedamos aquí”, la frase deja de ser solo una consigna política para convertirse en promesa vital: no se trata únicamente de escapar, sino de transformar el lugar desde donde se habla.
En 1993, Jackson demostró que el medio tiempo podía ser algo más que entretenimiento. En 2026, un puertorriqueño con acento de barrio y letras sobre apagones, caseríos y gentrificación ha demostrado que también puede ser un editorial político en clave de fiesta. Entre uno y otro hay tres décadas de cambios tecnológicos, económicos y culturales, pero la pregunta que lanzan es la misma: qué tipo de país —y de continente— queremos ser cuando se apagan los focos del estadio.