Grave amenaza de calor extremo: la OMS avisa de las precauciones ante las muertes en toda Europa

La ola de calor prematura dispara el riesgo sanitario, tensiona la energía y vacía calles, comercios y terrazas en plena campaña turística.

Más de 200.000 muertes por calor en cuatro años en la UE y países asociados. Ese es el dato que convierte la actual ola de calor europea en algo más que una anomalía meteorológica: es una crisis sanitaria, económica y climática de primer orden. La OMS advierte de que casi todas esas muertes eran evitables, mientras una masa de aire africano y un bloqueo atmosférico mantienen a buena parte de Europa occidental y meridional bajo temperaturas que rozan o superan los 40 grados. El diagnóstico es inequívoco: el calor ya no es una incomodidad estacional, sino una amenaza estructural para la salud, la productividad y la vida urbana.

Una amenaza sanitaria visible

La OMS ha elevado el tono porque el calor extremo actúa como un asesino silencioso: deshidrata, agrava patologías cardiovasculares y respiratorias, altera el descanso y dispara el riesgo en mayores, niños, enfermos crónicos y trabajadores al aire libre. «Mantenerse fuera del calor, enfriar los hogares e hidratarse puede marcar la diferencia, pero no basta ante una crisis sistémica», sostiene la organización.

Lo más grave es que el impacto se acumula por la noche. Cuando las mínimas no bajan de 20 o 25 grados, el cuerpo pierde su ventana natural de recuperación. La fatiga térmica crece, el sueño se fragmenta y los servicios de urgencias reciben cuadros de mareos, golpes de calor, descompensaciones y síncopes.

La tapa atmosférica

El origen del episodio está en una combinación especialmente adversa: aire extremadamente cálido procedente del norte de África y un bloqueo en altura que funciona como una tapa. La atmósfera no ventila, el calor se comprime y las ciudades acumulan temperatura durante varios días.

España ha registrado los días 22 y 23 de junio entre los más cálidos para un mes de junio desde 1950, con valores excepcionales en el norte peninsular y máximas cercanas a 43 grados en Cantabria, según datos difundidos a partir de AEMET. El contraste resulta demoledor: zonas tradicionalmente templadas empiezan a comportarse como territorios de riesgo extremo.

La factura eléctrica

La consecuencia económica más inmediata aparece en el consumo energético. Millones de hogares, oficinas, hospitales, hoteles y comercios tiran del aire acondicionado al mismo tiempo. Ese pico de demanda encarece la operación del sistema, exige más respaldo y reduce el margen de seguridad en las horas críticas.

Este hecho revela una vulnerabilidad creciente: Europa ha diseñado buena parte de sus infraestructuras para inviernos duros, no para veranos africanos. Si el calor extremo se adelanta a junio, la presión sobre redes eléctricas, centros sanitarios y transporte público se prolonga durante más semanas. El coste ya no se mide solo en megavatios, sino en productividad perdida.

Calles vacías, cajas débiles

En capitales como Madrid, con 38 grados a media tarde, el calor modifica la economía cotidiana. Las terrazas se vacían, las compras se retrasan, el peatón desaparece y el comercio de proximidad pierde horas de facturación. La hostelería, que depende de la ocupación exterior, sufre justo cuando debería aprovechar el arranque del verano.

No es un daño abstracto. Un bar con una terraza al 50% en una tarde crítica puede perder cientos de euros diarios. Multiplicado por barrios enteros, el impacto se convierte en una caída silenciosa de ingresos, turnos y propinas.

Europa bajo presión

La ola afecta a decenas de millones de ciudadanos. En algunos mapas de riesgo, más de 90 millones de personas han pasado jornadas por encima de 35 grados, con Francia, España, Italia, Portugal y Reino Unido entre los territorios más tensionados.

La comparación histórica agrava el diagnóstico. En 2003, Europa aprendió tarde que el calor mata. Dos décadas después, los protocolos han mejorado, pero la exposición es mayor: más población envejecida, más ciudades densas y más viviendas mal aisladas. La OMS recomienda planes de acción calor-salud, refugios climáticos, alertas tempranas y protección específica para trabajadores vulnerables.

El nuevo coste climático

El calor extremo ya no golpea solo a la salud pública. También altera horarios laborales, turismo, consumo, movilidad, seguros, agricultura y precios energéticos. El efecto dominó que viene es claro: más gasto sanitario, más inversión en climatización, más absentismo y más desigualdad entre quienes pueden enfriar su vivienda y quienes no.

La OMS recuerda que la frecuencia e intensidad de las olas de calor seguirá aumentando durante el siglo XXI por el cambio climático. La cuestión, por tanto, no es si Europa volverá a vivir episodios así. La cuestión es cuánto tardará en adaptar sus ciudades, sus redes y sus servicios públicos a un clima que ya está cambiando la economía diaria.