Aldeas Infantiles SOS

Cuatro años de guerra en Ucrania: la infancia al límite

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Casi dos millones de niños necesitan ayuda urgente y el 70% no tiene acceso garantizado a servicios básicos

Cuatro años después del estallido de la guerra en Ucrania, la infancia sigue atrapada en un conflicto que ha dejado cicatrices profundas, visibles e invisibles. Casi dos millones de niños y niñas requieren ayuda humanitaria urgente y el 70% no tiene garantizado el acceso regular a servicios básicos como educación, salud, energía o protección. La organización Aldeas Infantiles SOS, presente dentro del país y en la región, advierte de que el desgaste emocional, el desplazamiento forzoso y la interrupción educativa amenazan el desarrollo de toda una generación. Desde febrero de 2022, la entidad ha apoyado ya a más de 600.000 personas dentro de Ucrania y a cerca de 9.000 refugiados en distintos países europeos. La consecuencia es clara: lo que empezó como una emergencia se ha convertido en una crisis prolongada que redefine la infancia ucraniana y exige respuestas sostenidas en el tiempo.

Una infancia entre sirenas, miedo y desarraigo

Los niños y niñas de Ucrania están creciendo con el sonido de las sirenas antiaéreas como banda sonora cotidiana. Los desplazamientos forzosos, las separaciones familiares y la incertidumbre permanente han sustituido a las rutinas habituales de escuela, juego y vida comunitaria. Para muchos menores, toda su memoria de infancia está ya ligada al conflicto.

Serhii Lukashov, director nacional de Aldeas Infantiles SOS en Ucrania, resume así la situación: “El impacto es inmediato y también a largo plazo. Están siendo excluidos, en la práctica, de experiencias normales de la infancia y de una participación plena en la educación y en la vida social”. Este diagnóstico revela una realidad incómoda: el daño no se limita a los ataques o a la destrucción material, sino que se extiende a la pérdida de vínculos, de hábitos y de referentes estables.

Años de estrés continuado, cambios de ciudad o de país, y la exposición prolongada a la violencia generan un caldo de cultivo para problemas de salud mental que pueden acompañar a estos niños durante décadas. Lo más grave es que muchos de ellos apenas han conocido otro contexto que no sea el de la guerra, lo que dificulta aún más imaginar y construir un futuro distinto.

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El invierno y los ataques a infraestructuras agravan la emergencia

Las condiciones invernales añaden una capa extra de vulnerabilidad. Los ataques reiterados contra infraestructuras energéticas han dejado a numerosas familias sin luz ni calefacción durante periodos prolongados, obligándolas a reorganizar su vida alrededor de cortes de electricidad y temperaturas extremas. En este contexto, el hogar deja de ser un refugio seguro para convertirse en un espacio frágil y sometido a constantes interrupciones.

Estas carencias energéticas se suman al acceso irregular a la educación y a otros servicios esenciales. Las clases se ven suspendidas o trasladadas a refugios, los horarios se adaptan a las alertas aéreas y muchos niños han pasado meses conectándose a la escuela de forma precaria, cuando la conexión a internet y la electricidad lo permiten. La continuidad educativa, clave para la estabilidad emocional y el desarrollo, se ve así permanentemente amenazada.

“Emocionalmente, los niños están exhaustos. Muchos han crecido en un contexto de incertidumbre y miedo continuos”, subraya Lukashov. La fatiga emocional, la ansiedad y el miedo anticipatorio se han convertido en parte de la vida diaria. Este hecho revela que la guerra no solo destruye infraestructuras, sino también la percepción de seguridad básica que debería acompañar a cualquier infancia.

Cuatro años de cifras devastadoras para niños y familias

Detrás de cada dato hay historias truncadas. Desde febrero de 2022, más de 700 niños y niñas han perdido la vida en Ucrania. Casi dos millones necesitan ayuda humanitaria urgente y siete de cada diez no tienen garantizado el acceso regular a bienes y servicios básicos, desde alimentación suficiente hasta atención sanitaria o educación estable.

El desplazamiento masivo es otro de los rasgos definitorios de esta crisis. Más de 3,7 millones de personas continúan desplazadas dentro del país, viviendo en alojamientos temporales, casas de familiares o instalaciones colectivas. A ello se suman 6,9 millones de personas refugiadas en otros países, en su mayoría mujeres con niños, niñas y adolescentes a su cargo. Esta fragmentación familiar y territorial genera un impacto duradero en la cohesión social.

La consecuencia es inequívoca: se está configurando una generación marcada por pérdidas, ausencias y discontinuidades. Cada año adicional de conflicto acumula retrasos educativos, traumas no tratados y oportunidades perdidas. Sin un apoyo sostenido, el riesgo de que estas cicatrices se traduzcan en pobreza crónica, exclusión social y debilidad institucional en el futuro cercano es muy elevado.

La respuesta de Aldeas Infantiles SOS sobre el terreno

En este escenario, Aldeas Infantiles SOS ha desplegado una respuesta que combina la atención a las urgencias con el acompañamiento a medio y largo plazo. Desde el inicio de la guerra, la organización ha apoyado a más de 600.000 personas dentro de Ucrania, en estrecha colaboración con organizaciones locales, y ha acompañado a cerca de 9.000 refugiados en distintos países europeos. Su intervención se centra en proteger a la infancia, reforzar a las familias y evitar que la ruptura social se convierta en estructural.

La entidad mantiene Centros Sociales en varias regiones del país y equipos móviles que se desplazan a zonas especialmente afectadas, incluidas áreas remotas o próximas a la línea del frente. Esta combinación permite llegar tanto a quienes han logrado asentarse temporalmente como a familias en tránsito constante o en enclaves de difícil acceso.

Ayuda humanitaria directa, apoyo psicológico y social, y programas de asistencia en efectivo para cubrir necesidades básicas forman el núcleo de su actuación. Al priorizar el fortalecimiento de las familias, la organización busca que los niños y niñas puedan mantenerse en entornos familiares siempre que sea posible, reduciendo el riesgo de separación, institucionalización o abandono.

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Centros Sociales y Espacios Seguros: reconstruir rutinas y vínculos

La apuesta de Aldeas Infantiles SOS pasa por crear espacios donde la infancia pueda recuperar algo parecido a la normalidad. En sus Centros Sociales, más de 166.000 niños, niñas y familias desplazadas han recibido ayuda de emergencia, orientación y apoyo psicosocial. Estos centros actúan como nodos comunitarios donde es posible recibir información, tramitar ayudas, pero también hablar, compartir miedos y reconstruir redes de apoyo.

A ello se suman 120 Espacios Seguros para la infancia, que ofrecen entornos protegidos donde los menores pueden jugar, aprender y participar en actividades educativas y de apoyo emocional. En medio de una guerra prolongada, estos lugares permiten restituir rutinas básicas —entrar, saludar, sentarse, hacer una actividad, despedirse— que son esenciales para que los niños vuelvan a sentir cierta estabilidad.

Tal y como subraya la organización, estos espacios no son un lujo, sino un requisito mínimo para que la infancia pueda procesar lo vivido y recuperar capacidades sociales y emocionales. En un contexto de sirenas, refugios y desplazamientos, cualquier ámbito donde se pueda jugar y aprender sin miedo tiene un valor incalculable para el presente y para el futuro de la sociedad ucraniana.

Salud mental y rehabilitación: las heridas visibles e invisibles

La salud mental se ha convertido en una prioridad creciente. Hasta la fecha, más de 185.000 niños, niñas y adultos han accedido a atención psicológica a través de los Centros Sociales y de los equipos móviles de Aldeas Infantiles SOS. Se trata de intervenciones que van desde el acompañamiento emocional básico hasta terapias más especializadas, adaptadas a diferentes niveles de trauma.

La organización también atiende a quienes han sufrido de forma directa la violencia física del conflicto: 965 niños y niñas heridos de guerra y sus familias participan en programas de rehabilitación que combinan atención médica, apoyo psicológico y medidas de apoyo social. La clave es abordar al mismo tiempo las consecuencias físicas y las emocionales, evitando que las secuelas se cronifiquen.

La respuesta incluye además apoyo económico para más de 67.000 personas, destinado a cubrir gastos esenciales como alimentación, vivienda o calefacción, y programas de formación para la reorientación profesional de quienes han perdido su medio de vida. Este enfoque integral —mezclando atención psicológica, rehabilitación y apoyo económico— refleja una convicción: sin estabilidad mínima en el hogar, la recuperación emocional de los niños y niñas es prácticamente imposible.

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Una brecha social creciente en la Ucrania en guerra

La prolongación del conflicto está dibujando una brecha social cada vez más profunda. Muchas familias con mayores recursos han optado por abandonar el país para garantizar la seguridad, la continuidad educativa y una mayor estabilidad a sus hijos. Esta salida sostenida de población cualificada supone una pérdida demográfica y de capital humano que pesará durante años.

En paralelo, las familias con menos recursos, especialmente en regiones cercanas al frente o con menor tejido económico, carecen de medios para marcharse. Sus hijos e hijas se enfrentan a desplazamientos reiterados dentro del propio país, interrupciones escolares constantes y aislamiento social. Una parte significativa de estos menores lleva años sin acceso continuado a una educación de calidad ni a espacios de socialización regulares.

“Esta dinámica crea riesgos para su desarrollo y para la cohesión social, con consecuencias a largo plazo”, advierte Lukashov. El contraste entre quienes han podido reconstruir su vida en otro lugar y quienes siguen atrapados en zonas de conflicto o en condiciones precarias dentro de Ucrania resulta demoledor. Si no se actúa con decisión, la desigualdad de oportunidades entre niños ucranianos puede consolidarse durante generaciones.

El riesgo de una generación perdida y el papel de la comunidad internacional

En este cuarto aniversario, el mensaje de Aldeas Infantiles SOS es inequívoco: no basta con mantener la respuesta humanitaria en modo emergencia, es imprescindible garantizar la continuidad en la atención psicológica, el acceso a la educación y el fortalecimiento de las familias. Lo que está en juego no es solo la protección inmediata, sino el futuro de toda una generación en Ucrania.

La organización hace un llamamiento a la comunidad internacional para que no reduzca su apoyo mientras el conflicto siga activo y sus efectos se sigan acumulando. El cansancio político y mediático contrasta con la realidad sobre el terreno: cada curso escolar truncado, cada niño que deja de recibir atención psicológica, cada familia que queda sin recursos básicos añade una capa más de fragilidad al país.

La experiencia en otros conflictos prolongados muestra que las generaciones marcadas por la guerra arrastran sus secuelas durante décadas si no existen mecanismos sólidos de reparación, apoyo y reconstrucción. Garantizar recursos para programas como los de Aldeas Infantiles SOS —centrados en la protección, la salud mental, la educación y la estabilidad familiar— es una inversión directa en la reconstrucción futura de Ucrania y en la posibilidad de que sus niños y niñas puedan, algún día, dejar de definirse por la guerra.