Infantino busca apoyo de Trump para salvar su puesto en la FIFA
El presidente del organismo intenta recabar el respaldo de Washington tras fracasar su plan para vender hasta el 20% del negocio comercial de los Mundiales a inversores privados vinculados al entorno de la familia Trump.
Gianni Infantino afronta la crisis más grave de sus diez años al frente de la FIFA. Tras verse obligado a retirar su proyecto para abrir el negocio de los Mundiales al capital privado, el dirigente habría solicitado la intervención de la Administración estadounidense para contener una rebelión interna que amenaza su continuidad.
Según fuentes citadas por The New York Post, Infantino programó una conversación con el secretario de Estado, Marco Rubio, bajo el argumento de que el fútbol puede convertirse en una herramienta de «poder blando para Estados Unidos». Sin embargo, uno de los interlocutores consultados por el periódico sostuvo que el verdadero objetivo era proteger su cargo.
Una llamada con Marco Rubio
La conversación con Rubio estaba prevista para las 9.00 horas de la costa este estadounidense de este lunes. El contacto llega después de que Infantino tratara, sin éxito, de comunicarse directamente con Donald Trump, con quien ha cultivado una relación especialmente estrecha durante los últimos años.
El presidente de la FIFA pretende presentar el Mundial como un activo estratégico para la influencia internacional de Washington. No obstante, la crisis no es diplomática, sino institucional. Su liderazgo ha quedado debilitado por la falta de transparencia con la que se diseñó una operación que comprometía los principales ingresos futuros de la organización.
La proximidad de los inversores propuestos al entorno de Trump ha añadido una dimensión política al conflicto. El principal interesado era Thrive Capital, firma fundada por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense.
El plan de los 20.000 millones
La propuesta contemplaba crear FIFA Forward Enterprises, una filial valorada en aproximadamente 20.000 millones de dólares, encargada de gestionar derechos audiovisuales, patrocinios, licencias, entradas y otros activos comerciales vinculados a los Mundiales.
La FIFA vendería hasta un 20% del capital de esa sociedad, lo que permitiría captar alrededor de 4.200 millones de dólares. La organización conservaría formalmente la mayoría y la autoridad deportiva, pero los inversores privados entrarían en el núcleo económico del mayor torneo de fútbol del planeta.
El diagnóstico de sus críticos fue inequívoco: una entidad sin ánimo de lucro estaba intentando monetizar de manera permanente unos ingresos que pertenecen al conjunto de sus federaciones.
Incentivos para comprar apoyos
Para asegurar la aprobación, Infantino ofreció hasta 20 millones de dólares adicionales a cada una de las 211 federaciones nacionales afiliadas a la FIFA. El desembolso pretendía complementar los fondos ordinarios distribuidos durante cada ciclo presupuestario.
La estrategia, sin embargo, produjo el efecto contrario. Las asociaciones más poderosas interpretaron la oferta como un incentivo para respaldar una transformación estructural sin debate suficiente. Lo más grave fue que varios miembros del Consejo de la FIFA aseguraron no haber recibido información completa sobre las negociaciones.
Este hecho revela el origen de la revuelta: no se discute únicamente el precio de los activos, sino el modelo de gobernanza empleado para desprenderse de ellos.
La rebelión de la UEFA
La UEFA encabezó la oposición y llegó a advertir de posibles acciones legales. Sus abogados solicitaron conservar documentos, correos electrónicos y comunicaciones relacionadas con el proyecto, un paso que anticipa eventuales reclamaciones regulatorias o judiciales.
El organismo europeo considera que la venta habría permitido a los fondos privados condicionar indirectamente el calendario, el número de competiciones y la elección de mercados más rentables. La consecuencia es clara: cuanto mayor fuera la presión para elevar beneficios, mayor sería también el incentivo para ampliar torneos o concentrarlos en países con mayor capacidad financiera.
La retirada del proyecto no ha cerrado el conflicto. Al contrario, ha reforzado la percepción de que Infantino actuó sin los controles necesarios.
Un liderazgo bajo sospecha
Infantino fue elegido en 2016 con la promesa de reconstruir la credibilidad de la FIFA después del escándalo de corrupción que derribó la etapa de Joseph Blatter. Una década después, su gestión vuelve a estar cuestionada por la concentración de poder y la escasa transparencia.
El contraste resulta especialmente incómodo: la FIFA acaba de celebrar uno de los Mundiales más lucrativos de la historia y, por tanto, no afronta una urgencia financiera que justifique la entrada de capital externo. La operación parecía responder más a una estrategia de expansión comercial que a una necesidad de liquidez.
La vinculación con inversores cercanos al poder político estadounidense ha terminado por agravar las sospechas.
La batalla por 2027
La presidencia de Infantino expira en 2027, cuando debería someterse a un nuevo proceso electoral. Hasta hace unas semanas, su continuidad parecía asegurada gracias al respaldo de numerosas federaciones africanas, asiáticas y americanas.
Ahora, ese equilibrio puede haberse roto. La UEFA busca articular una alternativa mientras otras confederaciones evalúan el coste institucional de mantener su apoyo. Infantino necesita impedir que el rechazo europeo se convierta en una coalición internacional.
Su acercamiento a Washington debe entenderse dentro de esa batalla. El apoyo de la Administración Trump podría reforzar su posición ante Concacaf y otras federaciones, pero difícilmente resolverá el deterioro interno provocado por la operación.
El coste de una retirada
La cancelación evita por ahora la privatización parcial de los Mundiales, pero no elimina sus consecuencias. Patrocinadores, dirigentes y federaciones conocen ya hasta dónde estaba dispuesto a llegar Infantino para incrementar el valor comercial de la FIFA.
El problema ya no es el acuerdo frustrado, sino la confianza perdida. El dirigente ha conseguido retirar la propuesta, pero todavía debe demostrar que puede gobernar después de ella. Buscar protección política en Estados Unidos puede ofrecerle tiempo. También puede confirmar la acusación que más daño le hace: que su supervivencia depende más de sus alianzas personales que de la legitimidad institucional del fútbol.