Cuba sufre otro apagón total: 2 colapsos en una semana

Cuba Foto de Alexander Kunze en Unsplash

La avería en Nuevitas vuelve a tumbar el sistema eléctrico nacional y deja al descubierto una crisis energética que ya desborda lo técnico y amenaza la estabilidad económica y social de la isla.

Segundo apagón nacional en menos de una semana. Tercero del mes. Cuba volvió a quedarse a oscuras tras una nueva desconexión del Sistema Eléctrico Nacional, esta vez vinculada a un fallo inesperado en la central termoeléctrica de Nuevitas, en Camagüey. La secuencia ya no admite el lenguaje de la incidencia aislada: revela una infraestructura sin margen, una economía sin combustible y un Gobierno obligado a gestionar la emergencia casi en tiempo real. Lo más grave no es solo el colapso, sino su frecuencia.

La avería que volvió a apagar la isla

El detonante inmediato fue una falla en la Unidad 6 de la termoeléctrica de Nuevitas, según las informaciones difundidas por la Unión Eléctrica y recogidas por varios medios internacionales. Ese incidente provocó una reacción en cadena que terminó con la desconexión completa del sistema nacional. No se trata de un corte localizado ni de un pico de demanda mal resuelto, sino de la caída de un entramado entero que ya opera sin red de seguridad. AP sitúa este episodio como el tercer gran apagón de marzo, mientras otras crónicas lo describen como el segundo apagón nacional en menos de una semana, una secuencia que retrata una fragilidad extrema.

La propia arquitectura de la recuperación confirma esa debilidad. Las autoridades activaron “microislas” eléctricas para sostener hospitales, bombeo de agua y otros servicios críticos, un procedimiento de emergencia que permite salvar funciones básicas, pero que al mismo tiempo evidencia que el país ya no puede reenganchar su red de forma rápida y robusta. “La recuperación empieza por microsistemas y servicios vitales”, resumía el operativo oficial. Ese hecho revela una verdad incómoda: cuando una red necesita reconstruirse por fragmentos, el problema ya no es coyuntural, sino estructural.

Un sistema sin colchón operativo

Cuba arrastra desde hace al menos dos años una combinación corrosiva de centrales envejecidas, mantenimiento insuficiente y déficit crónico de combustible. La consecuencia es que cualquier avería en una unidad crítica, incluso de potencia relativamente limitada, puede acabar desestabilizando el conjunto. En otras palabras, el sistema ha perdido redundancia. Ya no absorbe los golpes: los multiplica. El contraste con otras redes insulares resulta demoledor, porque aquí no falla solo una planta; falla la capacidad del sistema para resistir una sola planta averiada.

Antes incluso del último colapso, buena parte del país convivía con apagones de hasta 20 horas diarias, con especial dureza fuera de La Habana. Eso significa que el corte total no llega sobre una situación estable, sino sobre un equilibrio ya roto. La última restauración integral había exigido cerca de 29 o 30 horas, y aun así dejó grandes bolsas del territorio sometidas a interrupciones rotatorias. El diagnóstico es inequívoco: la red no se recupera para volver a la normalidad, sino para regresar a una precariedad administrada.

La energía convertida en crisis económica

El apagón no es solo una noticia eléctrica. Es, sobre todo, un acelerador de la crisis económica. Cada interrupción prolongada golpea la cadena alimentaria, la refrigeración doméstica, el pequeño comercio, el transporte urbano y la productividad de talleres, almacenes y servicios. En un país con severas restricciones de divisas, cada pérdida de mercancía refrigerada, cada jornada de producción frustrada y cada cierre comercial forzoso tiene un efecto multiplicador. Lo que en otras economías sería un coste extraordinario, en Cuba se convierte en una erosión diaria del capital disponible.

La CEPAL ya había advertido que la precariedad energética limita el crecimiento de sectores intensivos en consumo eléctrico y agrava una economía que encadenó una caída del 1,1% en 2024 y para la que se proyectaba otra contracción del 1,5% en 2025. El vínculo entre energía y PIB no es teórico: agricultura, manufactura, turismo y comercio operan peor cuando el suministro es errático. Lo más grave es que la crisis eléctrica deja de ser una consecuencia del deterioro económico para convertirse en una de sus causas principales.

El factor combustible y la presión exterior

La Habana atribuye una parte central de la crisis a la presión de Estados Unidos sobre los suministros energéticos de la isla. En los últimos meses, distintas informaciones han señalado un endurecimiento de las restricciones y de las advertencias a terceros países que comercien petróleo con Cuba. AP recoge además una afirmación especialmente reveladora de Miguel Díaz-Canel: el país lleva tres meses sin recibir crudo de proveedores extranjeros y apenas cubre el 40% de sus necesidades de combustible con producción propia. Esa cifra explica casi por sí sola por qué una red obsoleta termina convertida en una red inviable.

Ahora bien, reducir el problema a la geopolítica sería una simplificación útil, pero incompleta. Las sanciones y la presión sobre los suministros agravan la escasez, sin embargo el deterioro del parque térmico, la falta de inversión sostenida y la incapacidad de modernizar la red llevan años acumulándose. La consecuencia es clara: el choque exterior golpea más porque encuentra un sistema interior exhausto. Sin combustible suficiente no hay margen; sin infraestructura fiable tampoco hay resiliencia. Cuba padece ambas cosas a la vez.

La apuesta solar aún no basta

En medio del deterioro, el Gobierno cubano ha acelerado su apuesta por las renovables, especialmente la solar. Según datos citados por medios internacionales y por el propio presidente cubano, la isla ya obtiene alrededor de 1.000 megavatios, equivalentes al 38% de la generación diurna, a partir de paneles solares. El dato no es menor. De hecho, muestra uno de los pocos avances tangibles de los últimos meses. Sin embargo, el contraste entre ese porcentaje y la realidad del apagón nacional es también elocuente.

El problema reside en que la energía solar mejora el balance de las horas de luz, pero no resuelve por sí sola la falta de firmeza del sistema. Sin baterías a gran escala, sin redes reforzadas y sin generación térmica de respaldo mínimamente estable, la expansión fotovoltaica reduce presión, pero no elimina el riesgo de colapso. “Más paneles no equivalen todavía a seguridad eléctrica nocturna”. Este hecho revela la principal limitación del plan oficial: avanza en capacidad instalada, pero aún no recompone la columna vertebral del sistema.

El coste social de vivir a oscuras

La crisis energética ha dejado de medirse solo en megavatios. Se mide en hospitales operando con prioridad de emergencia, en barrios sin agua por falta de bombeo, en familias pendientes del estado de un congelador y en una vida urbana organizada alrededor de la incertidumbre. Cuando un país normaliza cortes de 15, 16 o 20 horas, la electricidad deja de ser un servicio y se convierte en un factor de vulnerabilidad permanente. En ese terreno, el daño institucional es profundo: la población no solo sufre la escasez, también pierde la expectativa de estabilidad.

No es casual que los apagones hayan alimentado protestas y malestar social en distintos puntos de la isla. La combinación de cortes, alimentos más difíciles de conservar, transporte irregular y salarios deteriorados configura una presión acumulativa. Lo más delicado para el Gobierno es que cada restablecimiento parcial ya no se percibe como una solución, sino como una tregua. Y una tregua, por definición, no resuelve el conflicto de fondo.