Irán confirma la muerte de Larijani tras un golpe que sacude Teherán
La admisión oficial convierte en hecho consumado lo que durante horas fue una versión de guerra y eleva el riesgo de represalias, con el petróleo reaccionando ya al nuevo deterioro regional.
Irán ha terminado por reconocer lo que durante horas circuló como una afirmación de combate: Ali Larijani ha muerto. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, una de las figuras con más peso dentro del aparato de poder iraní, falleció el martes 17 de marzo junto a su hijo Morteza y varios colaboradores cercanos, según la confirmación oficial iraní y agencias internacionales. La noticia llega menos de tres semanas después del arranque de la actual guerra, iniciado el 28 de febrero, y refuerza una sensación cada vez más nítida: el conflicto ya no gira solo en torno a la disuasión, sino a la desarticulación progresiva de los centros de mando.
Un golpe en el corazón del poder
La importancia del anuncio no reside únicamente en la muerte, sino en quién la confirma. Cuando el propio Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní reconoce el fallecimiento de su secretario, la historia deja de ser una versión del adversario y pasa a convertirse en una admisión formal de que el entramado de seguridad del régimen ha vuelto a ser penetrado. Las primeras horas estuvieron marcadas por la confusión, pero esa ambigüedad inicial acabó dando paso a una confirmación oficial. Y ese matiz importa. Sugiere un liderazgo sometido a una presión extrema, obligado a pasar del silencio o la cautela a la aceptación pública de otra pérdida de primer nivel. La muerte de Larijani coincidió, además, con la del general Gholamreza Soleimani, jefe de la milicia Basij, otro pilar básico del control interno. El diagnóstico es inequívoco: no se trató de un ataque simbólico contra la periferia del Estado, sino de un golpe directo contra la maquinaria que coordina coerción, respuesta de crisis y decisiones de guerra.
Por qué Larijani importaba mucho más que su cargo
Larijani tenía 67 años y era bastante más que un alto funcionario con un currículum amplio. Había sido presidente del Parlamento, ministro de Cultura y negociador nuclear, y con el paso del tiempo se convirtió en una de esas figuras raras dentro de la República Islámica capaces de moverse con soltura entre la ideología, la gestión del Estado y la estrategia política. Ese perfil le daba un valor excepcional en un contexto de guerra. Associated Press lo sitúa entre los hombres que, en la práctica, ayudaban a sostener el funcionamiento del régimen tras la eliminación previa de otras figuras de la cúpula, aunque su condición de laico le alejaba de una eventual sucesión religiosa. Ese detalle no es menor. En sistemas como el iraní, el poder formal y el poder real no siempre coinciden. Larijani destacaba precisamente por esa superposición entre autoridad institucional e influencia operativa. Era un engranaje político con experiencia en seguridad, capacidad de interlocución y memoria estratégica. Perder a una figura así en plena guerra no supone solo una baja sensible; supone una ruptura en la continuidad del mando justo cuando el sistema necesita más cohesión.
El régimen pierde a su gestor de emergencia
No era una baja más del conflicto; era la desaparición de uno de los gestores de crisis del régimen. Por eso el impacto de su muerte puede ser superior al efecto inmediato del titular. Según AP y otros medios internacionales, Larijani se había consolidado como uno de los grandes articuladores internos tras la decapitación previa de parte de la cúpula, combinando visibilidad pública, capacidad de coordinación y ascendencia política. Informaciones del Wall Street Journal sobre la estrategia israelí de “decapitación” apuntan en la misma dirección: estos ataques no buscan únicamente causar daño militar inmediato, sino sembrar vacíos de decisión, desconfianza y desorden administrativo en el núcleo dirigente. Y ese suele ser el deterioro más peligroso. Irán mantiene profundidad en la Guardia Revolucionaria y en otras estructuras del Estado, pero profundidad no equivale a coherencia. El contraste es determinante. Sustituir a un comandante ya es complejo; reemplazar a un actor que conecta la esfera clerical, los aparatos de seguridad y los canales diplomáticos resulta mucho más difícil. En ese sentido, la ausencia de Larijani puede estrechar el margen de maniobra de Teherán precisamente cuando más necesita flexibilidad.
La represalia deja de ser una hipótesis
La reacción regional fue rápida, y eso también revela la gravedad del golpe. AP informó de que Irán lanzó misiles y drones tras las muertes de Larijani y Soleimani, con impactos en Israel y en países del Golfo, mientras Estados Unidos respondió con ataques aéreos sobre posiciones de misiles iraníes cerca del estrecho de Ormuz. El teatro de operaciones, por tanto, no se está estrechando, sino ampliando. Y también se está encareciendo. Teherán ha presentado esta guerra como una lucha de supervivencia, y la muerte de figuras vinculadas tanto a la estrategia exterior como al control interior incrementa la presión para responder de una forma que resulte creíble ante los sectores duros del régimen. Sin embargo, esa misma presión puede empujarle a decisiones contraproducentes. Cuanto más escale Irán en varios frentes, más expuesto quedará a una nueva oleada de ataques selectivos sobre lo que resta de su cadena de mando. Ahí está la gran trampa estratégica de Teherán: la represalia puede ser políticamente necesaria, pero cada respuesta visible puede señalar otro nodo del sistema que aún sigue en pie.
El petróleo entendió el mensaje al instante
Los mercados no esperaron a un debate geopolítico pausado. Reaccionaron en tiempo real al deterioro del conflicto y al nuevo riesgo en torno a Ormuz. El martes, el Brent subió un 2,3% hasta rozar los 103 dólares por barril, mientras que los precios mayoristas del gas en Europa avanzaron un 3% hasta 52 euros por megavatio hora. Desde el inicio de la guerra el 28 de febrero, el Brent acumula un alza cercana al 50%, según The Guardian. La razón es estructural, no emocional. El estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los cuellos de botella energéticos más sensibles del planeta. La Agencia Internacional de la Energía estima que por allí transita alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de petróleo, mientras la EIA sitúa el flujo en unos 20 millones de barriles diarios, cerca de una quinta parte del consumo global de líquidos petrolíferos. Por eso cada golpe sobre la cúpula iraní arrastra una segunda historia inevitable: el precio de la inseguridad energética. El efecto ya se deja notar en márgenes de refino, primas de seguros, costes logísticos y expectativas de inflación. Lo que ocurre en Teherán ya no se queda en Teherán; viaja directamente a las gasolineras, a los fletes y a las previsiones macroeconómicas.
La lógica profunda de esta campaña
Lo que se está desplegando es una guerra de decapitación, no un simple intercambio de ataques convencionales. La reiteración de golpes sobre figuras de primer nivel sugiere una estrategia orientada a degradar la capacidad de decisión iraní más deprisa de lo que el régimen puede recomponerla. El dato más revelador es que los ataques ya no se limitan a infraestructuras o mandos militares estrictos. Alcanzan cada vez más a las terminaciones nerviosas del sistema: figuras relevantes porque coordinan, autorizan, ordenan y contienen. La consecuencia es clara. Incluso si el Estado no colapsa, puede sobrevivir en una forma mucho más rígida y quebradiza, con menos espacio para la diplomacia calibrada y más margen para el error de cálculo. Ese riesgo se agrava por el perfil específico de Larijani. Fue duro en muchas posiciones, pero también tenía experiencia negociadora y capacidad para la gestión de equilibrios internos. Eliminar a actores así puede reforzar a las facciones más inflexibles, estrechar los canales de interlocución y complicar cualquier futura desescalada. En términos geopolíticos, ahí puede estar la verdadera réplica de su muerte: no tanto un derrumbe inmediato, como una siguiente fase más áspera, menos gobernable y más costosa para todos.